Por: Fotos: Ed Mead y Danny Atteberry, en la penitenciaría de Walla Walla

Cuerpos que del acecho del deseo pasan,
después, al rigor mortis. En
enjambre de sábanas deshechas las
ruinas truculentas de la fiesta, de lo
festivo en devenir funesto: cogotes
donde las huellas de los dedos se han
demasiado fuertemente impreso,
torsos descoyuntados a bastonazos,
lamparones azules en la cuenca del
ojo, labios partidos a que una toalla
hace de glotis, agujeros de balas, barrosas
marcas de botas en las nalgas.

Néstor Perlongher, Matan a una marica (1988)

 

La Brigada George Jackson (BGJ) tomó su nombre de aquel activista negro, parte del movimiento Panteras Negras, preso a los dieciocho años por robar un puñado de billetes de una estación de servicio, radical antisistema, escritor intramuros, vindicador y, finalmente, mártir del Estado en la cárcel donde había pasado una buena parte de su vida, a los veintinueve años de edad. La frase que abre la presente edición de FUEGO QUEER pinta de cuerpo entero su llamado a la acción. Dijo también: “No quiero morir dejando como único monumento unas pocas canciones tristes y un montecillo de tierra. Quiero dejar un mundo liberado de basura, contaminación, racismo, estados nacionales, guerras y ejércitos de estados nacionales, ostentación, intolerancia, estrechez de miras, mil clases de mentiras y la economía usurera y licenciosa. Intentamos convertir la mentalidad negra criminal en una mentalidad negra revolucionaria”.

En aquellos tiempos ─comienzos de la década del ’70─ el sistema carcelario empezó a sentir en sus entrañas el poder de la organización de pres*s en grupos radicales. Hubo varias experiencias en esa dirección. Las que pueblan las siguientes páginas ─la mencionada BGJ y el subcomité Hombres Contra el Sexismo (HCS)─ tenían algunas particularidades que las diferenciaban de otras de esas experiencias. Además de combinar ideas anarquistas y marxistas, acción directa y lucha armada (bien diferenciada en teoría y práctica de aquello que la prensa servil elegía desacreditar llamando “terrorismo”), se organizaban con ausencia de una estructura vertical, de una supremacía masculina blanca y cis-heterosexual, y, va de suyo, convencid*s de la necesidad de articular en la misma lucha las cuestiones raciales, de clase y sexistas.

En el caso de “Bo” Brown, lesbiana visible, sus acciones buscaron dejar en evidencia que la opresión a las disidencias sexuales era una parte inherente del capitalismo contra el que luchaban, y se encargó de marcar la homofobia y el sexismo presente en muchas de las organizaciones y partidos de izquierdas, como el Partido Comunista Revolucionario, la Coalición por la Liberación de Seattle, y la Weather Underground, entre otras. Estuvo varios años presa, y luego de ser liberada fue fundadora de Out of Control, un grupo de lesbianas que trabajaba activamente en la lucha anticarcelaria.

Al ingresar a la prisión de Walla-Walla ─fue sentenciado a dos cadenas perpetuas por participar en un tiroteo durante el robo a un banco─, en aislamiento y encerrado en su celda veintitrés horas por día, Ed Mead entendió rápidamente la necesidad de terminar con las violaciones y el comercio de presos que eran situaciones corrientes en aquella prisión y en tantas otras. Buscó convencer a los demás reclusos, a través de escritos, reuniones, negociaciones y hechos, visibilizar que el enemigo no era el preso de la otra celda: era el gobierno, los grupos de poder concentrados, sus brazos controladores, y no el producto de ese sistema. Lo hizo a partir de la estrategia de interseccionalidad: la lucha de las disidencias sexuales no podía ser furgón de cola de aquellas que “otros” consideraban prioritarias. Era necesario situarla al frente, y acompañarla con la acción, no sólo la colectiva sino también la individual. A pesar de que se consideraba heterosexual, decidió volverse una marica visible dentro de la cárcel y tener compañer*s sexoafectiv*s intramuros. De esa forma, no sin penurias, se organizaron y lograron el reconocimiento, el respeto y algunas concesiones por parte de las administraciones penitenciarias para desnaturalizar la violencia sexual dentro de la prisión. “Mi salida del closet fue el producto de una decisión política”, dirá Mead, y agregará: “quería acabar con la esclavitud sexual dentro de la prisión, y lo haría como miembro de un grupo acosado, no como alguien ajeno. Un varón no debería llamarse a sí mismo antisexista si no ha chupado una pija”. Una forma de hacer carne aquella máxima atribuida a Néstor Perlongher, pieza fundamental en Argentina del Frente de Liberación Homosexual, que expresaba: mientras los hombres heterosexuales no socialicen su culo, no habrá revolución posible.

El motín de Attica, la Huelga de 47 días, el reconocimiento por parte del Servicio Penitenciario de la agrupación Hombres Contra el Sexismo, las acciones directas en las que lograron liberar a compañer*s que estaban pres*s, los atentados exitosos, e incluso el acompañamiento que encontraron en intelectuales y artistas (sólo por mencionar un caso, las canciones Power to the people (1971), Attica State (1971) y John Sinclair (1972) de John Lennon sirvieron para visibilizar aún más al grupo Panteras Negras, al motín de Attica que dejó cuarenta y tres muertos, y a Sinclair, activista de los Panteras Negras condenado a diez años de cárcel por tenencia de marihuana) fueron algunas de las batallas que ganaron ─pagando un alto costo─ articulando las luchas anticarcelaria, anticapitalista, antiestatal y, por supuesto, antisexista.

*

En la Argentina, la situación actual no es muy diferente a la que aquí se narra. El sistema penitenciario sigue siendo un efectivo instrumento de tortura y muerte por parte del Estado contra sus enemigos, reales e imaginarios. La mayoría de las muertes por el accionar represivo directo del Estado se producen en instituciones penitenciarias. El último informe de la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional ─que arrojó que la administración Cambiemos asesina a una persona cada veintiuna horas─ señaló que casi la mitad de esas muertes se produjeron en prisiones, comisarías y cualquier otro lugar de detención, incluyendo patrulleros. Las modalidades, a pesar de las décadas transcurridas y las distancias geográficas, son las mismas que se leen en las páginas de este libro: ejecuciones por encargo de los servicios carcelarios, sicarios (“coches-bomba”), incendios que se inician como medidas de protesta o pedidos de asistencia que nunca son atendidos o se hace tardíamente, aplicación de tormentos, o muertes por enfermedades que con una mínima atención médica serían evitables.

Se cumple medio siglo de la revuelta de Stonewall. La efeméride será saludada y celebrada en todo el mundo ─también en la Argentina─ entre arcoíris por doquier y discursos plagados de corrección política, incluso desde los sectores más reaccionarios de las administraciones estatales. En tiempos donde una parte mayoritaria de la “cultura gay” optó (y opta) por estrategias de asimilación, normalizando la diversidad en lugar de pelear por diversificar la norma, vale recordar que aquella revuelta contra el hostigamiento y las razzias policiales que luego instituyó al 28 de junio como “Día del orgullo” fue iniciada hace cincuenta años ─entre otr*s─ por Marsha P. Johnson, activista trava, negra, pobre, contestataria y partidaria de la acción directa, muerta en circunstancias nunca aclaradas a los 46 años de edad; y por su compañera Sylvia R. Rivera, también trava, callejera, de ascendencia venezolana y puertorriqueña, pobre, activista por los derechos de puertorriqueñ*s y afroamerican*s, muerta a los 50 años de edad, amplificando el indicador de mortalidad temprana que atravesó y sigue atravesando al colectivo travesti-trans. Juntas impulsaron, también, la experiencia STAR (Acción Travesti Callejera Revolucionaria, por sus siglas en inglés) que, en sintonía con las estrategias de articulación de la Brigada George Jackson y de Hombres contra el sexismo, se opusieron al racismo y el sexismo, la discriminación y la persecución a las disidencias de la heteronorma, lucharon a favor de los derechos civiles y humanos de las personas trans, dando respuesta al VIH─SIDA, y a favor de la lucha anticarcelaria.

 

La violencia penitenciaria se encuentra naturalizada, en prácticas y en discursos. En un contexto de recrudecimiento de la represión estatal, se vuelve imprescindible tomar nota de historias ─y protagonistas─ hasta ahora poco conocidas en estas latitudes, como la de la BGJ y el colectivo HCS que se desarrollan en este libro, para enfrentar esas violencias de la única manera posible: revueltas y hermanadas.