Gaza: el cese al fuego no es el final, es apenas el comienzo

Quisieron llamarle “acuerdo de paz”, pero el plan de 20 puntos de Donald Trump ni siquiera ha logrado detener la masacre de palestinos y palestinas en Gaza. Intercambio de rehenes, transgresiones y el día después. En este artículo, Melisa Trad Malmod analiza cómo es la situación actual después de un mes de la firma del alto al fuego.

Hay un cese al fuego, pero sobrevuelan drones; hay un cese al fuego, pero se escuchan disparos desde el este. El cese al fuego más raro del mundo ha dejado más de 200 palestinos muertos en tiempo de paz y se sostiene porque Donald Trump quiere, aunque con algunas licencias.

Auspiciado por Estados Unidos y con el apoyo de Qatar, Egipto y Turquía, los 20 puntos de Trump fueron celebrados por el mundo entero. Es que casi 70 mil muertos después, las imágenes que llegaban desde Gaza mostraban a niñas y niños reducidos a piel y hueso. No importó que los coordinadores de ayuda humanitaria anunciaran hace meses la catástrofe que se avecinaba. Los medios trataron la hambruna casi como un desastre natural. Nadie señaló culpables. Pero ya no hace falta, se ha logrado la paz – o eso dicen.

Aunque al texto le sobran espacios en blanco para ser considerado una hoja de ruta seria hacia una paz duradera, el problema está en los cimientos. Fue anunciado en una conferencia de prensa conjunta entre el presidente de Estados Unidos y el primer ministro israelí. ¿No faltaba alguien? Esa debería haber sido la primera señal de que la negociación se dio muy lejos de quienes más la necesitan. Detrás de la alharaca diplomática, los 20 puntos son sólo un borrador que no tiene por ahora el acuerdo total de las partes.

Lo único concreto es la aprobación de la primera fase: retiro parcial de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), intercambio de rehenes y entrada de ayuda humanitaria. No hay calendario, garantías, ni consenso sobre cómo será el futuro de Gaza. Benjamin Netanyahu, el primer ministro israelí, ha aclarado que si Hamás no acepta por las buenas, “Israel terminará el trabajo”. Consultado sobre el desarme del grupo palestino, uno de los puntos más complejos del plan, Donald Trump dijo: “Si no se desarman, los desarmaremos. Sucederá rápidamente y quizá de manera violenta.”  El mensaje de la Casa Blanca es claro: el presidente supervisará la implementación de los 20 puntos.

Volver a casa

Una mujer remueve escombros con sus propias manos. Mientras la maquinaria pesada busca los restos de los cuatro rehenes israelíes que Hamás aún debe devolver, las y los palestinos tratan de localizar a los suyos como pueden.

Todos los rehenes que seguían con vida han regresado a sus hogares. Donald Trump le dio a Hamás 72 horas para liberarlos. A cambio, Israel entregó a 250 prisioneros condenados a cadena perpetua y a 1700 gazatíes encarcelados después de los ataques del 7 de octubre. Quienes los llamaron “terroristas” quizá pasaron por alto que allí había también niños y niñas. Ellos, como tantos otros palestinos, fueron arrestados bajo la figura de “detención administrativa”. Sin juicio ni condena, algunas organizaciones de derechos humanos han calificado a esta práctica de “desaparición forzada”.

El primer desafío llegó cuando Hamás debía entregar los restos de los fallecidos. Israel acusa al grupo de infringir el acuerdo. Tras retornar 24 de los 28 cuerpos con ayuda de la Cruz Roja, Hamás asegura que pretende cumplir con su responsabilidad, pero que el nivel de destrucción causada por los bombardeos israelíes dificulta el trabajo de recuperación, algo que ha sido reconocido por el gobierno estadounidense.

Casi 50 millones de dólares en bienes permanecen almacenados en depósitos, sin poder llegar a quienes más lo necesitan.

Por cada cuerpo israelí que ha sido devuelto, Israel entrega los de quince palestinos. Pero en Palestina no hay recursos para su identificación. Las familias reconocen a sus muertos por las zapatillas, las medias, el anillo de casados. Muchos llegaron desfigurados y presentando signos de abuso físico. Algunos habrían sido asesinados en ejecuciones sumarias. Esto no es nuevo: la organización israelí B’Tselem denuncia que el sistema carcelario de Israel funciona como una red de campos de tortura para palestinos

Ayuda humanitaria, la moneda de cambio de Israel

Se acerca el invierno y las organizaciones en Gaza no dan abasto. Es que el gobierno israelí entiende la asistencia humanitaria como una concesión, no un derecho. Su decisión de bloquear directa e indirectamente el ingreso de esta ayuda, es uno de los elementos del caso contra Israel por genocidio en la Corte Internacional de Justicia. 

En agosto, la ONU declaró oficialmente la hambruna en la mayor localidad de Gaza. Michael Fakhri, relator especial de las Naciones Unidas sobre el derecho a la alimentación, aseguró que “Israel está utilizando los alimentos y la ayuda humanitaria como un arma para humillar, debilitar, desplazar y matar a los palestinos”. Más de 450 personas murieron por desnutrición y otras tantas sufren las consecuencias, incluidas aproximadamente 11.500 mujeres embarazadas cuyos bebés tendrán la salud condicionada de por vida. Volker Türk, alto comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, confirmó que la hambruna fue “resultado directo de las acciones emprendidas por el gobierno israelí”.

Hoy, incluso con un cese al fuego vigente, Israel usa la ayuda humanitaria como un elemento de presión, una canilla que abre y cierra a gusto y piacere. El punto 7 del plan de Trump establece la entrada de 600 camiones diarios con asistencia, pero el flujo sigue siendo inconsistente y mucho menor al pactado. Se estima que está ingresando un promedio de 178 camiones por día, pero la mayoría de tipo comercial: llevan al mercado productos que las y los palestinos no siempre pueden comprar y que no se corresponden con las necesidades médicas y nutricionales de la población en este momento. Entonces es más fácil comprar una lata de Coca Cola que unos gramos de carne o productos frescos.

En un mes de alto al fuego, las autoridades israelíes han rechazado 107 solicitudes de ingreso de mantas, ropa de invierno y herramientas y materiales necesarios para operar los servicios de agua, saneamiento e higiene. Casi 50 millones de dólares en bienes de ONGs permanecen almacenados en depósitos, sin poder llegar a quienes más lo necesitan. El gobierno israelí ha dejado en claro que no permitirá el ingreso estipulado hasta que Hamás devuelva todos los cuerpos de los rehenes.

Tom Fletcher, responsable de ayuda humanitaria de la ONU, lo resume: “Negar ayuda a los civiles no puede usarse como moneda de negociación. Facilitar la ayuda es una obligación legal”.

Detrás de la línea amarilla

En los mapas del acuerdo, la “línea amarilla” divide el control del territorio. El punto 3 del plan de Trump estableció que las fuerzas israelíes debían retirarse en principio hasta esa línea y suspender todas las operaciones militares. Hay un temor generalizado de que esa se convierta en la división de facto del territorio e Israel se quede así con más de la mitad de la Franja de Gaza.

En la práctica, hoy la línea amarilla no existe. No hay muros ni señales claras que la delimiten: sólo un perímetro imaginario que separa zonas bajo control israelí de aquellas donde el alto al fuego debería garantizar la seguridad de la población palestina. Noga Tarnopolsky, corresponsal de France 24, reportó que ni las y los periodistas acompañados por militares pudieron identificarla con precisión. Si a ellos les resultó imposible distinguir dónde termina una zona y comienza la otra, mucho menos pueden hacerlo las personas que intentan desplazarse entre los escombros.

En Palestina no hay recursos para la identificación de los muertos que Israel entrega. Las familias reconocen a sus muertos por las zapatillas, las medias, el anillo de casados.

Desde el inicio del alto al fuego, al menos 241 palestinos han sido asesinados bajo el pretexto de cruzar esa línea. Por si no queda claro, eso no debería suceder en el marco de un cese de hostilidades.

Sólo el 29 de octubre, con dos semanas de tregua, 104 palestinos murieron bajo los bombardeos israelíes. Israel dijo responder a disparos de militantes de Hamás que mataron a un soldado en Rafah. Los medios hablan de “violaciones mutuas”, como si las vidas de más de cien personas asesinadas en escuelas y campos de refugiados -incluidos 46 niños y niñas-, compensara la de un combatiente.

¿Cuándo deja un cese al fuego de ser cese al fuego? Por ahora, se decide en Washington. Incluso después de la masacre del 29 de octubre, Trump insiste: “el cese al fuego se mantiene”.

El día después

“Hoy es un día histórico para la paz”, dijo Donald Trump al anunciar el acuerdo sobre Gaza. Pero un mes después, el cese al fuego se sostiene a duras penas y las expectativas de ambos lados parecen irreconciliables.

Dicen que el diablo está en los detalles. Simplificar el futuro de Gaza en 20 puntos es evadir las preguntas que aún no tienen respuesta: ¿se retirará Israel de todo el territorio? ¿aceptará Hamás el desarme? ¿Quién gobernará la Franja a largo plazo? ¿Qué papel jugará la Autoridad Palestina? ¿Qué significa todo esto para Cisjordania y para Palestina como unidad política?

El cese al fuego no es el final, es apenas el principio.

Mientras tanto, nadie pregunta a las y los palestinos —no a Hamás, a los palestinos— qué quieren, qué imaginan, cómo sueñan su propio futuro. El riesgo es que lo que se presenta como un plan de reconstrucción se convierta en una nueva forma de ocupación extranjera. Después de todo, el plan de 20 puntos es en sí una imposición que viola el derecho a la autodeterminación del pueblo palestino y no resuelve la cuestión de fondo.

No hay calendario, garantías, ni consenso sobre cómo será el futuro de Gaza.

“No puedo decir dónde está mi casa, ni los lugares donde solíamos vivir. Hasta tengo que preguntar en qué calle estoy”, dice Imad Al Beik a un periodista de Al Jazeera. Detrás de él no hay más que ruinas. Gaza se ha vuelto irreconocible y es difícil imaginar cómo esta montaña de basura y muerte volverá a ser habitable. Israel había dicho que convertiría la Franja en una “playa de estacionamiento”, y así lo hizo. Hoy, al menos el 92% de los hogares han sido reducidos a escombros y casi 2 millones de personas fueron desplazadas en el proceso. Pero en la historia de este pueblo, la gente vuelve una y otra vez a reconstruir eso que le han dejado.

Israel se va con más de una victoria. Ha triunfado militarmente, no sólo sobre Hamás, sino sobre el eje iraní. Ha redibujado el mapa de la región, reclamando para sí el lugar de poder hegemónico. Esa conquista tuvo un costo: el país enfrenta acusaciones de genocidio por parte de organizaciones locales, organismos internacionales de derechos humanos y un caso formal en su contra en la Corte Internacional de Justicia. Benjamin Netanyahu y otros líderes tienen sobre su cabeza órdenes de arresto por parte de la Corte Penal Internacional. Todos ellos han hecho que hoy el mundo sea un poco más peligroso para los israelíes fuera de Israel y la comunidad judía en general. 

Sólo el 29 de octubre, con dos semanas de tregua, 104 palestinos murieron bajo los bombardeos israelíes.

Esto no es un acuerdo de paz para nadie. La seguridad es una ilusión con la que Israel juega a construir muros para desentenderse de lo que pasa del otro lado. No hay paz, pero tampoco la había el 6 de octubre de 2023.

En Cisjordania, sólo en octubre de este año se registraron más de 260 ataques de colonos israelíes. Uno de cada cinco palestinos asesinados por fuerzas israelíes en 2025 era un niño. Esto no es Gaza, no es una respuesta a los ataques del 7 de octubre. Es el statu quo impuesto por Israel desde hace décadas del que nadie se quiere hacer cargo.

Hoy hay tregua, diplomáticos satisfechos y titulares de esperanza. Pero es muy temprano para hablar de paz. Lo será hasta que ambos pueblos puedan decidir en igualdad de condiciones cómo quieren convivir. Por ahora, sólo un poco de alivio hasta el próximo ciclo de horror.