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Ángeles Rawson, Araceli Ramos, Daiana García, Chiara Páez, Melina Romero, Micaela García, Araceli Fulles, Anahí Benítez: los femicidios más emblemáticos de los últimos años son de pibas jóvenes. Fueron asesinadas en distintos contextos y circunstancias, pero sólo observar sus edades plantea una problemática que se repite y que se puede cercar con prevención y medidas creativas.

Una agarrada de la cintura después de decir que no quería compartir un trago con él. Uno, dos, tres roces en el brazo cuando insistió con sacarla a bailar y se encontró con el rechazo. Un manoseo mientras ella se iba del bar con su grupo de amigxs. La fuerza de una trompada inesperada que tumba el cuerpo de la chica en el piso mientras la cumbia sigue sonando. Las escenas de acoso y abuso se repiten todos los fines de semana en los boliches. Hoy tienen también un correlato narrativo en las redes sociales. Muchas pibas cuentan estas situaciones en sus cuentas de Twitter o Facebook o se filman en videos. En esos relatos señalan, además, que quienes están a cargo de bares, boliches y restaurantes no están capacitados para acompañar e intervenir cuando aparecen las  violencias machistas. Ellas se defienden solas, o las defienden sus amigxs o directamente se van del  lugar.

“Los locales tienen que estar capacitados en un montón de cuestiones y prácticas. Si hay lugares libres de humo, ¿por qué no pensamos en locales libres de violencias machistas?”, se pregunta en diálogo con LATFEM María del Mar Ramón. Es integrante de la Asociación Civil Red de Mujeres y junto con sus compañeras está coordinando talleres de sensibilización y capacitación sobre la temática en bares y boliches de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Se trata de una experiencia inédita que abre el plano a ver las violencias que ocurren por fuera del ámbito doméstico. Para las pibas, la calle y otros espacios que transitan dentro del tiempo libre de goce y disfrute muchas veces se vuelven espacios hostiles.

El equipo de Red de Mujeres trabaja con todo el personal: desde quienes atienden en la barra hasta empleadxs de seguridad. En los encuentros hablan de las situaciones de las que fueron testigxs, piensan estrategias de intervención y se forman en tipos, modalidades de violencias y el marco legal de la Argentina. A su vez, piensan en un protocolo de acción y trazan una campaña de prevención. En cada encuentro el disparador es imaginar cómo convertir ese bar, boliche o restaurant en un lugar seguro para el placer de las mujeres. Porque, como dice la canción de Mano Arriba, “La noche no es para dormir”.

“Es necesario pensar políticas públicas de prevención para situaciones de violencias que vivimos las mujeres en la vida nocturna. Es importante pensarlo porque tiene que ver con el derecho al placer. Se ha aterrorizado muchísimo sobre las prácticas que llevan al placer. Se nos dice que hay muchos riesgos y que si decidimos irnos y pasarla bien las consecuencias van a llegar y vamos a ser las culpables”, dice María del Mar Ramón a LATFEM.

Mientras el Programa de Educación Sexual Integral se desmantela, se desfinancia y no se cumple de igual manera con la ley en todas las escuelas del país y el 80 por ciento del presupuesto del Plan Nacional de Acción para la Prevención, Asistencia y Erradicación de la Violencia contra las Mujeres se va en ladrillos de refugios pensados para la violencia doméstica, quienes piensan políticas de prevención para las pibas son las organizaciones feministas. El ejemplo de Red de Mujeres es uno más en un historial de espacios e iniciativas que están tejiendo redes de cuidado feminista con prácticas y experiencias por fuera de lo que proponen las leyes o el ahora Instituto Nacional de las Mujeres (INAM). La violencia machista tiene múltiples expresiones según la clase y también según la edad. Las jóvenes hoy están más desprotegidas y no hay políticas públicas específicas pensadas para ellas.

“¿Estás en una cita que no es lo que esperabas? ¿Te sentís insegura o expuesta? ¿Alguien a tu alrededor te está incomodando? Acercate a la barra y pedí el trago Medio mundo”. Nuestro personal está capacitado para que vuelvas segura a tu casa”. Ese es uno de los protocolos que se pueden encontrar en las paredes del Club Cultural Matienzo. El “Medio mundo” funciona como un código clave para que las pibas pidan ayuda y acompañamiento. La iniciativa de pensar estas acciones surgió después de una situación de violencia donde lxs empleadxs del espacio no supieron cómo intervenir, se acercaron a Red de Mujeres y pudieron implementar recursos, protocolos pero también una campaña de prevención que apunta a los varones. “Insistir puede dar buenos resultados en los negocios pero nunca en el chamuyo”, dice una de las gráficas que interpelan a quienes van al baño pensado para identidades masculinas. “¿Estas frases te incomodan? Es normal, vos no elegiste ser parte del patriarcado, te fue impuesto, pero podés renunciar a tus privilegios #NoEsNo #NoAlAcoso”, cierra el cartel sobre los mingitorios.

“Varios establecimientos están iniciando un protocolo de prevención y atención de casos de violencias. Nosotras podemos pedirlo y demandarlo como clientas y consumidoras. La cuestión es que se reconozca que los riesgos para las mujeres son mayores. Una vez que se observan esos riesgos los dueños de los locales tienen la iniciativa porque no quieren correr el riesgo de tener una situación de violencia y no saber cómo contenerla”, cuenta la integrante de Red de Mujeres.

En Vuela el Pez, un centro cultural de Palermo, y desde el frente feminista de la organización El Hormiguero, también están pensando una campaña para los espacios nocturnos que apunte a locales libres de violencias machistas. Empezaron en marzo con una pegatina de carteles de sensibilización. “Si hay acoso no es levante” dice uno de estos carteles que trabajaron junto Acción Respeto y la Marcha de las putas. A su vez implementaron un trago que funciona como código para que las chicas pidan ayuda en la barra cuando se sienten acosadas, hostigadas o maltratadas por varones.

Ángeles Rawson, Araceli Ramos, Daiana García, Chiara Páez, Melina Romero, Micaela García, Araceli Fulles, Anahí Benítez: los femicidios más emblemáticos de los últimos años son de pibas jóvenes. Fueron asesinadas en distintos contextos y circunstancias, pero sólo observar sus edades plantea una problemática que se repite y que se puede cercar con prevención y medidas creativas.

 

En la última marcha por Ni Una Menos el reclamo por “las pibas que nunca volvieron” fue uno de los cantos que más fuerte se escuchó en la movilización. Las distintas estadísticas también evidencian una trama común que las propuestas gubernamentales para combatir la forma más extrema de violencia contra mujeres, lesbianas, travestis y trans parece no ver:

  • En los últimos nueve años hubo 329 femicidios de pibas de entre 16 y 21 años, según las estadísticas de la Casa del Encuentro.
  • El Registro Nacional de Femicidios de la Justicia Argentina, que la Oficina de la Mujer de la Corte Suprema implementó por tercer año consecutivo, contó 254 femicidios y travesticidios en 2016. El 13% de las víctimas se encontraba entre los 16 y los 20 años.
  • Tres de cada diez femicidios tiene como víctimas a pibas de entre 11 y 25 años, según el registro de las Mujeres de la Matria Latinoamericana (Mumala) que relevó 173 femicidios en lo que va del 2017 y 52 crímenes de adolescentes y jóvenes.
  • Entre marzo, abril y mayo del 2016 el Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA) investigó 149 noticias sobre violencia contra las mujeres cuyas protagonistas eran adolescentes de 12 a 21 años. Si se pone el foco en los perpetradores de la violencia femicida en estos casos se observa que el 56 por ciento de los victimarios no pertenecía al entorno de las víctimas. Un dato que es indirectamente proporcional en los casos de mujeres adultas. “Estos números son llamativos ya que contrastan con las estadísticas generales sobre este tipo de delitos, que señalan que el lugar más peligroso para una mujer es su propia casa”, dice el informe.

A Melina Romero, cuando aún estaba desaparecida, la señalaron desde un titular del diario Clarín como “una fanática de los boliches que abandonó la secundaria”. El cuerpo de la adolescente apareció en un basural en José León Suárez en septiembre de 2014. La última madrugada que la vieron con vida, estaba saliendo de un boliche de San Martín y tenía 17 años. ¿Por qué no ser una fanática de los boliches a esa edad? Todas somos fanáticas de los boliches, pero de boliches sin violencias.