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El poder del feminismo no es femenino ni masculino, es poder colectivo, es poder político, es un poder transformador que por sobre todas las cosas es interseccional. La raza, la clase, el género, la sexualidad, la discapacidad, son algunas de los vectores que atraviesan las luchas feministas en todo el mundo.

¿El poder es femenino? ¿Qué operaciones hace Forbes al decir que el poder es femenino con el rostro de una golpista? Como ya lo enseñó el buen Michel Foucault, el poder es productivo. Lo que está queriendo producir Forbes con esta tapa es lo que motiva este texto. Otorgarle características diferenciales a la feminidad o a la masculinidad parece un anacronismo en los tiempos que corren, sin embargo la matriz binaria de los géneros sigue reinando en todo el mundo y no da lo mismo un golpista varón que una golpista mujer. ¿Y si hubiese sido un hombre quien se autoproclama presidente de un país con el respaldo de las fuerzas armadas? ¿Se imaginan el titular “el poder es masculino” al lado de un Guaidó sonriente? Las repercusiones no hubiesen sido las mismas, porque afirmar hoy que el poder es femenino está en sintonía con la época política. 

Son de público conocimiento las movilizaciones que se están llevando a cabo en todo el mundo por los derechos de las mujeres, lesbianas, travestis, trans y personas no binarias. La última, considerada “himno feminista”, es la performance titulada “Un violador en tu camino”, una canción con una serie de acciones y vestuario que denuncia las violencias que están sufriendo las mujeres chilenas bajo el gobierno de Sebastián Piñera. Colectivos feministas de todo el mundo la han replicado en distintos idiomas, el hecho de que se la conozca como un himno, abre la idea de una nación feminista que se ha ido construyendo con otras nociones que poco tienen que ver con las fronteras y los Estados. Una podría llamar a semejante movilización como poder popular, poder popular feminista, poder popular de las mujeres o poder femenino.

Los feminismos como movimiento político y social, surgieron como una herramienta para dar voz a las mujeres en el espacio público, político, privado, cultural, educativo, (y podría seguir). No porque no tuvieran voz sino porque nadie las escuchaba. Denunciar cualquier tipo de violencia, descontento, o maltrato era una tarea inútil que no producía justicia sino estigma, las convertía en locas, agresivas, histéricas. El poder del feminismo no es femenino ni masculino, es poder colectivo, es poder político, es un poder transformador que por sobre todas las cosas es interseccional. La raza, la clase, el género, la sexualidad, la discapacidad, son algunas de los vectores que atraviesan las luchas feministas en todo el mundo. 

El poder del feminismo no es femenino ni masculino, es poder colectivo, es poder político, es un poder transformador que por sobre todas las cosas es interseccional. La raza, la clase, el género, la sexualidad, la discapacidad, son algunas de los vectores que atraviesan las luchas feministas en todo el mundo.

Pero no podemos ser ingenuas, los dueños del mundo nos están mirando atentamente, los analistas de mercados están haciendo cálculos, y están pensando: “¿Cómo me beneficio de esto?”. Nadie quiere quedar afuera de una ola. Mujeres en el poder, mujeres con poder y mujeres empoderadas hubo siempre. Muchas mujeres no necesitaron del feminismo para construir su poder porque lo hicieron a costa de otras mujeres y hombres, lo hicieron pisando cabezas, guardando silencio, mirando para el costado, cuidando su pequeño lugar conquistado en el mundo, como Añez. ¿Eso las vuelve malas, diabólicas, perversas? No, sólo son personas que han construido su poder en favor de los capitales y en contra de su pueblo. No toda mujer está obligada a ser feminista, ni todo poder femenino es feminista, ni todo poder feminista es bueno en sí mismo. Los feminismos están en tensión constante con nuevas o viejas demandas que denuncian las estructuras de poder que generan jerarquías entre las feministas. 

Hoy es frecuente leer en revistas de mercados que esta es la era de las mujeres, que este es nuestro tiempo; y el sector empresarial viene impulsando una serie de cursos para formar líderes mujeres. El capitalismo ha intentado históricamente devorarse las luchas sociales, las luchas populares, y los feminismos no están exentos de eso. El mercado está haciendo ejercicios enormes para captarnos, incluirnos, usarnos, lucrar con nuestras demandas, creaciones, consignas, con nuestras muertas. No en nuestro nombre. No en nuestro nombre. 

Que Forbes utilice la condición de mujer de Añez y no su carrera política o sus cualidades como abogada, o conductora de televisión, da cuenta de muchas cosas, la primera su misoginia, la segunda que ser mujer y haber realizado un golpe de Estado da réditos porque lo suaviza: la figura de la mujer no está asociada a la violencia. 

¿Pero Añez es cualquier mujer? No, es una mujer que representa esa otra Bolivia de la ciudad, que sustenta los ideales que los capitales necesitan para poder sostener y defender un golpe de Estado. Las cantidades de violencias que se han suscitado bajo su corto tiempo en el sillón presidencial son alarmantes, sobre todo el ensañamiento y la persecución a las mujeres indígenas. ¿Forbes llamará poder femenino al de las cholas que se sostienen de pie, luchando? 

No estamos fuera del tiempo, la ola fascista que agobia a Latinoamérica ha pregnado en todos nuestros espacios, no es casual que en Argentina se haya vuelto a discutir el sujeto político del feminismo, teniendo que disputar una y mil veces el lugar de lesbianas, travestis, transgéneros, maricas, dentro de la agenda política, teniendo que recordar los grandes aportes que muchas pensadoras y activistas han realizado en esta materia, y que todas luchamos contra un enemigo o una enemiga común: el patriarcado. Ahora bien, ¿es cualquier mujer nuestra compañera de lucha por el sólo hecho de ser mujer? Si el feminismo es para todo el mundo, ¿qué hacemos con las Añez? 

¿Qué es lo femenino? 

A estas alturas es una pregunta que nos vemos obligadas a volver a hacernos. ¿Lo femenino es todo lo que se desprende de una mujer? ¿Qué mujer? ¿Cualquier mujer? ¿Hay algo del orden natural que nos hace mujeres y femeninas? Sabemos que la feminidad no es un atributo de las personas que nacimos con una vagina. La feminidad para mí es un arma que se ha invocado cada vez que te corrías un poquito de la performance de género que te correspondía. “No cómo vas a tomar alcohol y discutir a los gritos de política en un bar, qué poco femenina…”. La feminidad para muchas fue una cárcel o una amenaza constante, esa falta en la que siempre incurrías o esa herramienta que ibas a necesitar muchas veces para socializar en un mundo binario. 

El martes 10 de diciembre en Argentina vivimos una fiesta en muchos sentidos, para algunxs la fiesta de la democracia, para otrxs, el retorno de un poder político, para otrxs más la despedida de un gobierno nefasto, y en el centro de la escena no puedo dejar de reconocer a Cristina y el gran poder que ha construido durante todos estos años, poder que nos llevaría muchas páginas analizar, pero para el que bastó un mero gesto, para algunos de mala educación, para otros de empoderamiento puro, para recordarnos que decir NO es tan sanador y reparador como luchar. 

Me refiero al gesto realizado cuando Mauricio Macri fue a saludarla en el traspaso de mando, él le estrecha la mano, ella se la aprieta, no lo mira a los ojos, no lo besa y lo suelta.  No sólo fue rechazo, no sólo fue desprecio, fue sanción, fue decir No. Jugar el juego democrático, no romper los protocolos ni las formas, pero tampoco olvidar todo el hostigamiento que ejerció el gobierno saliente hacia su figura política, enraizando la bronca y las críticas en su condición de mujer, en cómo ella porta su feminidad, en  qué hacía con eso, el ensañamiento con su hija Florencia Kirchner, el odio de este gobierno a todas, ese amplio nosotras. Quiero creer que el gesto de ella fue también en nuestro nombre, a un hombre abiertamente misógino, homofóbico, odiante. 

El gesto de Cristina fue contundente porque fue poderoso, porque no hicieron falta palabras, y sobre todo porque muchas estamos acostumbradas a tener que convivir con personas que han ejercido violencias de todo tipo sobre nosotras y tenemos que saludar, sentarnos en su mesa, trabajar, y convivir con la incomodidad. 

Hacer pública la incomodidad es una forma de poder feminista, un poder colectivo, un gesto que es inapropiable para las revistas de negocios, que no será portada de ningún diario, pero que quedará en la memoria histórica de un pueblo que sobrevivió al macrismo mientras que la tapa de Forbes sólo será una vergüenza más en la historia de nuestro Sur, como el golpe de Estado en Bolivia y sus masacres. 

“El coraje no se muestra en el poder, se muestra en la adversidad y en el llano”, dijo la vicepresidenta de la Argentina el 10 de diciembre de 2019.