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Estoy sentada en la sala de espera. No es la primera vez que me encuentro acá, mirando fijo la pantalla de turnos. Funciona mal, cuando llaman al paciente aparece una sola vez el nombre y luego desaparece. No hay listado, el sistema no tiene memoria. Miramos fijo la pantalla. Somos todas mujeres esperando nuestro turno con la ginecóloga. Debería haber traído los resultados de la última biopsia, pero me informaron mal el horario del laboratorio y no pude retirarlos. El amazonas se quema y mi compañera de casa se quedó sin laburo. Hace un rato le lloré a mi mamá por teléfono y me di cuenta de que estaba cagada de miedo. Hace más de un año que sufro cada vez que tengo que venir. 

Aparece mi nombre en la pantalla. Esta médica es la quinta por la que paso en esta obra social y, hasta ahora, la que más entendió mi urgencia de sanar. Habla todo muy lento y bajito, tiene el pelo blanco y corto, estira su cuello como una tortuga. Transmite calma y genera ansiedad a la vez. Le cuento que no pude retirar los resultados y ella garabatea en una receta lo que tengo que decir en recepción. Andá a buscarlos, yo te espero. Tengo miedo de perder el turno y que después no me revise, pero ella insiste en que vaya a buscarlos antes. Bajo por escaleras porque el ascensor tarda mucho y me encuentro cara a cara de nuevo con la misma recepcionista que una hora antes no me había querido dar los resultados. El rodete alto, el pelo estirado, los anteojos atigrados, los ojos redondos. La mirada de que ya nos conocemos. Se me humedecen los ojos mientras le ruego que llame al laboratorio y los manden por fax. Vine mal predispuesta, sé de la inoperancia administrativa médica y me da impotencia desde antes de enfrentarme a su burocracia. Pero accede rápido: a los cinco minutos ya estaba en el consultorio con mi sobre. La médica lo abre, lo lee y lo deja en el escritorio. Completa con la misma cara de nada mi historia clínica. Levanto el papel y leo la sentencia: HPV (Virus del Papiloma Humano).

Me rebalsa lo incontrolable, lagrimeo e hipeo en silencio mientras la médica me pregunta nena, por qué llorás. Trato de explicarle mi caso eterno, crónico, y me dice que sí, que ya se acordaba de lo mío. 

 —Cuando te calmes sacate la bombachita y te reviso. 

Me habla como mi abuelita. Me encuentra más verrugas, externas. Pero tiene piedad y decide tratarme ella, no tercerizar y posponer a otro turno dermatológico. Cambiamos el método, ya no me van a quemar con frío. Te va a doler un poquito. Aplica vaselina alrededor y luego ácido. ¿Duele? Lloro. Cuando puedas levantarte, vestite, ya está. Volvé la semana que viene. Garabatea otra receta con los horarios en que atiende: venite sin turno y topicamos de nuevo. Me duele el pantalón. Te va a doler orinar, tratá de que el pis no te toque la herida. Y no tengas relaciones sexuales por 3 días. ¿Solo por 3 días? ¿Pero no soy viral? ¿Tenés pareja estable? Dudo en qué responder, soy poliamorosa. Sí. Que se haga los estudios él también.