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Algunas lecturas en clave social, cultural y económica pueden explicar lo que pasó en Bolivia y resultan significativas para toda la región. En primer lugar, la estrategia de desgaste mediático al gobierno de Evo Morales fue muchísimo menos exitosa en Bolivia que en otras latitudes: la sociedad boliviana no sólo está atravesada por diferencias de clase, sino fundamentalmente raciales. El discurso “aspiracional y meritocrático” de la derecha tuvo menos campo fértil para crecer en un pueblo que mantiene a flor de piel 500 años de colonialismo por parte de una elite blanca o mestiza. Pero fundamentalmente, un punto insoslayable es que el modelo económico es rotundamente exitoso y a diferencia de lo acontecido en otros países de América Latina que tuvieron gobiernos que son catalogados como “populistas”, pudieron sortear efectivamente la crisis internacional y prolongar los buenos resultados durante los 13 años de gobierno de Evo Morales. Para el 2019, según las proyecciones del FMI, Bolivia registrará el mayor crecimiento de América, con un promedio en los últimos 5 años del 4,6% anual. Es el país sudamericano con la menor tasa de desocupación (4%) y de más baja inflación (1,7% anual para 2019). Entre 2005 y 2017 la desigualdad se redujo 25% y la pobreza cayó 25 puntos porcentuales. 

Según las reglas electorales bolivianas, la fuerza política ganadora debería obtener más del 10% de diferencia con la segunda para evitar el balotaje y si bien los resultados de las elecciones presidenciales fueron contundentes a favor de Morales, quedaron al límite de la segunda vuelta y se sucedieron denuncias de la oposición por fraude que derivaron en manifestaciones con escalonamiento de violencia. A partir del pronunciamiento de la OEA y la consecuente aceptación de anulación y decisión de repetir las elecciones por parte del hasta entonces gobierno boliviano, las demandas republicanas que (al menos en el discurso) suscitaron las protestas deberían haberse aplacado. Pero al contrario, se incrementaron. Por fuera de todos los canales institucionales, desde la oposición se presionó la renuncia de Evo Morales y todo el gobierno, se persiguió y atacó violentamente a militantes del MAS, a funcionarios y sus familiares. La escalada de violencia pudo producirse al campo liberado que dejó el amotinamiento policial y la negativa del ejército a intervenir en la pacificación.  No es un dato menor la “orden de detención” contra el expresidente, completamente al margen de la legalidad por no existir autoridad gubernamental.

¿Representa el golpe en Bolivia el final de la derecha democrática? 

El triunfo de Mauricio Macri había coronado el éxito en Latinoamérica de la estrategia de manipulación mediática y desgaste constante a gobiernos democráticos y (según el discurso liberal de la derecha) “populistas”. El modelo económico, cabe aclarar en estas latitudes, mostraba a diferencia de Bolivia síntomas de agotamiento a partir del advenimiento de la crisis internacional. Calcada estrategia de desgaste mediático podemos encontrar en Brasil, Venezuela, Paraguay y demás países latinoamericanos. Apenas asumido Macri, se puso en marcha la segunda fase: el “law fear”, que no es más que la manipulación de la justicia para la persecución de opositores mediante el recurso de investigación de hechos de corrupción. Esta estrategia mediático-judicial, sumada en Brasil al factor de un sector importante de Iglesias  cristianas, permitió la destitución de Dilma Roussef en agosto de 2016 y el posterior encarcelamiento de Lula durante la campaña presidencial que lo nominaba como ganador y que terminó con la consagración presidencial de Jair Bolsonaro. De forma similar, en Ecuador Lenin Moreno quien era hasta ese momento su delfín, consagró la persecución de Rafael Correa que derivó en su exilio en Bélgica. ¿El quiebre institucional de Bolivia es la tercera fase en la reinstauración de un modelo neoliberal en toda la región?

Hasta este momento, el discurso esgrimido por la derecha en condena a los populismos venía fundamentándose en el republicanismo y las denuncias de corrupción. Pero cada cambio de gobierno significó mucho más un rotundo viraje de modelo económico que un incremento en la transparencia institucional, con el consiguiente proceso de concentración de la riqueza y desmejoramiento de las condiciones de vida de amplias mayorías. En este contexto se enmarcan los movimientos de resistencia al ajuste por parte de sectores postergados que ocuparon las calles de Ecuador y aún las ocupan en Chile. En la Argentina tenemos el antecedente de las fuertes movilizaciones de 2017 en el contexto de la reforma previsional. 

Asimismo, en un contexto democrático, las estrategias de manipulación mediática tienen un límite frente al deterioro económico. También tiene límite institucional la persecución judicial a opositores. Así lo demuestran el resultado electoral en la Argentina y en Brasil la liberación de Lula respectivamente.

América Latina atraviesa horas decisivas: la estrategia de manipulación mediática y judicial patece insuficiente para sostener en el poder gobiernos que más allá de los resultados positivos (como Chile) o negativos (como Argentina y Brasil) en términos de crecimiento profundizaron en todos los casos la desigualdad y empeoraron las condiciones de vida de los sectores más humildes. Resulta sumamente preocupante que la estrategia de la derecha sea avanzar por fuera de los límites institucionales y democráticos. Los próximos días son cruciales para determinar si el antecedente del golpe en Bolivia resulta exitoso y si es o no repudiado por la comunidad internacional y especialmente latinoamericana. Llama la atención, sin embargo, la falta de pronunciamiento por el momento de los gobiernos de Argentina y Brasil. Gobiernos que se enarbolan en la defensa republicana en el caso de Venezuela y no dudan en repudiar los movimientos de protesta que ponen en jaque a los gobiernos de Chile y Ecuador.