Por: Fotos: See-Saw Films/SundanceTV

A diferencia de la primera temporada donde el feminismo se muestra aislado en la comunidad de mujeres, en esta segunda temporada está presente como respuesta, como contracara del machismo, pero también con fisuras y en plena construcción, porque lo que está en evidencia, de manera ineludible, son los hilos del sistema patriarcal y la violencia machista como el contexto en el se encuentran inmersas las protagonistas.

En una entrevista que publicó la revista Vanity Fair, Elisabeth Moss*, quien interpreta a Griffin,  aseguró: “La primera vez dijimos que Top of the Lake iba a ser algo único y que no tendría continuación, así que si íbamos a volver tenía que ser a lo grande. Tenía que merecer la pena y ser algo más complejo. No ya solo en mi interpretación, sino en todos los guiones y elementos de la serie. Quería ir en otra dirección esta vez. Es una nueva ciudad. Un nuevo caso”.

A diferencia de la primera temporada donde el feminismo se muestra aislado en la comunidad de mujeres, en esta segunda temporada está presente como respuesta, como contracara del machismo, pero también con fisuras y en plena construcción, porque lo que está en evidencia, de manera ineludible, son los hilos del sistema patriarcal y la violencia machista como el contexto en el se encuentran inmersas las protagonistas.

A diferencia de la primera temporada donde el feminismo se muestra aislado en la comunidad de mujeres, en esta segunda temporada está presente como respuesta, como contracara del machismo, pero también con fisuras y en plena construcción, porque lo que está en evidencia, de manera ineludible, son los hilos del sistema patriarcal y la violencia machista como el contexto en el se encuentran inmersas las protagonistas.

En la primera temporada la detective Griffin regresa a su pueblo natal, en una zona remota de Nueva Zelanda, para visitar a su madre moribunda. Mientras se reencuentra con su pasado comienza a investigar la desaparición de una adolescente embarazada luego de una violación. El  “villano” de la historia es Matt Mitcham (Peter Mullan), un personaje brutal al que todos los habitantes del pueblo temen y deben algo. Con este varón como antagonista, Robin tratará de desanudar el enigma que recubre el embarazo de la joven de 14 años.

La segunda temporada tiene lugar en Sidney y muestra a la detective Griffin recientemente reincorporada a las fuerzas policiales. El caso que la ocupa es la aparición de un cuerpo no identificado en las costas de la playa de Bondi. El primer episodio se despliega lento como un telón de fondo que enmarca la presentación de los personajes, a aquellos que ya conocemos y a los nuevos, sobre los cuales se tejerá esta historia.

En esta secuela Robin Griffin está deshecha tras la muerte de su madre, dejando atrás un matrimonio trunco y habitando un apartamento despojado de muebles y atestado de botellas vacías y colillas de cigarrillos. A pesar de todo, la detective está decidida a recomponer su vida y parte de ello implica conocer a su hija, de quien se separó al nacer hace 17 años. La investigación la lleva a lidiar con una organización clandestina dedicada a la trata sexual de jóvenes asiáticas liderada por un sujeto -en esta temporada también encontramos un villano desmesurado- que se autoproclama feminista.

No son monstruos

Con un tono realista la ficción pone el foco en el destrato que recibe la detective por parte de sus compañeros varones y en cómo su trabajo es evaluado minuciosamente por su condición de mujer. Estos policías solo se muestran interesados en hablar con ella sobre temas banales y todo lo que diga referido a la investigación es puesto en duda sistemáticamente y sometido a un doble escrutinio. Los machitos se amparan en risas burlonas, susurros cobardes y miradas cómplices.

Si para muestra basta un botón, con tres botones entonces podemos reconstruir todo el arco que recorre el patriarcado en tanto que suelo firme sobre el que se construye el orden social que da lugar a la violencia machista: en los minutos iniciales de China Girl el jefe de policía duda de la denuncia que Griffin presentó por el abuso que sufrió por parte de un superior; a lo largo de los capítulos vemos el asedio de un detective interesado en acostarse con Robin, que pasa de una simulación galante a ser un violento obsesionado, que no acepta que ella no está interesada en él, un macho que no entiende -no quiere entender- que no, es no; y por último, cuando escuchamos los discursos que se materializan en los comentarios de un grupo de varones jóvenes que comparten, entre ellos, sus relatos y experiencias sobre un grupo de prostitutas extranjeras.

 

Una diferencia que podemos encontrar en China Girl respecto a la primera temporada está en la forma en la que se manifiesta la violencia machista. Si bien la violencia física y sexual contra las mujeres no desaparece, esta segunda parte muestra el entramado sistémico donde la misoginia forma parte de la cotidianidad que deben atravesar las mujeres. Estos micromachismos se vuelven evidentes cuando la detective Griffin, en varios momentos, se planta frente a estos varones. Sin embargo, la violencia no es presentada como una anomalía, como un accionar de bestias que no forman parte de la sociedad, sino que, como reza esta consigna del feminismo, no son varones enfermos que pululan por el mundo, “son hijos sanos del patriarcado”.

Frente a una posible molestia o incomodidad que puede presentar a los espectadores varones la densidad de este retrato, resulta fundamental una reflexión de Ileana Arduino: “No necesitamos vuestro horror, ni su desacople de esos otros etiquetándolos como “monstruos”, porque solo sirve para ocultar la regularidad violenta en la que vivimos. Más bien hay que ver las continuidades, no para golpearse el pecho, sino para reconocer y transformar”.

El sentido común

En esta segunda temporada el feminismo atraviesa la historia para tomar formas muy diversas, por ejemplo en un diálogo que madre e hija tienen en la mesa: mientras Julia (una interpretación brillante de Nicole Kidman) reivindica su formación académica y feminista en la línea de Germaine Greer**, su hija adolescente manifiesta su rechazo al feminismo aduciendo que le gusta el maquillaje y el color rosa.

El sentido común sobre el que se construye la historia -y los discursos que habilita- es el suelo firme y fértil a partir del cual el abordaje del feminismo toma una materialidad real. Es decir, no hay una postura de avanzada, dispuesta con una intención de bajar una línea más bien académica, sino que se presenta en constante construcción, atravesado residualmente por la cultura, la tradición y el patriarcado.

Es así que una de las hipótesis que Griffin elabora sobre los motivos del crimen alude al “crimen pasional”. Esto, a su vez, habilita una reflexión sobre lo que involucra ser feminista y los matices y gradientes que ello involucra, es decir; ¿la detective necesita autopercibirse como feminista, conocer la historia del feminismo y sus consignas para ejercer la sororidad con otras mujeres?

Pacto entre mujeres

El personaje que encarna Elizabeth Moss forma un triángulo escaleno con otras dos mujeres. Por el lado más corto se encuentra su compañera la oficial Miranda Hilmarson, en la piel de Gwendoline Christie (Brienne de Tarth en Game of Thrones) quien está en pleno embarazo y combina dosis iguales de inexperiencia y entusiasmo, convirtiendo sus apariciones tanto en pases de comedia desopilantes, como en momentos lisa y llanamente incómodos. Por el costado más lejano -y más tenso- está el personaje de Julia (Nicole Kidman) quien se está divorciando de su marido, viviendo una nueva relación con una mujer y en plena guerra con su hija adoptiva.

En paralelo, las prostitutas asiáticas viven hacinadas en una habitación y dividen sus horas en atender a los clientes y en realizar las tareas domésticas que les encargan los proxenetas dueños de la vivienda. En el poco tiempo libre emerge la amistad, la solidaridad y una resignificación colectiva y precaria de esa explotación sexual. Ese lazo que se extiende entre las mujeres, en distinta medida y con formas de lo más diversas, no puede ser otra cosa que ese pacto llamado sororidad.

Robin siempre está volviendo sobre sus pasos, reconstruyéndose, tratando de recomponer su vida y  de anudar esos cabos sueltos que fueron quedando atrás. Esa búsqueda permanente, ese diálogo intenso con su pasado no sería posible sin la compañía permanente de otras mujeres, compañía que es tensión y desacuerdo, pero también es la posibilidad de construir acuerdos sobre las diferencias; al menos eso es lo que Robin y Miranda tratan de hacer a lo largo de los 6 episodios de la segunda temporada de Top of the lake.

La ficción feminista

En series como Top of the lake, que toman como eje al feminismo, el mundo ficcional que se construye crece en diálogo permanente con la forma y el ritmo que este tiene lugar en las sociedades contemporáneas. En otras palabras, en la serie encontramos que el feminismo deja de ser visto como una acción de gueto, que solo involucra a las mujeres activistas y como un discurso que se enarbola solo en los momentos en el que las mujeres son asesinadas y pasa a ser visibilizado como una forma de ver y habitar el mundo. La sororidad es la respuesta que emerge ante un sistema misógino que se extiende como el sentido común, como un suelo sólido que no se cuestiona porque “las cosas fueron siempre así”, donde los micromachismos son la regla. En Top of the lake: China girl, el feminismo es una respuesta que comienza en decenas de mujeres que lejos de autopercibirse como feministas actúan, responden y cuestionan un entramado patriarcal que se resquebraja minuto a minuto, que parece tener los días contados.

 

*En 2014, la actriz Elisabeth Moss ganó un Globo de Oro por el papel de la detective Robin Griffin.

* *Germaine Greer (Australia, 1939) es escritora  y profesora de literatura inglesa en la Universidad de Warwick,  Inglaterra. Es autora de los libros La mujer eunuco y La mujer completa entre otros. La mujer eunuco fue uno de los más vendidos durante la década de 1970.