Foto: Laura Sussini
En 2018 aún recibía la beca ProgresAR, una ayuda económica para estudiantes, que ahorré contra todo pronóstico para irme en un bus hasta Chile y visitar a las gemelas. Para entonces estaban transicionando y era la primera vez que iba a verles como gemelos.
Vivían en Laguna Verde, un pueblo al sur de Valparaíso, en una casa okupa que antes era una estación de bomberos. Compartían el espacio con otras ocho personas de la comunidad, y tenían un sistema de convivencia de cuidado mutuo y cooperación. La casa quedaba en el medio de la montaña, no tenía luz eléctrica, y el baño era el mismísimo bosque. Me parecía la mejor aventura muy lejos de mi monoambiente alquilado en la urbe porteña, pero al no tener electricidad, tampoco tenían calefacción y hasta entonces yo pensaba que no existía peor invierno que el de Buenos Aires. Me quedé solo una noche, la recuerdo como la noche más helada de mi vida.
Al día siguiente me fui dónde mi amigo JL, que me llevaba 20 años. Lo había conocido en un hostal en San Telmo y lo había visto solo dos veces: el día que nos conocimos, en enero de ese mismo año, y el día de su despedida, en febrero. Los gemelos por supuesto, no estaban de acuerdo con mi decisión, pero tampoco intentaron convencerme.
Con JL era como tener un tío con plata. Vivía en el centro de Santiago en un departamento modesto pero en un edificio copetudo. Cuando me levantaba, él ya se había ido al trabajo y yo salía a pasear, abrigada como una cebolla con sus sacos de señor. Al mediodía lo pasaba a buscar a su trabajo y me invitaba a almorzar consomé y cualquier plato típico. Cada noche teníamos una pijamada con caloventor gringo; nos tomábamos una botella de vino y comíamos “suchi” como si fuera la última cena. Él me mostraba películas chilenas que referían a la dictadura de Pinochet, y yo lo mismo, pero de Argentina. También le enseñé a Moria, Susana y Ricardo Fort, que para mí eran la cúspide del estrellato nacional.
Con los gemelos nos vimos un par de veces que fueron a la ciudad, o la vez que tomé una micro para encontrarnos en Valpo, pero nunca quisieron compartir tiempo con JL, de hecho no querían compartir con ningún varón cis-hétero. Ese año todas odiaban a los hombres y las que no, las que aún los amábamos o esperábamos que ellos nos amaran, nos sentíamos traidoras.
Un día salí con otro amigo, que también vivía en Buenos Aires pero estaba pasando las vacaciones con sus abuelos chilenos: F. Me llevó a un bar hediondo y oscuro, que estaba vacío, no sé si porque era terrible, o porque era lunes, pero teníamos una rocola para nosotros solos. Pusimos “Tren al sur”, como diez veces y nos emborrachamos de terremoto, una bebida que tiene helado de piña y que es muy engañosa y me dejó dando vueltas, como un temblor real. Así que dormí en el sillón de la abuelita de F. y cuando volví a lo de JL al día siguiente, estaba esperándome en casa, había faltado al trabajo, y no me hablaba, estaba molesto conmigo. Me sentí muy sola con él encerrados y en silencio, además tenía una resaca asquerosa. Me dediqué a contemplar desde la ventana del living el cielo santiagueño. La cordillera de los Andes apenas se podía ver entre el smog y la promesa de una lluvia que nunca llegó. Fue el único día que no salí a pasear o a conversar con los ancianos que jugaban ajedrez en la Plaza de Armas, todos hombres. Una vez jugué con uno y casi me dejó ganar.
Cuando se hizo de noche, JL por fin me preguntó si quería que viéramos algo juntos y puso una película húngara sobre un matadero y dos personas que tenían el mismo sueño o se veían en sueños, no entendí bien. En mitad de la película, vi de reojo que a JL se le caía una lágrima. Después le pedí perdón, aunque tampoco entendí bien porqué le pedía perdón. Me mostró una foto que me había sacado dormida y cuándo le dije que eso era muy raro de su parte, respondió que hubiera sido raro si no me mostraba la foto. Yo salía como un angelito durmiendo, me pareció inofensivo y no volvimos a tocar ese tema.
Estuve en Chile lo que duró el receso invernal de la facultad y una semana más. Tenía pasaje comprado para regresar justo antes de la votación en el Senado por la aprobación de la Ley del Aborto, pero cerraron la frontera porque había nevado muchísimo y era peligroso cruzar por tierra. Me puse tan triste por no poder estar en las calles del Congreso esperando los resultados que los gemelos aceptaron visitarme a la casa de JL. Nos preparó pisco sour y compró suchi vegano para ellos. Vimos el debate en vivo por internet, nos reímos de algunos argumentos en contra y puteamos por otros, y finalmente, cuando perdimos en la votación, nos abrazamos y lloramos.
Al día siguiente JL me compró un pasaje en avión de regreso, para que no perdiera más días de clases. También me dió de regalo de despedida un libro de Lemebel: Serenata Cafiola. En el interior de la tapa escribió una declaración de amor.
Andy Bravo (Bolivia) es comunicadora social por la Universidad de Buenos Aires. Es co-creadora de un proyecto de investigación y fotografía erótica (proyectomacho.myportfolio.com). Obtuvo el segundo lugar en el concurso de microcuentos de Sucre. Reside en Colombia, donde coordina talleres de escritura y de creación de fanzines