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El panorama puede resultarnos abrumador: la potencia de las luchas feministas protagonizadas por mujeres, lesbianas, gays, trans, bisexuales e intersex parece demandar, como mínimo, una reconfiguración integral de nuestro marcos interpretativos, nuestras formas de desear y practicar la masculinidad.

 

—Buenos días

—Follándonos a una entre los 5

—Jajaja

—Todo lo que cuente es poco

—Puta pasada de viaje

—Hay vídeo

—Cabrones os envidio

—Esos son los viajes guapos

—Jajajajaja

 

En la fiesta de San Fermín de 2016 cinco amigos arrastraron a una chica borracha hasta un callejón, la penetraron a la vez y por turnos, se rieron, filmaron, y después lo contaron en el grupo de WhatsApp. En ese grupo también se contaban historias sobre otras chicas a las que drogaban para ejercer prácticas sexuales sobre sus cuerpos, y apelaban a la fábula de convertirse en “lobos” por medio de la realización de ciertas proezas. El grupo se autodenominaba “La manada”.

El reciente fallo en el cual se los condenó por el delito de abuso sexual (descartando la calificación de violación de la ley penal española) suscitó una indignación generalizada y volvió a poner el caso en la opinión pública.

¿Por qué “La manada” no se preocupó en ningún momento por ocultar el hecho que ahora todxs repudiamos? No se sintieron violadores, ni abusadores, ni monstruos. Difundieron el ataque como una hazaña grupal, y fueron festejados por ello.

Fueron varones, hombres, en un grupo de hombres, construyendo su masculinidad por medio de prácticas que asocian a la hombría, buscando y obteniendo el reconocimiento de sus pares, hombres, para lo cual usaron y descartaron el cuerpo de una mujer.

No se pensaron como monstruos porque no eran socialmente definidos como tales. Antes de volverse virales, sus prácticas fueron una gesta heroica que los convertiría en verdaderos lobos, animales poderosos, depredadores, que se mueven en grupo y se deben al mismo.

El enojo que generó el fallo es una evidencia de la disputa que existe en torno a la forma en que estas prácticas sexuales son definidas.

Desde la perspectiva de “La manada” el hecho no fue realizado, contado, ni filmado como una violación.

Parte de la lucha del feminismo es por llamar violación a eso que no fue entendido así. Lo que busca el feminismo es producir una transformación de las sensibilidades y un corrimiento de los márgenes de tolerancia social hacia la violencia y la desigualdad.

De esto se sigue que la interpelación a la masculinidad hegemónica, representada en este caso por “La manada”, está en el centro de la cuestión.

Somos, en tanto hombres cis hetero, beneficiarios de un régimen de opresión naturalizado a tal punto que nos impide percibir las desigualdades sobre las que se montan nuestros privilegios.

El panorama puede resultarnos abrumador: la potencia de las luchas feministas protagonizadas por mujeres, lesbianas, gays, trans, bisexuales e intersex parece demandar, como mínimo, una reconfiguración integral de nuestros marcos interpretativos, nuestras formas de desear y practicar la masculinidad.

El panorama puede resultarnos abrumador: la potencia de las luchas feministas protagonizadas por mujeres, lesbianas, gays, trans, bisexuales e intersex parece demandar, como mínimo, una reconfiguración integral de nuestro marcos interpretativos, nuestras formas de desear y practicar la masculinidad.

Existen opciones:

  • Podemos mantener la miopía y hacer de cuenta que las transformaciones que se están demandando y produciendo no tienen nada que ver con nuestras vidas.
  • Podemos tomar una posición francamente machista y defender nuestros privilegios de manera más o menos explícita, justificando las desigualdades existentes o invisibilizándolas.
  • O podemos aceptar la validez de los argumentos feministas y reconocernos como beneficiarios, privilegiados y opresores, e intentar transformar estas relaciones.

Parece claro que los hombres cis hetero somos el principal problema y obstáculo frente a las reivindicaciones feministas. No en tanto cuerpos asignados al género masculino, sino en tanto practicamos, con mayor o menor crudeza, por propia mano o por medio de la complicidad, un determinado registro de masculinidad: hegemónica y comprometida con el sostenimiento de un orden social patriarcal, tal cual los muchachos de “La manada”.

 

¿Feministos?

Ahora bien, ¿tiene sentido que, siendo varones cis hetero, intentemos constituir una nueva identidad para poder participar del colectivo integrado por las mujeres, lesbianas, gays, trans, bisexuales, e intersex?

¿Hay otras formas de responder a la inclemente interpelación feminista?

Cuando apelamos a términos como feministo, varón deconstruído, varón antipatriarcal nos enredamos en el derrotero de una paradoja.

Mujeres, lesbianas, gays, trans, bisexuales, e intersex son identidades construidas bajo el yugo de la opresión patriarcal, esa es una especificidad que comparten más allá de sus diferencias, y que les permite aglutinarse y dar vida al movimiento de transformación social actual.

Los varones cis hereto, por el contrario, somos beneficiarios paradigmáticos del régimen de opresión que denominamos patriarcado.

Desde esta posición privilegiada resultan vacuos nuestros intentos de construir una identidad asimilable a las construidas desde posiciones de subalternidad frente al patriarcado.

 

El miedo machista

La proeza sexual de “La manada” incluyó risas, burlas, ostentaciones y reconocimientos mutuos en torno a la degradación a la que sometieron a su víctima. El momento ritual de fortalecimiento del grupo y de sus integrantes se vehiculizó por el ejercicio de una sexualidad predatoria donde la mujer no fue más que una presa.

Estas formas de placer no nos resultan extrañas, sino que comunican directamente con los deseos que corresponden a la masculinidad hegemónica.

El sometimiento de una mujer inconsciente, por ejemplo, es un lugar común de la heterosexualidad, y a pesar de ciertos repudios tenues, como hombres comprendemos el acto, porque más allá de que “esté mal”, una mujer incapaz de dar su consentimiento sigue siendo deseable.

El consentimiento no es tan importante para nosotros, alcanza con que la mujer “se deje” (a veces luego de insistencias y presiones).

“Las mujeres se emborrachan y son violadas, los hombres se emborrachan y violan mujeres. El problema no es el alcohol, son los hombres”. La consigna feminista es clarísima.

Pensar la violencia sexual como limitada a las violaciones cruentas, estereotípicas, cometidas por uno o varios extraños y por medio de violencia física es desconocer cómo la heterosexualidad masculina convencional incluye dentro de su amplio espectro muchas prácticas en las cuales el consentimiento, el deseo o la mera conciencia de la mujer resultan indiferentes.

Para desnaturalizar estas cuestiones no necesitamos inventarnos una denominación sino asumirlas como parte nuestra identidad en tanto varones cis hetero.

En vez de alimentar nuestro miedo al borramiento tenemos que aceptar el carácter machista de este miedo. Un miedo a reconocer que nuestra posición no es equiparable a la de aquellas y aquellos que protagonizan esta lucha, a asimilar que la lucha es precisamente contra nosotros. Aceptar el abismo al que nos enfrentamos al reconocernos del lado del poder.

 

Estamos adentro

El tribunal que falló en el caso de “La manada” hace en la sentencia una descripción detallada y morbosa de los videos para fundar la tesis de que no hubo violencia. ¿Sin los videos hubiesen presumido la existencia de violencia? Uno de los jueces llega al extremo de sostener que ni siquiera hubo abuso, dejando en claro que este tipo de hechos forma parte de su noción de sexualidad convencional.

Para salir de “La manada” hay que aceptar que estamos dentro. La interpelación que nos hace el feminismo puede darnos algunas coordenadas. Puede que la revisión de la historia del profeminismo, en tanto movimiento de hombres que se origina en “el reconocimiento del poder y los privilegios que disfrutan en una sociedad dominada por ellos” (Michael Kaufman 1997), sea una vía para ensayar nuevas prácticas.