Por: Fotos: Valeria Edith Ricartes (portada) y Dafna Alfie (fotos interior de la nota)

Los pañuelos verdes coparon la cancha de Arsenal. La cancha fue un ritual. La cancha fue una fiesta. La cancha fue también un lugar para exigir y visibilizar

¿Qué diría Grondona si viera la cancha que lleva su nombre, sobre la calle que también lleva su nombre tan colmada de pibas alentando a otras pibas? ¿Cuándo el ex presidente de la AFA decía “Todo pasa” imaginaría que parte de todo-ese-pasar sería que el movimiento feminista copara las tribunas y las canchas?

Lo cierto es que pasó. Y ya no hay vuelta atrás. Las pibas fueron llegando a los alrededores de la cancha de Arsenal, al sur del conurbano bonaerense, desde las dos de la tarde. La primera manada en agitar con bombos, redoblantes y canciones la plaza frente a la cancha fue el grupo cordobés que había salido durante la madrugada del mismo jueves. Un viaje exprés, porque después del partido se subirían al micro para desandar el camino y volver a casa. El colectivo de fútbol feminista Abriendo La Cancha tenía puesta las camisetas con el nombre de las jugadoras: Urbani, Banini, Stábile, Cometti, Santana, eran algunas de las que llevaban encima mientras saltaban y cantaban.  El micro con 58 personas había traído también a las compañeras de las Wachas Martas y a familiares y amigxs de las jugadoras Florencia Bonsegundo y Valentina Cámara. “La lucha de todas estas pibas, que lleva tantos años, por visibilizar el fútbol femenino como una práctica igualitaria y por el profesionalismo hoy está dando su resultado. Es un hito histórico esta movida de llenar la cancha”, dijo María José que vino en el micro y es oriunda de Cañada Rosquín (Santa Fe), el pueblo de Belén Potassa, la número 9 del equipo nacional. Su marido llevaba puesta la camiseta con el número 19 de Mariana Larroquette, que después durante el encuentro convertiría el gol que abrió el marcador. “La vi en la Copa América y me pareció fantástica”, señaló.

Un camino en movimiento: de 1971 a 2019

La tarde avanzaba y en la plaza se iban juntando clubes y equipos que se distribuían las entradas haciendo fila; en las tribunas la hinchada empezaba a alentar mientras las jugadoras de ambas selecciones hacían la entrada en calor en el campo de juego.  Las Pioneras del Fútbol Femenino habían llegado temprano y estaban repartidas en el estadio: algunas en la popular y “las mayores”, en la platea. Todas con su camiseta blanca. Conseguir entradas tampoco fue fácil para ellas, pero varias organizaciones les donaron sus tickets hasta que consiguieron juntar para todas. Hubo pioneras que se juntaron al mediodía a tres cuadras de la cancha, en la casa de Elida Palacio, que fue el lugar donde se habían reunido por primera vez. “La mosquita”, como la apodan, les había preparado torta y frita y mate para recibirlas. Otras como Betty García, La Japo, Eva Medina, y Virginia Andrada se encontraron en la estación de Constitución y de ahí se fueron en tren a Sarandí. Armaron una bandera de “Pioneras presente”. La noche anterior se habían mandado mensajes en el grupo de whatsapp dándose directivas para irse a dormir temprano y así poder descansar. Pero la ansiedad ganó A las cinco de la mañana, una de ellas ya las había despertado a varias con un mensaje: “Hoy es el gran día, vamos a alentar”.    

“Estamos muy emocionadas, es un orgullo poder ver a las primeras mundialistas del 71 alentando a estas jugadoras del presente. Es de punta a punta. Merecemos estar en el Mundial. Esta generación se lo merece, son jugadoras excelentes”, dice Lucila “Lucky” Sandoval. Betty García, Marta Soler, Virginia Andrada y Teresa Suarez, que jugaron el mundial de México de 1971, alentaron a la Selección desde la platea. “Fue muy fuerte ver a algunas pioneras llorar cuando Argentina convirtió el primer gol”, contó Lucky.

A pocos metros de las pioneras que se acomodaron en la popular, estaban las chicas de ocho, nueve y diez años de La Nuestra Fútbol Feminista, apoyadas en la baranda, siguiendo los movimientos de Ruth Bravo y Vanesa Santana en el mediocampo, los pases profundos de Agustina Barroso a Mariana Larroquette, el pique de Eliana Stábile, los despejes de Aldana Cometti, la picardía de Florencia Bonsegundo, la gambeta de Estafanía Banini, el gol de Yamila Rodriguez. “Fue emocionante ver eso, porque la posibilidad de alentar un partido de mujeres prácticamente no existía cuando nosotras éramos chicas, ellas ya están creciendo con otra cabeza”, dijo Mónica Santino ex jugadora y fundadora de La Nuestra Fútbol Feminista en la villa 31. “Sentimos un orgullo enorme por ser parte de un camino que se fue construyendo colectivamente, desde los once años que tenemos en el barrio, donde nos apoderamos de la cancha peléandola con varones, sumado a la lucha de Las Pioneras, instalando un Encuentro Nacional de Mujeres que juegan Fútbol en Salta en 2014 y ahora ser parte de la Coordinadora Sin fronteras de Fútbol Feminista”, agregó. Cuando terminó el partido las chicas de La Nuestra se acercaron al alambrado a pedirles autógrafos y fotos a las jugadoras.

Los pañuelos verdes coparon la cancha de Arsenal. La cancha fue un ritual. La cancha fue una fiesta. La cancha fue también un lugar para exigir y visibilizar

“Sin pañuelos verdes visibles, por favor”, fue la consigna de las mujeres policías a las que les tocó hacer el cacheo en la entrada al estadio. No sabían bien de dónde venía la orden, y se miraban con sus compañeras cuando algunas pibas les retrucaban exigiendo respuesta al pedido. Una se alzó de hombros: “Viene de arriba”. Las pibas entraban, desanudaban el pañuelo en un gesto de cómo sí y después de dos pasos volvían a ponérselo. La disposición también fue clara: ni camisetas de Boca ni de River. “Nada que tenga que ver con el superclásico” le dijeron a una que llevaba puesta la azul y oro y tuvo que ocultarla bajo su campera.

“Yo creo que nunca esta cancha estuvo tan llena”, le dijo Martina, vestida con short  y remera de Central, a su amiga que agitaba una bandera del mismo club mientras las jugadoras de la Selección hacían la entrada en calor en el campo de juego. Las dos habían llegado desde Rosario con un contingente que copó parte de la platea.

El equipo nacional salió al estadio y los cánticos tradicionales de la hinchada “Olé olé olé olé olé olé olá soy argentina…. Vamos, vamos, las pibas” se mezclaron con los cánticos que habían circulado desde la Coordinadora sin fronteras de Fútbol Feminista durante los días previos en grupos de whatsapp y redes sociales: “AFA decime que se siente, que te copemos Arsenal, te juro que aunque pasen los años, nunca nos vamos a olvidar, que jugamos de local, por un pase al mundial, Chiqui Tapia las entradas donde están?”.

La tribuna detrás del arco defendido por Vanina Correa en el primer tiempo rompió la hegemonía de las banderas albicelestes y la mixturó con el verde abortero levantando los pañuelos al cielo. “Aborto legal, en el hospital, aborto legal, en cualquier lugar”. Las canciones estallaban cuando había alguna jugada peligrosa para cualquiera de los dos equipos. La tensión se liberaba en el agite.

A Banini vas a ver, gambetar la torre Eiffel, yo te juro que pronto se va a caer. Y Banini quebró la cintura, una y otra vez, amagó para adentro y para afuera, bajó el centro de gravedad, dio vueltas en el medio de la cancha y contra la línea, tomó el tiempo, dejó pasar jugadoras, esperó, calculó. De un lado y del otro de la cancha. Después de que Larroquette anotara el primer gol tras una jugada colectiva y Stábile sacara un remate potente desde cerca de mitad de cancha y la pelota encontrara la altura y el ángulo perfecto para terminar en la red, la número diez de la selección local dio clases de baile y el remate que cruzó hizo el clink inconfundible del metal del palo y eso lo escuchó el estadio entero. Pero Amancay Urbani fue rápida, agarró el rebote que tapó la arquera panameña y Yamila Rodriguez que había entrado por Belén Potassa en el inicio del segundo tiempo, le pegó al arco con la convicción de todo un equipo que busca lo que quiere. El tercer gol fue el desahogo, quizás porque el partido se había puesto un poco más cerrado que en la primera parte y menos vistoso, un poco más áspero. Y entonces, las jugadoras, titulares y suplentes se abrazaron y buscaron complicidad en la tribuna que respondió. El 3 a 0 alivió y a pocos minutos del final llegó el a cuarto gol de Argentina de penal después de que le hicieran una falta dentro del área a la número 16 argentina.

Cuando el partido terminó, las jugadoras dieron la vuelta al estadio. “No somos once ni veintidós somos muchas más”, habían dicho tantas veces y entonces saludaron uno por uno a todos los sectores del estadio. Vanina Correa recibió el pañuelo verde y lo levantó de cara a la tribuna, Yael Oviedo también dio la vuelta con el pañuelo en la mano. Y Luana Muñoz, que alentó a sus compañeras desde la platea esta vez, también bajó a dar la vuelta y levantó el pañuelo. “Olé olé olé olá, estamos todes en Arsenal, metamos goles, que el aborto sea legal”, se escuchaba desde la tribuna. Cuando ya el público se retiraba, el presidente de AFA, Claudio “Chiqui” Tapia entró al campo de juego a felicitar a cada una de las integrantes de la Selección. Beso y un ramo de flores. “Pagale a las pibas, Tapia”, “Que AFA ponga plata para el fútbol femenino”, le gritaron desde la platea. La cancha fue un ritual. La cancha fue una fiesta. La cancha fue también un lugar para exigir y visibilizar

 

Llevamos en los botines revolución

“El movimiento feminista nos ayuda un montón, estuvo desde el minuto cero apoyándonos desde que hicimos el paro, todo eso suma hoy se sintió, y esto es un reflejo. Queremos que esto crezca”, dijo a LATFEM la defensora Aldana Cometti que se encargó de despejar centros panameños y ordenar al equipo desde atrás durante todo el partido. Y afirmó: “Somos un grupo unido, nos jugamos la vida por la otra, mis compañeras dieron todo y yo muero por ellas”. La número 6 del equipo nacional que juega actualmente en Colombia tuvo, como cada una de las jugadoras, su propia hinchada. Rosa su mamá, es la fan número uno de la selección albiceleste que las acompaña, a su hija y sus compañeras, fielmente en todos los partidos. Esta vez, Rosa además fue acompañada no sólo de su marido, su hija mayor y su mamá sino de todo un grupo de amigas que llevaban puesta la casaca con el nombre de la jugadora y que no dejaron de alentar en los 90 minutos. Cuando Aldana después de algunos encontronazos y una falta vio la tarjeta amarilla, Rosa miró a su alrededor y dijo: “Es el gen Cometti”.

La hinchada fue desconcentrando con tiempo, sin correr y sin problemas ya en la noche cerrada sobre el cielo de Sarandí y en las calles quedó resonando una de las canciones que más entonó la hinchada: “Y dale alegría alegría mi corazón, una cancha disidente es mi obsesión, que entren todos los cuerpos, gritemos gol, un caño al patriarcado y  la opresión. Ya vaaas a ver, el fútbol va a ser de todes o no va ser, y sí chabón, llevamos en los botines… revolución”.