Foto: Julieta Bugacoff.
En las últimas semanas, como uno de los coletazos del Mundial de Fútbol de 2026, volvió a instalarse una discusión que en la Argentina aparece de manera recurrente: ¿somos una sociedad racista? La polémica cobró fuerza luego de que el actor estadounidense Samuel L. Jackson compartiera en sus redes una publicación que calificaba a la Argentina como “uno de los países más racistas del mundo, si no el más racista”. La acusación fue retomada por distintas figuras públicas y amplificada en las redes sociales, donde rápidamente se convirtió en una afirmación generalizada sobre el país.
No deja de resultar paradójico que algunas de estas acusaciones provengan de sociedades con extensas historias de colonialismo, tráfico esclavista y segregación racial. Sin embargo, la discusión acerca de qué país es “más” o “menos” racista (si acaso fuera posible establecer semejante ranking) conduce a un callejón sin salida. Más productivo sería aprovechar la controversia para reflexionar sobre nuestra propia historia, sobre las relaciones sociales que construimos y sobre las formas específicas que adopta el racismo en la Argentina.
La reacción local fue, en gran medida, defensiva. Nos apresuramos a afirmar que no somos racistas recurriendo a argumentos muy diversos. Algunos retomaron declaraciones de expresidentes para sostener que en la Argentina no puede haber racismo porque “no hay negros”. Otros señalaron, correctamente, que las razas humanas no existen desde el punto de vista biológico, como si eso implicara que tampoco existen la racialización, las jerarquías construidas alrededor del color de piel o sus consecuencias materiales. También se recordó la convivencia cotidiana con africanos y afrodescendientes, la abolición relativamente temprana de la esclavitud o la supuesta integración exitosa de las poblaciones migrantes.
Como señaló recientemente la historiadora Magdalena Candioti, quizás sea necesario comenzar por reconocer la profunda herencia africana y afrodescendiente de nuestro país. Miles de personas africanas llegaron al actual territorio argentino como consecuencia del tráfico esclavista colonial, y sus descendientes no desaparecieron después de las guerras de independencia, las epidemias o el mestizaje, como sostuvo durante décadas el relato oficial. Continuaron y continúan formando parte de nuestra población.
La discusión acerca de qué país es “más” o “menos” racista conduce a un callejón sin salida. Más productivo sería aprovechar la controversia para reflexionar sobre nuestra propia historia, sobre las relaciones sociales que construimos y sobre las formas específicas que adopta el racismo en la Argentina.
El problema consiste, en parte, en buscar la negritud argentina con los anteojos de otras latitudes. Como explica el antropólogo Alejandro Frigerio, los afroargentinos no siempre responden al estereotipo del “negro mota” o del “negro bien negro”. Son también el resultado de largos procesos de mestizaje con poblaciones originarias y europeas. Esa diversidad fenotípica no los vuelve menos afrodescendientes: muestra, en cambio, hasta qué punto la blanquitud argentina fue una construcción política, cultural e historiográfica que convirtió el mestizaje en desaparición.
No se trata de castigarnos ni de sustituir un mito nacional por una condena igualmente simplificadora. Se trata de recordar que la esclavitud existió en el territorio argentino y que recién fue abolida definitivamente por la Constitución Nacional de 1853. Tampoco fue una esclavitud “más benévola” por haber tenido un carácter predominantemente urbano y doméstico y no haberse organizado alrededor de grandes plantaciones. Del mismo modo, los pueblos indígenas fueron asesinados, desplazados, despojados de sus territorios pero tampoco ellos desaparecieron.
También es necesario revisar el mito de la Argentina como un país de puertas abiertas. Mas allá de las grandes migraciones transoceánicas, no todas las personas fueron recibidas del mismo modo. La historia migratoria argentina nunca estuvo exenta de jerarquías, discriminaciones y xenofobias.
La llegada a Buenos Aires de quienes fueron despectivamente llamados “cabecitas negras”, durante las migraciones internas de mediados del siglo XX y, de manera emblemática, en la movilización del 17 de octubre de 1945, recordó a las élites porteñas que Buenos Aires no era toda la Argentina. Esas poblaciones de piel más oscura, procedentes principalmente del norte y del interior del país, condensaron en la mirada dominante marcas raciales, territoriales, culturales, políticas y de clase. Por eso, como analizaron Frigerio y Sergio Caggiano, la palabra “negro” en la Argentina no designa exclusivamente a una persona afrodescendiente: también puede funcionar como una categoría moral y social que racializa la pobreza, ciertas prácticas culturales, determinadas adscripciones políticas y determinados cuerpos.
La palabra “negro” en la Argentina no designa exclusivamente a una persona afrodescendiente: también puede funcionar como una categoría moral y social que racializa la pobreza, ciertas prácticas culturales, determinadas adscripciones políticas y determinados cuerpos.
En nuestros días, las detenciones policiales por “portación de rostro”, la persecución de vendedores ambulantes, la composición de la población carcelaria y las desigualdades en el acceso al trabajo, muestran que el color de la piel, los rasgos corporales y el origen atribuido siguen organizando oportunidades y sospechas en nuestra sociedad.
La Ley de Migraciones 25.871 reconoció en 2004 la migración como un derecho humano. Sin embargo, el DNU 366/2025 reforzó una perspectiva restrictiva y punitiva, amplió las posibilidades de expulsión y condicionó el acceso gratuito a la salud y a la educación universitaria según la categoría migratoria.
La Argentina no es “el país más racista del mundo”: no existe evidencia que permita sostener semejante afirmación. Pero tampoco es la nación blanca, homogénea, igualitaria y libre de racismo que durante tanto tiempo imaginó ser.
Compartimos un adelanto del libro “Migrantes: Crónicas de los recién llegados”, de Gisele Kleidermacher, publicado por Futurock Libros.
Gisele Kleidermacher es Doctora en Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, Licenciada en Sociología y Profesora de nivel medio en sociología (UBA). Es investigadora Independiente del CONICET con sede en el Instituto de Investigaciones Gino Germani-UBA. Se desempeña como docente de grado en Metodología de la investigación y Sociología de las migraciones en la carrera de sociología de la UBA y también en su doctorado. Sus áreas de investigación se centran en las migraciones recientes hacia la Argentina y la construcción de representaciones sociales hacia diversos grupos migratorios.