Escribir sobre la biografía política de Lohana Berkins me obliga a recorrer sus pasos y reconocer los posibles eventos que la fueron transformando de una niña pueblerina, a la máxima referente de una revolución sexual que puso de cabeza a toda Latinoamérica.

Sobre la niñez de Lohana conocemos muchos detalles, narrados en primera persona: a veces nacida en Bolivia, otras en Salvador Mazza, fue la hija de un padre austero y riguroso quien fuera intendente peronista en la localidad donde transcurrió su infancia. Tempranamente trava y disruptiva para aquel pequeño pueblo fronterizo, salió de su hogar a los 14 años cuando en la mesa familiar su padre le dijo “esto no puede seguir así, o te haces hombre o te vas” sin mediar una explicación de que significaba aquello de la hombría. Llego muy pendejita a la Ciudad de Salta a vivir a lo de una tía, yirando empezó a conocer a otras maricas de la ciudad,  a transitar las vereditas oscuras del parque San Martín, histórico territorio de putas y travestis. Con el tiempo termino caminando los mismos senderos de sus contemporáneas, refugiada en la casa de la Mamá Pocha, cuyas puertas estaban abiertas para toda marica que necesitara donde dormir y servirse un plato de comida.

Lohana

Sobre la Lohana militante, la traviarca, sabemos mucho más. Tanto por su propia voz, como a través de la de sus compañerxs de lucha podemos recolectar aquellas anécdotas que dan cuenta de una trava imponente, decidida y locuaz. Lohana, intrépida, delante de una asamblea feminista pidiendo explicaciones sobre porque no puede ella sumarse al movimiento; furiosa, marchando con el pañuelo verde por el aborto legal; inmensa, liderando la gesta por el nombre propio. Sobre aquella comandanta de las mariposas, tenemos más de un centenar de páginas escritas.

Pero sobre la adolescente que fue construyéndose en las calles de Salta, de la mano de la Pocha y sus otras “hijas” es muy poco lo que nos quedó escrito y archivado. Hay en esos años, una Lohana en transformación que da cuenta de su estadio germinal. Si en este mundo de gusanos capitalistas, esa pequeña marica tuvo que llenarse de coraje para volverse mariposa, son los años de crisálida los que pretendo reconstruir en esta nota.

Aquella memoria emerge en las voces de quienes estuvieron a su lado y que aún atesoran con cariño -a modo de reliquias- fotos, recortes y recuerdos de aquella querida compañera que aún no pueden creer que se les haya ido. Porque así de vivo está el recuerdo de Lohana, todavía sus hermanas salteñas la esperan sentadas en la cocina con una docena de empanadas y una jarrita de vino.

Esta nota reúne los relatos de dos compañeras que habitaron con ella la casa de la Pocha, que desfilaron en los corsos salteños en la histórica agrupación “Los Caballeros de la Noche” y que la recibieron alegremente cada vez que regresaba a la ciudad para unirse a la procesión de la Virgen y el Señor del Milagro. La primera de ellas es Carlita, una peluquera de Santa María del Valle de Catamarca quien llegó a la casa de la Pocha en 1985 y se enamoró para siempre de los carnavales. La segunda es Mari Luz, hermana y custodia de las historias de la Pocha, que sigue extrañando la sonrisa desencajada de la Berkins.

Carli con la foto de Lohana

Ambas rememoran a Lohana como una compañera extrovertida y tremendamente cómica, siempre fue ella quien en las alocadas noches de la casa de la Pocha tomara a su cargo la animación de la fiesta, monologando, haciendo imitaciones, burlándose de las artistas de la época. Si algo no le faltaba era vehemencia, la tenía para hablar con sus compañeras, pero también al momento de enfrentarse a los clientes y los canas. La Pocha siempre le decía: “vos tenés que ser nuestra abogada” porque en esa casa nadie quería ser prostituta para toda la vida. La Mamá Pocha las miraba a las pibas y les decía que estudien, que sean algo en este mundo, que salgan adelante porque la calle no dura mucho. Ella era un poco el ejemplo a seguir para las chicas, porque no laburaba en la calle, sino que había aprendido a tirar las cartas y a “politiquear”[1] para poder salir adelante y compartir con sus amigas lo poquito que tenia.

En esa casa (que fueron muchas, porque la Pocha se vivía mudando) armaban sus tejes entre 20 y 30 chicas, dependiendo de la altura del año y la proximidad con el carnaval. Todas tenían una cualidad que se plasmaba en sus apodos y Lohana no era menos, le decían “La caballona” un poco por su altura y su porte esbelto, pero también por su tesitura cuando una idea se le metía en la cabeza. Lohana ya era en aquel entonces una travesti que iba al frente. Mientras en los desfiles de carnaval todas usaban miriñaques y vestidos de época, ella se le animaba a una mallita y un armazón de plumas, brillando en el medio de la escena.

Lohana siempre fue una de las preferidas de la Pocha, quien hasta su muerte atesoró en la pared de su casa un cuadro con la enorme y prístina sonrisa de aquellos carnavales. Años después en la portada de “Cumbia, copeteo y lágrimas” se inmortalizaría el rostro de la Pocha, la siempre añorada mamá trava.

Cuenta la leyenda que corría el año 85’ cuando un grupo de compañeros gays convocaron a una reunión a las travas en un local gremial céntrico. Lohana fue la que más agitó para ir y organizó una excursión a plena luz del día hasta aquel encuentro. Las chicas salieron a la avenida a hacer dedo y subidas en la caja de una camioneta llegaron a la convocatoria. No hay más noticias sobre aquel primer mitin, pero sin dudas da cuenta de los intereses que ella tenía en torno a la organización y lucha de las travas. En 1997 se realizaría en Salta el 2º Encuentro Nacional Lésbico Gay Travesti Transexual Bisexual. Ante el estupor de una de las provincias más conservadoras del país, aquellas calles apenas transitadas durante los corsos, serían ahora escenario de una marcha a puro grito, purpurina y pancarta.

Con el tiempo, como suele pasar, fue mejor pensar en otros horizontes. Lohana se fue de la ciudad de Salta con rumbo a Capital Federal, llevándose consigo esos conocimientos transgresores que le dieron la Pocha, la calle y sus amigas. Dejó entre quienes la conocieron un sinfín de anécdotas chistosas, momentos alegres, sorpresas gratas y la promesa tácita de convertirse en quien las defienda: cumplió. Cada retorno de la Berkins convocaba a las que seguían en Salta a reuniones interminables de locro y vino. Mari Luz la recibió en su casa hasta muy poco antes de su muerte, se llamaban por teléfono a menudo hasta que un día no contesto. Lohana se había ido, había desplegado sus alas de mariposa para no volver. Entre las lágrimas de quienes la recuerdan, se cuelan las sonrisas, pero sobre todo el orgullo de saberse por intermedio de Lohana protagonistas de una historia de lucha y transgresiones.

[1] Politiquear hace referencia a la intervención en la política partidaria entendida como una forma de militancia barrial o de base que permite conseguir algún favor o beneficio para sí mismx o personas allegadas.