Por: Fotos: Agostina Vilardo

Antes de empezar a recorrer tablados la mecha se había encendido: fue decir que la Falta y Resto iba a salir en Carnaval con un coro de seis mujeres y los prejuicios agarraron viaje. Que “las minas no cantan murga”, que “va a sonar horrible”, que “está todo bien con la igualdad y el feminismo, pero esto… no tiene nada que ver”. Entonces, esos estantes inventados en la biblioteca de la Historia, con solapas de libros que dicen “Así fue siempre”, son removidos por la lucha y la genealogía feminista.

Nuestra revolución también es recordarnos y preguntar, en tal o cual espacio, ¿dónde están las mujeres? En el carnaval uruguayo ahí estaban las “comparsas de señoritas” en 1870 (desde Las Irresistibles hasta Viejas Infernales), Muñecas para quermés o Exploradoras del caño en sus carros alegóricos de 1890, o las mujeres que en 1906 apoyaban la ley de divorcio subidas al carruaje Partidarias del Divorcio: cuatro de sus integrantes fueron quemadas vivas por bárbaros que encendieron un cúmulo de serpentinas y, en una hoguera mortal –parafraseando a la historiadora Milita Alfaro–, mostraron cómo las resistencias a la emancipación femenina son centenarias.

Aunque en el afán “civilizatorio” del Uruguay a las mujeres les fueron quitando el derecho a disfrutar equitativamente del espacio público (en pos de resguardar su moral o vaya a saber qué costumbres), Perlita Cucu, con solo 14 años, dirigió en 1932 la murga Don Bochinche y Compañía. En 1958, la modelo y peluquera Juanita “Pochola” Silva, sacó desde la ciudad de Las Piedras la primera murga de mujeres: Rumbo al Infierno, que duró algunos años, pese a lo difícil de conseguir mujeres murguistas –como declaró en una entrevista– por “los obstáculos y el trato que recibían durante el carnaval”, cita la realizadora audiovisual y escritora Soledad Castro, quien tiene una investigación en curso sobre la presencia de mujeres en murgas del Carnaval uruguayo. También son recordadas las Ninfas de las Bóvedas, que en 1970 salían desde la Aduana, y la emblemática presencia de Mary Da Cuña en Diablos Verdes (1975) referencia femenina para murguistas como Mónica Santos (Araca la Cana, 1995) que, de niña, miraba a Mary en los tablados y eso le permitió creer lo que parecía imposible en el relato oficial: las mujeres podían estar en Carnaval.

“Estamos presentes desde la mitad de la historia de este género y seguimos siendo las ‘raras’. Eso pasa porque hay una voluntad cultural de mantenernos invisibilizadas. ¿Cómo alguien puede decir que una murga de mujeres no es una murga?”, cuestiona Castro en la charla debate sobre “El rol de la mujer en el arte y el carnaval” en la primera jornada del Encuentro Nacional de Murgas de Mujeres (ENMM) que se realizó este 23 de febrero en el Club Millán y Raffo de Montevideo.

 

Además de subirse a las tablas, las mujeres son quienes garantizan la sostenibilidad del Carnaval en tareas claves para la identidad artística de cada espectáculo, como el diseño y la manufactura de los vestuarios, el maquillaje, la puesta en escena, y ni hablar de las tareas de cuidado que han protagonizado todos estos años esposas, madres, tías, hermanas, cuando crían a hijos e hijas para que los varones murguistas puedan asistir a los ensayos salir por los tablados.

Con el diario del lunes, ya sabemos que este 1º de marzo, la murga Los Saltimbanquis volvió al concurso de carnaval después de 20 años y ganó, con 100% de sus componentes masculinos. El jurado premió un discurso que busca “lo de antes”: el cupletero de antes, los chistes de antes, en un carnaval que por primera vez eligió Figuras en vez de Reinas. Por eso, aunque los Saltimbanquis dicen “educación, libertad, igualdad”, la consigna no les dura ni dos minutos, y se vanaglorian de ser “subidos de tono, como en los ‘80”, contra la “corrección política” y las “sensibilidades”, a través de chistes transfóbicos y misóginos.

En el segundo puesto quedó Cayó la Cabra, murga mixta con dos componentes mujeres, que viene de la Murga Joven y de una década de pensar otras formas de contar, cantar, denunciar, actuar, emocionar.

Sin embargo, en el carnaval 2018, nosotras ya ganamos porque nos buscamos las canciones, los gestos, los cuplés. Porque Jimena Vázquez, de humoristas Cyranos, ganó como Figura Máxima del Carnaval (es la segunda mujer en la historia en lograr este galardón, la otra fue Lola Acosta en 2003). Porque esta vez, en lugar de al dios Momo, le rezamos a Juana.

“Juana la murga, nunca se calla y, en esta misa del arrabal, sus opiniones en luz estallan iluminando mi carnaval”, canta el coro de Falta y Resto. Emociona la presencia de Carolina Favier personificando a Juana, se agradece su interpretación encorsetada en tules negros, con una corona de flor plateada y una vara mágica que señalará críticas a personas e instituciones, se reirá de los kilos que le sobran y saludará al barrio querido, recordando que nació en un rancho donde “silbaba el hambre”, e invitará a que quienes escuchan se suban a cantar. “Un personaje que resuelve en ese cuplé, tras preparar la emoción, plantear la cuestión de género. Representa la rebeldía, la libertad, dialoga como mujer con la libertad y la justicia social, que hoy está representada en todas las compañeras que salen a la calle a luchar por un mundo diferente”, cuenta Soledad Castro a Latfem.

Fue su papá Raúl Castro –fundador de la Falta– quien le dijo en mayo del año pasado que se sentía muy identificado con la lucha feminista, porque en Uruguay tenía un peso muy grande y era la lucha que estaba en la calle. “Yo soy militante feminista y vi, al toque, la oportunidad política que significaba esto, teniendo en cuenta que la Falta y Resto siempre ha sido y es una herramienta política, tiene una proyección muy grande, una amplificación del discurso muy grande, que es lo siempre ha interesado a mi familia. Yo creo que si uno traza la historia de la murga en términos estéticos va a encontrar ese compromiso”, dice Soledad. “Para amplificar nuestras voces, para hablar de las mujeres y de esta lucha que nos pertenece, qué mejor que hacerlo nosotras mismas”, agrega.

Como ella sabe que el feminismo no es un tema sino una forma de ver el mundo, “un método de autoconocimeinto, de crítica, de desnaturalización de discursos sociales”, esa mirada atraviesa todo el espectáculo, con Juana riéndose de ella misma y del poder, con el cuplé de la feminista y el machista (que “fue difícil porque las feministas decían que era muy machista y los varones que era muy feminista”) bajo “el doble objetivo de que las mujeres se sintieran representadas y tratar de amplificar el discurso feminista a muchas personas que no acceden a esto en Montevideo y en Uruguay”, explica Castro. “También para pensar en aquellos varones que no son capaces de escuchar el discurso feminista o que no se interesan en él, y que sí iban a prestar atención a la Falta. Tratar de explicar en términos carnavaleros qué significa ese choque de lenguajes que, a las mujeres, tanto dolor nos causa –sigue–. Y explicar otro concepto del amor: que el amor no es solo encontrarse entre iguales y pensar entre iguales, sino, justamente, negociar otras maneras; pensar en el rol de la mujer, en que la mujer puede seducir de otras maneras, porque (en el cuplé) el tipo se enamora de una mujer que jamás pensó que se iba a enamorar. Todos esos conceptos la murga los pone arriba del escenario. Juega con los estereotipos, porque es carnaval y eso era necesario, pero también pone arriba del escenario conceptos como el poliamor, o dice ‘amigues’, o como hizo María José que convocó al Paro y movilización del 8 de Marzo desde el escenario del Teatro de Verano”.

Además, en la canción “Ni un paso atrás” (la primera escrita y compuesta por mujeres en Falta y Resto) cantan las seis murguistas denunciando los femicidios en Uruguay y las desapariciones de jóvenes como Alison Iribarne, hija del murguista Marcelo Iribarne, cuyo paradero se desconoce desde el 22 de julio de 2017 cuando iba de la ciudad de Aeroparque hacia Pando. “Es una canción trabajadora: parte desde la doble vulnerabilidad de ser mujer y pobre, que a mí me parece que es la lucha más urgente que el feminismo tiene que dar, más allá de que es un movimiento interseccional e interclase. A mí me interesaba que la murga se parara desde ese lugar de mujer trabajadora”.

Castro afirma que en la murga debe volver a ponderarse la crítica, el desorden de los cuerpos libres ejerciendo el derecho al placer, la improvisación: claves para que el escenario vuelva a ser de la clase trabajadora, expresión carnavalera del caos para subvertir jerarquías. Por eso también subraya la necesidad de discutir las condiciones de producción que se exigen actualmente para llevar adelante el Carnaval y excluyen a la clase trabajadora, generando un triángulo entre carnaval, capitalismo y patriarcado que oprime y expulsa a los sectores más vulnerables. Por eso, en el ENMM subrayó: “Los dueños del dinero y de la voz son los hombres. Si el ejercicio de la murga es reírse del poder, entonces, lo que hacen las murgas de mujeres (al reírse de los hombres) es lo más murguero que hay”.

Ella y otras murguistas critican que se baje puntaje en el concurso, con argumentos como que “la tímbrica” de la murga, por tener tal cantidad de voces femeninas, “distorsiona” el coro. “Eso es una falacia, una falla muy zarpada porque no hay una tímbrica vocal única en la murga. El concurso avala un montón de tímbricas, desde los Patos Cabreros a Cayó la Cabra. El problema es que somos mujeres, no cómo cantamos”, opinó.

De hecho, Sofía Mieres, componente de la murga Cero Bola, dijo a Latfem que ya no quieren presentarse en el Concurso oficial. Habiendo ganado por Murga Joven en 2007, 2008 y 2009, con integración completamente femenina, Mieres recuerda que, tras haber entrado al Concurso en 2012 –pero no pasar a la última de tres instancias, conocida como “liguilla”-, no pasaron la prueba de admisión para concursar ni en 2013 ni en 2015. Las murguistas pidieron una devolución al jurado para saber qué estaba pasando: “La devolución fue tragicómica –dice Mieres– porque a pesar de todo el movimiento que hay en cuestiones de género y los cambios promovidos por la Intendencia, nos dijeron: ‘Cantan afinado, pero corren con una clara desventaja con respecto al coro de murga. Como que a la paleta de un pintor le faltara un color’. Entonces yo acá no quiero estar más, no quiero que ellos me juzguen”.

En Murga Joven, las mujeres representan el 25 por ciento de los coros murguistas (son unas 209),  según una reciente investigación sobre representación femenina en esa categoría, citada por Claudia Rojo en el ENMM. En la actual edición del concurso de Carnaval hay 16 mujeres (15 en coro y una en batería) sobre un total de 289 murguistas.

Por eso, las murguistas buscan hacer otras cosas en paralelo al concurso de febrero: hace unos años armaron tablados de barrio, ahora este encuentro de murgas de mujeres: “No es fácil porque hay un monopolio y se necesitan recursos, pero se puede –dijo Sofía–. Nos tenemos que sentar a hablar entre más componentes de murgas porque estamos más de acuerdo de lo que pensamos para hacer los cambios que queremos”.

Mieres percibe que en las nuevas murgas “el feminismo está mucho más presente que cuando Cero Bola empezó. Nosotras teníamos mucho miedo de definirnos o nombrarnos así; éramos feministas, pero había como una idea de feminismo mal conceptuado (como que estaban contra los hombres), entonces nos definíamos desde nuestra posición como mujeres. En cambio las más jóvenes se plantan mucho más fuerte”, como Juana, que canta hasta derrotar la muerte.