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La poesía rabiosa de Frontera es un ejemplo extraordinario de vendetterismo, a caballo de una gracia deliberadamente accidentada, y por eso venida del mundo de lo inesperado. Contra el adocenamiento, los suyos son versos que insisten en el descontrol

“Qué felicidad asombrosa sentir esa fuerza sin llorar”, se lee en el poema que abre el libro nuevo de Agustina Paz Frontera, Para llegar al piso (Caleta Olivia, 2018). Nadie que soporte las grandes fuerzas sin llorar -nadie a quien las grandes aguas dolorosas de la felicidad no se la haya llevado puesta- podría haber escrito un verso así. Es un cliché, pero es: hay rabias que florecen.

Y una ocurrencia insiste, en especial ante los poemas de Agustina, pero en general también: si no hay al menos un gramo de venganza, que no tiene por qué estar en primer plano, no hay poema. Si no hay un mínimo de ese hervidero capaz de esterilizar mangazos empáticos, vicios aforísticos y cursilerías, no hay. Y no hay porque no sobrevive.

La poesía rabiosa de Frontera es un ejemplo extraordinario de vendetterismo, a caballo de una gracia deliberadamente accidentada, y por eso venida del mundo de lo inesperado. Contra el adocenamiento, los suyos son versos que insisten en el descontrol

La poesía rabiosa de Frontera es un ejemplo extraordinario de vendetterismo, a caballo de una gracia deliberadamente accidentada, y por eso venida del mundo de lo inesperado. Contra el adocenamiento, los suyos son versos que insisten en el descontrol: “Sentido sentimiento sensación”, esas, escribe, son las tres eses liberadas de Para llegar al piso. Aparecen cortes interferenciales, vandalizantes, deformes (lo deforme siempre le importa a esta poeta, siempre se regenera en su escritura). Escalones demasiado altos como para subir sin treparse en medio de escalones demasiado pequeños como para pisarlos y empujarse hacia arriba. Habrá que encontrar una nueva manera de subir, entonces, y para llegar al piso habrá que encontrar también otra manera de bajar.

Intento dar un ejemplo: ¿qué otra cosa sino la envidia y el resentimiento pueden llevar a alguien a insistir con esperar lo increíble a cada minuto, como el hombre anhelante de uno de estos poemas? ¿Qué es ese deseo, esa espera, sino el desprecio de lo que se tiene ahora mismo? “¿Así que querés algo increíble?”, parece decir el poema. “Ahora te voy a dar algo increíble para que te entretengas”. Ese poema es vengativo por ridiculizante, porque humilla del modo más económico y efectivo del universo, pormenorizando los hechos sin adjetivarlos. ¿A quién humilla el poema? Al que humilla, a su vez, despreciando lo que tiene.

Poesía reptante, la voz de estas escenas de intimidad por momentos vencida, derrapada, por momentos luminosa y deseante, jamás añora el cielo, la ascención. El bienestar es una cosa puesta en estado de pregunta, una zanahoria que nunca se queda quieta. El libro sabe que la carga un burro. Después de todo, ¿quién dijo que arriba está lo mejor? Lo dijo un dios chiquito al que siempre hay que estar haciéndole upa. Y si es al piso del sentido a donde llegan los chicos que se ríen en la plaza de ese otro poema, chicos que se ríen en todas direcciones, entonces el piso puede ser el cielo. Un piso para rebotar, cómo no. Un piso que es la inminencia del bienestar, pero no el bienestar todavía. Y ya se sabe que eso es mejor que el bienestar, porque al bienestar es muy difícil disculpárselo. “El ser humano no sabe ser feliz tres días seguidos”, escribió Goethe. Ser feliz de corrido, sin interrumpir: no se puede. La voz de este libro lo advierte, una máquina de poner en duda hasta la calma de los árboles o la inocencia del canto de los pájaros.

Hay un libro de un italiano, Bruno Munari, que se llama Ninguno contento. En ese libro el pez sueña con ser lagartija, la lagartija con ser vaca, la vaca con ser elefante. Sus motivos de ensoñación y envidia son todos atendibles, y nadie dudaría en darles la razón, si la reclamasen. En ese libro vive el hombre del poema de lo increíble, pero también vive la mujer que mira a sus potus desfallecer en sus preciosas macetas de interior en una de las últimos poemas de Para llegar al piso.

Todas estas líneas, además, lubricadas por un sentido del humor irreverente, personalísimo, por momentos de alta exigencia, que en vez de resolver en una carcajada abierta (tranquilizadora) lo hace abriendo un boquete en la pared de la reacción. ¿Qué se espera que hagamos? ¿Que lloremos? ¿Que nos riamos? Pero ya viene el poema siguiente, y al cerrar el libro todavía no se sabrá qué sentir. Un golpazo de libertad tal es invaluable, más entre estas mesetas no ya biempensantes sino, más aun, del biensentir que se desparraman por doquier.

Leí muchos escritos de Agustina Paz Frontera en versiones de borrador y leí también muchos de esos después, cuando publicados: no distingo unos de otros, y para mí ese es un elogio. Hay algo crudo que rersiste, una carne que repudia el bisturí. No cualquier carne resiste.