Migrantes: crónicas de los recién llegados

Compartimos un adelanto de “Migrantes: Crónicas de los recién llegados”, de Gisele Kleidermacher, publicado por Futurock Libros.

Fotos: Julieta Bugacoff.

Los senegaleses son profundamente creyentes, no sólo en Dios, sino también en su Cheikh o Serigne (término que puede traducirse como señor, maestro o guía). Esta figura señala el camino a seguir en la vida y transmite la baraka, entendida como bendición o don divino, ya que el líder mouride habita en el más allá. Son habituales, por ello, los viajes de los descendientes del Cheikh a las comunidades de la diáspora, y Abdou participa en estas actividades.

También le gusta que los argentinos conozcan más su cultura y religión. Por eso, en 2017, fue parte de una gran invitación a una celebración del Magal Touba. Con previa autorización, desplegaron esterillas de colores senegalesas en la plaza frente al Congreso de la Nación. Allí se ubicaron en ronda varios hombres con sus trajes coloridos, entonando las canciones que leían en sus libros escritos en árabe. Muchos transeúntes se detenían a mirar y eran convidados a tomar un café Touba. Los vasos de plástico tenían un fuerte aroma, ya que a la clásica infusión se le agrega pimienta de Guinea (djar, en wolof) y clavo de olor.

Luego de tomar la posta que dejó su padre en la Argentina, Abdou finalmente se siente tranquilo y a gusto. Puede vender en la calle y en un local. Ayuda a sus compatriotas pero también a su familia en Senegal regularmente. Reza todos los días y sigue con fervor la máxima de su líder espiritual mourid: “Trabaja como si nunca fueras a morir y reza como si fueras a morir mañana”. En su cocina, junto al Chebu yapp y el Mafé —arroz con salsa de maní y tomate— de vez en cuando también prepara pizzas y milanesas.

La esposa

Una tarde del verano de 2017, su madre y su mejor amiga le comunicaron la noticia: era momento de casarse. Y Adama, que ya tenía veintisiete años, aceptó feliz. El marido no estaría presente, porque vivía hacía quince años en Argentina. Jamás lo había visto, pero eso no era un problema para ella, muchas de sus amigas estaban casadas con hombres que no conocían pero les enviaban remesas regularmente.

Adama vivía entonces en la Casamance, al sur de Senegal, territorio separado del resto del país por Gambia. Una región selvática, diferente del norte desértico senegalés. En Casamance abundan los ríos, los mangos y los diolas, etnia mayoritaria de la zona. El padre de Adama era militar y las mudanzas fueron frecuentes. La mayor parte de su vida la pasó en Dakar, la capital del país. Tras finalizar la escuela secundaria y los estudios coránicos —que suelen cursar la mayoría de los hombres y muchas mujeres
en Senegal— realizó un curso para ser vendedora de farmacia.

El tiempo transcurría en su casa, junto a su madre, sus cuatro hermanos y vecinos que iban y venían. Adama sentía que no hacía falta salir, siempre había alguien en el hogar con quien conversar y pasar el rato. Esto es muy frecuente en las casas senegalesas, donde el patio es el centro de encuentro y donde las puertas de las casas suelen estar abiertas, por el calor, pero también por la costumbre.

Cuando llegó la noticia del casamiento, pensó que vivirían en continentes separados como tantos matrimonios. Los hombres visitan el hogar ocasionalmente, si es que pueden y ellas viven con la familia del marido, ayudando con las tareas domésticas y de cuidado.

El casamiento, con fiesta incluida, se celebró sin el esposo. Tras los rezos en la mezquita —sólo los hombres—, se hizo una gran comida en la casa de Adama, donde asistieron familiares y amigos, todos vestidos con ropas para la ocasión. Como es costumbre, se compraron telas enceradas y con estampados coloridos en el mercado y luego un costurero del barrio confeccionó vestidos con pañuelos para la cabeza de las mujeres y boubous para los hombres. La novia tuvo sus dos cambios de vestuario. Los registros de la celebración fueron guardados en un CD que Adama conserva como un tesoro.

Su corazón se paralizó cuando su marido, al poco tiempo, le dijo que tenía que mudarse con él a la Argentina. No pudo imaginar siquiera la posiblidad de negarse. Debió realizar el casamien-
to por civil ella sola. El juez de paz constató el consentimiento del marido con un llamado telefónico y los documentos que ella debió presentar. Con esos papeles se subió por primera vez a un avión que la llevó a Nigeria, donde se encontraba la única sede 125 diplomática de la Argentina en esa región del continente. Cuando aceptaron su visado, subió a otro avión, que cruzó el Atlántico.

En su valija traía sus amados vestidos de telas coloridas, algunos condimentos que sabía que no podría encontrar en la Argentina y el CD con el registro de la fiesta de casamiento. Vería por primera vez a su marido. Cuando habla de ese encuentro dice poco, casi nada: una sonrisa tímida, algo de pudor y la fra-
se justa para salir del paso. “No fue difícil”, repite, como si en esas palabras estuviera contenido todo lo que no necesita —o no quiere— decir.

Era julio de 2017 y sólo recuerda el frío. Nunca lo había sentido antes. Nunca había estado en un país con temperaturas menores a los veinte grados. También recuerda no entender una sola palabra. Adama habla dyola y wolof, lenguas que llevan por nombre las etnias que los usan y que habitan en la región de
Senegambia¹. También habla francés e inglés, que aprendió en el colegio. Pero no lograba comprender el español. Con el tiempo se acostumbró. A la temperatura, al idioma y al mate. Junto a su marido se mudaron a Wilde, donde todavía viven, aunque diariamente viajan a la capital.

Él es pastelero y trabaja en una panadería en Almagro. Dos de los tres hijos que tuvo el matrimonio estudian en el Colegio Arabe Islámico de San Cristóbal. Adama los lleva todos los días a las ocho de la mañana. El más pequeño, de diez meses, la acompaña colgando de su mochila canguro. Regresa a su casa y a las cuatro de la tarde vuelve a buscarlos. Gran parte de su vida transcurre en el colectivo 129.

Pero también en su cocina, donde prepara viandas con comida senegalesa para sus compatriotas que trabajan en las ferias de Francisco Solano y de Florencio Varela. Allí las lleva los miércoles, sábados y domingos, aunque cada vez más argentinos también se las encargan “sin picante”, dice Adama entre risas mientras toma su mate amargo. Cuando su hijo más pequeño comience el jardín, espera anotarse en un curso de pastelería, para aprender el trabajo de su marido.

No le queda mucho tiempo porque no tiene la red de mujeres que en Senegal la ayudarían con la crianza de los hijos. Aquí está sola y esa soledad la siente diariamente. Las llamadas y videos con Senegal ocupan gran parte de su día. El resto del tiempo cocina y cuida a sus pequeños con una crianza más laxa que la que tendrían en su país. Les habla en diola, ellos entienden pero responden en español y ella se resigna a ese diálogo.

Extraña estar arreglada, como en Dakar: con maquillaje, extensiones en su pelo, vestidos coloridos con pañuelo al tono. Sólo eso conserva: su respeto a las reglas del islam hace que lleve el cabello cubierto con algún pañuelo. Aunque no haga tanto frío, siempre está abrigada con pulóveres y campera. Aguarda con ansias el verano, cuando puede usar los coloridos vestidos que su madre le encarga a un costurero en Senegal y se los trae algún conocido que viaja. También se hace trenzas con extensiones en Buenos Aires, aunque sólo las muestra en el interior de su casa.

Mitiga la soledad una vez por mes, cuando se recrea una escena que podría transcurrir en cualquier casa de la Casamance senegalesa: las reuniones de las mujeres de Karambenor. La palabra significa “ayuda mutua” y eso es lo que hacen. Además de los encuentros mensuales, dos veces al año organizan actividades culturales a las que invitan a argentinos a comer y ver bailes senegaleses para recaudar fondos que luego envían a pueblos de la zona que lo necesitan. También realizan tontines, ruedas de ahorro en las que cada una se lleva a su turno lo recaudado.

Con el tiempo también se han sumado algunas argentinas casadas con senegaleses. Cada vez se reúnen en una casa distinta y allí pasan todo el día, conversando sobre su vida de allá y de acá, comiendo chebuyap o mafe con bissap —bebida tradicional elaborada con flores secas de hibisco, dulce y de color rojo intenso—.

En esos momentos, el corazón de Adama sana un poco. La distancia con su tierra se acorta, en su boca revive el diola y también la sonrisa.


¹ Senegambia es un término geográfico e histórico que alude a la región de África Occidental comprendida entre los ríos Senegal y Gambia, abarcando las actuales repúblicas de Senegal y Gambia, donde el pequeño país de Gambia está casi totalmente rodeado por Senegal. Esta forma se utiliza para referirse a la unidad cultural, geográfica o histórica de la zona con tradiciones compartidas que existía antes de la división colonial franco-británica.

² Gisele Kleidermacher es Doctora en Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, Licenciada en Sociología y Profesora de nivel medio en sociología (UBA). Es investigadora Independiente del CONICET con sede en el Instituto de Investigaciones Gino Germani-UBA. Se desempeña como docente de grado en Metodología de la investigación y Sociología de las migraciones en la carrera de sociología de la UBA y también en su doctorado. Sus áreas de investigación se centran en las migraciones recientes hacia la Argentina y la construcción de representaciones sociales hacia diversos grupos migratorios. Este texto forma parte de su libro “Migrantes: Crónicas de los recién llegados”, publicado por Futurock Libros.