¿Terminó finalmente el espectáculo para Donald Trump?

Sabemos que Trump intentará hacer cualquier cosa para mantenerse en el poder, para evitar esa catástrofe final en la vida: convertirse en un ‘perdedor’. Judith Butler analiza en este artículo cuán al borde de destrucción puede dejar la democracia norteamericana en su caída. Traducción urgente de LATFEM.

Nunca hubo dudas sobre que Donald Trump no haría una salida rápida o elegante. La única pregunta segura para muchxs de nosotrxs era qué tan destructivo se volvería en su caída. Sé que la “caída” generalmente está reservada para reyes y tiranos, pero estamos operando en un escenario de ese tipo, excepto que aquí el rey es, a la vez, el bufón, y el hombre en el poder es también un niño entregado a una rabieta sin adultos a responsables en la habitación.

Sabemos que Trump intentará hacer cualquier cosa para mantenerse en el poder, para evitar esa catástrofe final en la vida: convertirse en “un perdedor”. Mostró que está dispuesto a manipular y destruir el sistema electoral si es necesario. Lo que está menos claro es si puede hacer lo que amenaza con hacer, o si la “amenaza” quedará flotando en el aire como una orden impotente. Como postura, la amenaza de detener o anular el voto es una especie de espectáculo, armado para el consumo de su base de apoyo. Pensada como una estrategia legal, sin embargo, por un equipo de abogadxs, que incluso trabajan para el gobierno, constituye un grave peligro para la democracia. Como tantas veces en la presidencia de Trump, nos preguntamos si está mintiendo, maquinando, actuando (haciendo un espectáculo) o actuando (haciendo un daño real). Una cosa es presentarse como alguien que haría un daño incalculable a la democracia para aferrarse al poder; otra muy distinta es hacer realidad ese espectáculo, e iniciar los juicios que desmantelarían las normas y leyes electorales que garantizan el derecho al voto, golpeando el marco mismo de la democracia estadounidense.

Cuando fuimos a las urnas, no votábamos por Joe Biden/Kamala Harris (expresiones de centro que desautorizaron los planes financieros y de salud más progresistas de Bernie Sanders y de Elizabeth Warren), sino que votamos por la posibilidad de votar, votamos por la institución presente y futura de la democracia electoral. Quienes estamos fuera de las instituciones carcelarias vivimos las leyes electorales con la solidez de su continuidad, como parte de un marco constitucional que da coordenadas a nuestro sentido de la política. Muchos de los que antes no habían sufrido la privación de sus derechos ni siquiera sabían que sus vidas se basaban en una confianza básica en el marco legal. Pero la idea de la ley como algo que asegura nuestros derechos y guía nuestra acción se ha transformado en un campo de litigio. No existe una norma legal que no pueda ser litigada bajo Trump. Una ley no está para ser respetada o seguida, sino como un lugar potencial para un litigio. El litigio se convierte en el campo supremo del poder del Derecho, y todos los demás tipos de derecho, incluso los derechos constitucionales, ahora se reducen a elementos negociables dentro de ese campo.

Aunque algunos culpan a Trump por llevar al gobierno un modelo de negocio, sin poner límites a lo que puede negociar para su beneficio, es importante notar que muchos de sus acuerdos comerciales terminan en presentaciones legales (desde 2016 se involucró en más de 3500 juicios). Va a la Corte para obtener la respuesta que quiere. Cuando se litigan las leyes que sustentan el sistema electoral, si toda protección legal es señalada como fraudulenta, como un instrumento que beneficia a quienes se le oponen, entonces no queda ninguna ley que limite el poder del litigio para destruir las normas democráticas. Cuando Trump pide que se ponga fin al recuento de votos (muy parecido a su llamado a poner fin a los testeos de Covid), busca evitar que se materialice una realidad y mantener el control sobre lo que se percibe como verdadero o falso. La única razón por la que la pandemia es mala en Estados Unidos, argumenta, es que hay pruebas que proporcionan resultados numéricos. Si no hubiera forma de saber qué tan malo es, aparentemente no sería malo.

En las primeras horas del 3 de noviembre, Trump pidió que se pusiera fin al recuento de votos en Estados clave donde temía perder. Si continúa el conteo, Biden puede ganar. Para eludir ese resultado, quiere detener el conteo, incluso si los ciudadanos se ven privados de su derecho a que su voto sea tenido en cuenta. En Estados Unidos contar siempre ha llevado un tiempo: esa es la norma aceptada. Entonces, ¿cuál es el apuro? Si Trump estuviera seguro de ganar si el conteo electoral se detuviera ahora, podríamos entender por qué quiere detenerlo. Pero dado que no tiene los números electorales, ¿por qué lo detendría? Si la demanda que detiene el conteo va acompañada de una demanda que alega fraude (sin ninguna base para hacerlo), entonces puede producir una desconfianza en el sistema, una desconfianza que, si es lo suficientemente profunda, finalmente arrojará la decisión a los tribunales -lugares que ha llenado con quienes imagina que lo pondrán en el poder. Los tribunales, junto con el vicepresidente, formarían entonces un poder plutocrático que promulgarían la destrucción de la política electoral tal como la conocemos. El problema, sin embargo, es que esos poderes, incluso si generalmente lo apoyan, no necesariamente destruirán la constitución por lealtad.

A algunxs nos sorprende que esté dispuesto a llegar tan lejos, pero este ha sido su modo de actuar desde el comienzo de su carrera política. Tenemos miedo luego de haber visto la fragilidad de las leyes que nos fundamentan y orientan como democracia. Pero lo que siempre se destacó del régimen de Trump es que el Poder Ejecutivo atacó constantemente las leyes del país, al mismo tiempo que afirmaba representar la ley y el orden. La única forma en que la contradicción tiene sentido es si solo él encarna la ley y el orden. Una forma peculiarmente contemporánea de narcisismo impulsado por los medios de comunicación se transforma así en una forma letal de tiranía. El que representa al régimen jurídico asume que es la ley, el que hace y quebranta la ley como quiere, se convierte en un poderoso criminal en nombre de la ley.

El fascismo y la tiranía adoptan muchas formas, como afirman lxs investigadorxs, y tiendo a estar en desacuerdo con quienes afirman que el nacionalsocialismo sigue siendo el modelo mediante el cual todas las demás formas fascistas deberían identificarse. Y, aunque Trump no es Hitler, y la política electoral no es precisamente una guerra militar (al menos todavía no es una guerra civil), existe una lógica general de destrucción que se activa cuando la caída del tirano parece casi segura. En marzo de 1945, cuando tanto las fuerzas aliadas como el Ejército Rojo habían conquistado todos los bastiones defensivos nazis, Hitler resolvió destruir la nación misma, al ordenar la destrucción de los sistemas de transporte y comunicación, los sitios industriales y los servicios públicos. Si él caía, también caería la nación. La misiva de Hitler se llamó “Medidas de destrucción en el territorio del Reich”, pero fue recordada como el “Decreto de Nerón”, en alusión al emperador romano que mató a familiares y amigos, castigó a los percibidos como desleales, en su despiadado deseo de aferrarse al poder. Cuando sus seguidores comenzaron a huir, Nerón se quitó la vida. Sus supuestas últimas palabras: “¡Qué artista muere conmigo!”.

Trump no ha sido ni Hitler ni Nerón, pero ha sido un pésimo artista recompensado por sus seguidores por sus miserables actuaciones. Su atractivo para casi la mitad del país vino de una práctica que habilitaba una forma exultante de sadismo, libre de cualquier grillete de vergüenza moral u obligación ética. Esta práctica no ha logrado por completo su perversa liberación. No solo más de la mitad del país ha respondido a eso con repulsión o rechazo, sino que además ese espectáculo siempre ha dependido de una imagen escabrosa de la izquierda como moralista, punitiva y crítica, represiva, dispuesta a privar a la población de los placeres y la libertad. De esa forma, la vergüenza ocupó un lugar permanente y necesario en el escenario trumpiano en la medida en que se exteriorizó y se alojó en la izquierda: la izquierda busca avergonzarte por tus armas, por tu racismo, por tu agresión sexual, por tu xenofobia. La ilusa fantasía de sus partidarixs era que, con Trump, la vergüenza podría superarse, y habría una “libertad” de la izquierda y sus restricciones, un permiso para finalmente destruir las regulaciones ambientales, los acuerdos internacionales, escupir toda la bilis racista y afirmar abiertamente la misoginia. Mientras Trump hacía campaña ante multitudes entusiasmadas por la violencia racista, también les prometió protección contra la amenaza de un régimen comunista (¿Biden?), que redistribuiría sus ingresos, les quitaría la carne e instalaría a una “monstruosa” mujer negra y radical como presidente (¿Harris?).

El presidente saliente, sin embargo, declara que ganó, pero todxs sabemos que no, o al menos no todavía. Incluso la Fox no aceptó su afirmación, incluso Pence dice que todos los votos deben contarse. El tirano que cae en espiral pide que se acaben las pruebas, el conteo, la ciencia e incluso la ley electoral: todos esos métodos tan poco convenientes para él en este momento de verificación de lo que es y no es cierto, poco convenientes para que él grite su verdad una vez más. Si tiene que perder, intentará llevarse la democracia con él.

Pero cuando el presidente se declara ganador y provoca una risa generalizada e incluso sus amigos le piden un taxi, finalmente se queda solo con sus alucinaciones de sí mismo como un poderoso destructor. Puede litigar todo lo que quiera, pero si lxs abogadxs se dispersan y los tribunales, cansados, ya no escuchan, se encontrará gobernando solo la isla llamada Trump, como una mera demostración de la realidad. Puede que finalmente tengamos la oportunidad de dejar que Trump se convierta en el espectáculo pasajero de un presidente que, al buscar destruir las leyes que sostienen la democracia, se convirtió en su mayor amenaza y abrió el camino para un descanso de lo que ha parecido un agotamiento interminable. ¡Adelante, Sleepy Joe!

*Publicado originalmente en The Guardian: “Is the show finally over for Donald Trump?”.