Por: Fotos: Revista Fem Vol. 8 n. 31 (1983)

La Revolución Cubana no sólo jugó un papel importante en el debate político de nuestra región sino que también exhibió logros y avances de las mujeres durante el proceso revolucionario, a diferencia de lo que acontecía en el resto de América Latina: acceso a la educación gratuita y universal sin distinción de raza o clase social, igualdad de salarios, atención a la salud para toda la familia, creación de guarderías infantiles, ingreso de un alto porcentaje de campesinas al mercado laboral, métodos anticonceptivos, legalización del aborto, programa de educación sexual, cargos directivos en distintas áreas e incluso su presencia institucional en la política; todos estos cambios representaron grandes mejoras e impulsos. La Federación de Mujeres Cubanas (FMC) se creó en 1960 para representar los intereses de todas las mujeres con independencia de su raza, su procedencia y su lugar en la sociedad y garantizar su participación en la construcción de la nueva sociedad por fuera de la lógica capitalista. Y, en simultáneo, bregar por la desaparición de todo vestigio discriminatorio. Vilma Espín, fue la encargada del nacimiento de dicha organización, de la que fue presidenta vitalicia hasta su muerte. Ingeniera química se destacó en la lucha contra la dictadura de Batista. En 1958 se sumó al Ejército Rebelde. Miembra del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, de la Asamblea Nacional. También ocupó diferentes responsabilidades tanto en el gobierno como en el Partido Comunista cubano.

La FMC vino a entramar buena parte de este desafío incorporado por el Estado. Instituyó una variedad de programas sociales y de rehabilitación para el mejoramiento de las condiciones de vida de las cubanas, como muestra el papel dominante que ocupó durante la Campaña de Alfabetización desarrollada durante 1961. Al mismo tiempo, se implementaron políticas tendientes a eliminar la discriminación y explotación de todos los sectores oprimidos por igual, sin las especificidades que exigían los movimientos feministas en otras sociedades del capitalismo occidental.

También esa apuesta se jugaba en las experiencias del norte, en donde se suponía que la exclusión se resolvería con la emancipación feminista. Sin embargo, la FCM en tanto organización que representaba campesinas, obreras, amas de casa, optó por desestimar al feminismo como la única salida política posible, el cual traía consigo un evidente choque de clase y también choque entre ambos sexos. Además, interrumpió con lo que la FCM consideraba el feminismo “capitalista”, que en Cuba había contado con un incipiente movimiento sufragista a fines del XIX. Sus anhelos estaban en forjar una “mujer nueva” para ser, así, protagonistas de la lucha revolucionaria.

En la isla, a partir de los años sesenta, ser feminista se asoció con la infiltración ideológica del imperialismo estadounidense: “por su focalización en la idea de que los hombres son los enemigos y de que la lucha feminista es sólo un estilo de vida que se escoge en vez de un compromiso político”[1]. Esto conllevó un menosprecio por el término que ha llegado hasta la actualidad. Las afirmaciones sobre el feminismo de Vilma Espín en 1977 exteriorizaban por sí solas una total animosidad:

“Nunca hemos tenido un movimiento feminista… ¡Nosotros vemos estos movimientos en los Estados Unidos como una lucha concebida por la igualdad de las mujeres en contra de los hombres! … ¡Esto es absurdo! ¡No tiene ningún sentido! ¡Que estas feministas digan que son revolucionarias es ridículo!”.

Por otro lado, la inclusión de la variable de clase contribuyó a no tener que hablar de mujeres de forma abstracta, sino subrayando su pertenencia a un grupo social determinado, acentuando la contradicción entre burguesas y proletarias. Desde luego, la afirmación mujer-clase no necesariamente permitió esquivar la actualización de nuevos universalismos. Por lo tanto, llamarse feminista habrá sido algo inusual por esos años. Al respecto, Margaret Randall testimonia sobre la dificultosa situación que atravesaban:

“(…) Las cubanas, lideradas por la FMC, estaban en contra del feminismo, no solamente de las ideas sino de cualquier teoría que iba más allá de la posición del comunismo internacional: que la contradicción fundamental era la de clase y era a través de la lucha de clases que se iba a resolver “el problema de la mujer”. En vez de entender que se necesitaba un cuestionamiento real del poder y que solo un feminismo profundo podía llegar a hacerlo.”[2]

Y prosigue Randall con sus recuerdos: “Para ellas la revolución socialista iba a traer la igualdad, entre los sexos y en todos los demás campos. Cualquier otra teoría dividía la unidad de la clase obrera.”[3]

Vale decir: la FMC no solo estaba en contra del feminismo sino de cualquier teoría que iba más allá de la posición del comunismo internacional: la contradicción fundamental era la de clase y era a través de la lucha de clases que se iba a resolver “el problema de la mujer”.

La situación de las mujeres en la Cuba revolucionaria ha sido tema de debate, matices e importantes reconocimientos. Por un lado, si bien es inadmisible desconocer los avances en cuanto a derechos civiles, políticos y sexuales, por otro lado, el lugar de la supremacía viril heteropatriarcal tanto en lo público como en lo privado marcó ciertas limitaciones. Por caso, investigadores cubanos y extranjeros perciben una tensión entre las políticas revolucionarias a favor de la mujer y la realidad cotidiana donde prolifera la dominación masculina. Aunque la propia República de Cuba generó medidas para combatir esta problemática durante su proceso de rearticulación institucional, tales barreras culturales exigieron, y exigen, largos procesos de reconversión.

Revista FEM

A finales de los setenta, el activismo político y cultural del feminismo latinoamericano se manifestó, en gran parte, por su colaboración para la revista mexicana FEM. Su núcleo inicial que la impulsó se conformó por diez mujeres el cual se reunió varias veces antes de hacer público su número inicial en octubre–diciembre de 1976: Alaíde Foppa, Margarita García Flores, Elena Poniatowska, Marta Lamas, Carmen Lugo, Lourdes Arizpe, Alba Guzmán, Elena Urrutia Margarita Peña y Beth Miller. También participaron militantes políticas rioplatenses exiliadas en tierra azteca. Por caso, está la escritora argentina Tununa Mercado, quien se desempeñaba como secretaria de redacción. Según Mercado: “FEM ligaba su postura académica con la praxis política feminista y enlazaba las realidades de las mexicanas con las múltiples experiencias que atravesaban sus congéneres de América Latina y el Caribe, colocando su atención en Cuba.” [4].En efecto, esta publicación se interesó sobre la complejidad del trabajo doméstico no remunerado y el remunerado dentro de las disputas capitalistas, así como también el realizado por las mujeres pobres, indígenas y campesinas en territorios rurales y en las grandes urbes.

Las académicas feministas Teresita de Barbieri, Elena Urrutia, junto con Tununa Mercado, fueron algunas de las principales figuras de FEM durante ese período. Mientras que Alaíde Foppa – coeditora de FEM, poeta, activista feminista, crítica de arte y traductora, de ascendencia argentina y desaparecida en Guatemala en 1980 durante la dictadura de Fernando Romeo Lucas García- fue otra de las plumas comprometidas. Todas ellas seguían de cerca las transformaciones y desafíos que atravesaban las cubanas a lo largo de su historia y en ese presente revolucionario, sin soslayar las tensiones entre el feminismo y la Federación de Mujeres Cubanas, sin las especificidades que exigían los movimientos feministas en otras sociedades del capitalismo occidental.

Los puntos de inflexión con los logros de la FCM se centraron en reconocer que, si bien la amplitud de derechos de las cubanas hacía un caso ejemplar en América Latina y el Caribe, pero, también se advertía que sus numerosas conquistas eran obtenidas gracias al poder omnipresente del Estado.

Una respuesta contundente al posicionamiento de Espín, tanto al posicionamiento de Vilma Espín durante la II Conferencia Mundial sobre la Mujer (Copenhague, 1980) como las declaraciones de la FMC en un Seminario Internacional relacionado a Medios de Comunicación y Mujer en Panamá, fue la de Teresita de Barbieri[5] en su artículo «El feminismo y la federación de Mujeres Cubanas» en la revista FEM. Decía así:

“La FMC sostiene que el feminismo es una corriente alentada por el imperialismo para atribuir a la diferencia de sexos y no al sistema de relaciones socioeconómicas, la situación de explotación y discriminación contra la mujer. El objetivo sería producir un enfrentamiento entre los sexos y hasta una oposición a la maternidad, dirigida a dividir el movimiento revolucionario. Esta oposición entre los sexos desviaría a la mujer de la lucha junto al hombre por la independencia y soberanía nacional y la justicia social. Este es el nudo de argumentación que criticaré paso a paso.

”Las organizaciones políticas de la izquierda no han comprendido el problema de la mujer. O hemos sido flores de adorno. Nuestro problema como mujeres- la doble o triple jornada, al tener que responsabilizarnos casi con exclusividad de nuestros hijos, que son hijos de varón y de mujer, la discriminación constante y en todos los planos- no nos han sido reconocidas en el discurso, en la práctica militante y en el proyecto social. ¡Hasta objetos sexuales hemos sido en los partidos y en las organizaciones de la izquierda! ¿Qué nos ha quedado entonces? Reaccionar como reaccionan los oprimidos y los explotados:

”Organizarnos en forma autónoma, criticar, estudiar, difundir nuestras ideas. Hemos comprendido que la libración de la mujer, al igual de cualquier grupo oprimido es tarea de nosotras mismas las mujeres. Que nosotras debemos fijar nuestras metas, nuestras estrategias y nuestras alianzas.

”El feminismo reformista ni el hembrismo son hoy en día las orientaciones predominantes en el feminismo latinoamericano…. La preocupación mayoritaria es hoy una transformación radical de las estructuras de poder, una nueva forma de poder en todas los niveles de la sociedad basadas en el consenso y no en la coerción y el autoritarismo. Se trata de darle a la maternidad un nuevo sentido…que la sociedad se responsabilice de su propia reproducción y no cada mujer aislada y en forma individual. El movimiento feminista no es un diversionismo…el movimiento feminista ha demostrado en su andar que no anula ni divide a las fuerzas revolucionarias…despierta conciencia donde ellos [los varones] no llegan…en lo fundamental, es portador de un proyecto antiautoritario desde los niveles más visibles y obvios hasta los más ocultos y recónditos de la sociedad”[6]

 

En líneas generales, el rechazo del feminismo no sólo se presentó en la isla sino en casi toda América Latina y el Caribe por parte de las diferentes izquierdas y populismos. Se podría hipotetizar que esto fue así por el peso “colonialista occidental” con el cual se juzgaba este discurso en estas sociedades. Como si el propio proceso de modernización, los estados-nacionales, las democracias republicanas y las alternativas anticapitalistas hubiesen tenido una emergencia primigenia-nativa. El caso de la Cuba revolucionaria involucró, en este sentido, una singularidad: la propia transición socialista en desarrollo, que contrastaba con el resto de países capitalistas dependientes en donde se suponía que la exclusión de las mujeres se resolvería con la emancipación feminista.

 

El libro de Mabel Bellucci y Emmanuel Theumer se puede descargar en este enlace.

 

[1]Randall, Margaret, (2016) Cambiar el mundo. Mis años en Cuba, La Habana: Matanzas, p.56.

[2] Entrevista realizada por la autora y el autor a Margaret Randall, comunicación informática vía correo electrónico, febrero de 2017.

[3] Ibídem.

[4] Bellucci, Mabel, (2014) Historia de una desobediencia. Aborto y feminismo, Buenos Aires: Capital Intelectual, p.214.

[5]Uruguaya, feminista, académica. Exiliada primero en Chile y luego en México. Fue una de las primeras en contribuir al pensamiento feminista desde América Latina y el Caribe, cuando había que “construir ese nuevo objeto de estudio para legitimar investigaciones sobre mujeres” Ella buscó las formas de pensar un feminismo desde América Latina, desde una articulación entre marxismo y feminismo. Ella ingresó a FEM junto con Tununa Mercado, invitada por Lourdes Arizpe, donde cumplieron un importante rol difundiendo la lucha de las mujeres durante las dictaduras del Cono Sur.

[6] De Barbieri, Teresita (1980) «El feminismo y la federación de Mujeres Cubanas» en Fem (México) Vol. 4, No. 15, p.66 y 69.