Karina Delfino Mussa: “A veces uno se hace de nicho porque habla muy enredado”

Karina Andrea Delfino Mussa es una socióloga y política chilena militante del Partido Socialista. Fue dirigente estudiantil, vicepresidenta de la mujer del PS y presidenta de la Juventud Socialista de Chile. Hoy, a los 34 años, es la actual alcaldesa de la comuna de Quinta Normal, para el periodo 2021-2024. Quinta Normal es una de las jurisdicciones de Santiago de Chile que se han definido como alcaldía feminista. Recibió a LatFem en su despacho para esta conversación que forma parte de “Institucionalizadas: cuando los feminismos se vuelven parte del Estado”, una investigación transnacional de LatFem sobre Argentina, Uruguay, Chile y Brasil con apoyo de FESminismos, proyecto regional de la Fundación Friedrich Ebert (FES).

—¿Qué define a una política pública feminista? ¿Qué características tiene que tener?

—Desde el espacio local es posible ir mirando distintas iniciativas de política pública con enfoque de género o desde el feminismo. Desde el ámbito parlamentario, desde el ámbito del Congreso, a veces es difícil concretar ciertas cosas, si bien hay proyectos de ley, muchas de estas legislaciones se concretan en el espacio local. En ese sentido, yo encuentro que hay mucha más transversalidad, por ejemplo, en las mujeres alcaldesas para tomar ciertas decisiones con enfoque de género o feminista. 

Cada vez que uno toma una política pública, trata de mirar cómo la mujer se desplaza, se mueve o le afecta en esa decisión. Voy a poner un ejemplo que siempre pongo y que creo que es el que más grafica esto: las luminarias viales. La comuna es muy oscura de noche. Ahora estamos en una inversión, tanto de fondos externos como municipales, para poner luminarias viales. Entonces hicimos una encuesta para saber dónde empezar a priorizar. Priorizamos según lo que las mujeres nos dijeron, porque son quienes se mueven más en el espacio público. Por temas de cuidados son quienes más caminan. Creo que esa es una mirada feminista. Al final del día es ponerse a pensar, en el caso de las mujeres, cómo les afectaría esa desigualdad o ese mejoramiento del lugar.

—¿Cómo es recibido por la población que se nombren como una alcaldía feminista? 

—A nivel de funcionarios, es desconocido. “¿Qué es eso?”, te dicen. Hoy día tenemos un reconocimiento de servicio de funcionarios que cumplen cuarenta y cinco años acá, entonces hay gente que llegó muy joven y que ha estado toda la vida. Hablarle de feminismo ha sido como “ya, ¿y a mí qué?”.

La población lo recibe súper bien acá. Cuando uno va concretando lo que significa, creo que es súper bien recibido, no es tan reticente. Los funcionarios pueden ser más reticentes.

Las alcaldías que se definen feministas tienen varios mecanismos. Han hecho capacitaciones, han obligado a las personas a capacitarse en temas de género. Nos llegan muchos reclamos, entonces estamos iniciando una proceso de capacitaciones de género, para también ir tratando un poco esa cotidianidad que no es normal. 

—¿Cómo sorteas los obstáculos que se dan en la política tradicional para avanzar con políticas feministas? ¿Hay redes de feministas dentro del Estado? ¿O funciona más una articulación desde afuera, desde el movimiento? 

—Hay varias cosas. A veces uno ve a la comunidad más organizada a nivel nacional, pero en los espacios locales igual tiene que buscar actores u organizaciones aliadas. Acá tenemos una organización que es histórica de feministas populares desde los años 2000. Van más de veinte años trabajando. Es una organización de emprendedoras, que se declara como organización feminista. Tenemos una red de más de 500 emprendedoras que están más o menos organizadas. Ellas politizan el debate. Ellas organizan el 8M acá en la comuna, el 25 de noviembre y también hicieron varias intervenciones sobre la violación a los derechos humanos durante la dictadura a mujeres. 

Después acá adentro creo que uno igual tiene que dar la pelea partiendo de declararse alcaldía feminista. Uno tiene que siempre estar haciéndolo en su discurso y tratar de incorporarlo, de no restarse. Creo que es importante ir diciéndolo y da más herramientas el espacio local, porque hay realidades concretas que viven las mujeres y no viven los hombres. 

El tema de cuidados es tremendo tema y nosotros tenemos un programa de cuidado, queremos hacer un centro de cuidado. Al final del día siempre alguien te va a cuidar y ese alguien casi siempre es una mujer, en el 95% de los casos. Pasa en los colegios, en las dirigentas: la gran mayoría de dirigentas de barrio son mujeres de clubes de adultos mayores, de juntas de vecinos, de comités de seguridad. Entonces yo creo que ahí hay harto que avanzar. 

—Decías que estas organizaciones son aliadas. ¿También hay momentos de tensión con esas organizaciones? ¿Tienen exigencias con la alcaldía? ¿Cómo es ese vínculo? 

—Hay momentos de tensión. Mandan cartas diciendo “¿por qué hicieron esto?”, “¿por qué no nombraron esto?”. Sobre todo cuando llegamos, porque ellas querían que la institucionalidad no se metiera, en el fondo, que si había una convocatoria, que no sea la muni (la municipalidad), que sean ellas. Si había un video, que no sea la muni, que sean ellas. Pero conversando, dialogando…nos llevamos bien. Hay que ser súper cuidadosos, tenemos un diálogo permanente. Pero es poco lo que piden, yo diría, en términos de política pública real, es poco lo que tenemos como demandas locales. 

—¿Te gustaría que te pidan más? 

—Sí, me gustaría que tuvieran más aspectos programáticos, porque eso también nos hace movernos. Si no es más bien en la forma. Tenemos más reclamos en la forma que en el fondo. Pero tenemos diálogos bien interesantes. Nos juntamos harto. Yo voy a todas sus actividades, hablamos por WhatsApp…

— Eso es parte de ser una alcaldesa feminista… 

—Sí, me gusta. Tienen sus temas específicos, como son emprendedoras, no son solo un espacio de organizaciones feministas. Me gusta su discurso a propósito de la autonomía económica, y son súper politizadas, tienen un discurso súper político, bien potente… 

—En tu trayectoria política tenés una historia de estar del otro lado, formás parte de una generación con mucha participación estudiantil. ¿Cómo es ese proceso de saltar al otro lado del escritorio? ¿Qué reflexión hacés? 

—Es difícil, porque es fácil cuestionar lo establecido, pararse ahí y decir que esto está mal, que hay que arreglarlo. Y ahora yo estoy del lado de lo que hay que arreglar. Una se hace cargo de todo esto. Es súper difícil, pero se puede. Tengo hartas críticas de los procesos del Estado, creo que son demasiado burocráticos, lentos. La gente poco me entiende cuando yo le comento todo lo que hay que hacer para sacar un proyecto. Yo digo que tengo que hablar con este, con este, que estos son los plazos, y se me quedan mirando como: “ya, pero ¿a mí cuándo se me arregla el problema?”. 

Es difícil. Yo me convierto también en parte de los actores que presionan el fondo del sistema. Hay muchos temas que yo no resuelvo. Pero voy al Ministerio del Interior, voy al Ministerio de Educación, creo que así funciona esto: si uno no gestiona, si no presiona, si no pide, la cosa no funciona. Es bien interesante, es bonito. Uno vive varias emociones en el día. A veces uno se frustra, a veces a uno le gustaría que las cosas fueran más rápido. Pero cuando las cosas se logran uno se siente muy feliz, muy feliz. Creo que eso es lo que al final del día a uno lo mueve. Es bonito, interesante, gratificante.

A veces uno se frustra, a veces a uno le gustaría que las cosas fueran más rápido. Pero cuando las cosas se logran uno se siente muy feliz, muy feliz. Creo que eso es lo que al final del día a uno lo mueve. Es bonito, interesante, gratificante.

—¿Tenías prejuicios como feminista con el trabajo en el Estado? Entendemos que hay como un estigma hacia las que forman parte del Estado, “las institucionalizadas”, con el tema de “venderse”, de ser “traidoras”. ¿Tenías esos dilemas? 

—Creo que mi posición es un poquito distinta porque a mí me eligió la gente. Entonces igual las personas decidieron, en el fondo, que yo estuviera acá. No es como que haya entrado a algo, como si estuviéramos haciendo tal reforma y me hiciera cargo de la reforma, o estuviéramos haciendo tal política pública y ahora estuviera del otro lado para hablar con las organizaciones. En el fondo soy su representante. Es distinto. 

—Ese borde entre estar adentro o afuera se difumina, pero tenés una responsabilidad… 

—Sí, claro. Creo que lo más difícil de hacerse cargo es, obviamente, resolver los problemas, porque por algo me eligieron. Pero el haberte elegido me permite estar siempre en contacto con la comunidad. Estoy siempre con la comunidad, todos los días visito organizaciones, territorios, camino, hablo con ellos. Mi oficina es súper abierta, entonces abajo hay gente que me habla algo y eso es bonito. Eso es el valor principal cuando uno se dedica a esto, tratar de hablar siempre con las personas, que en el fondo creo que es un cambio que también tiene que impulsar el feminismo: esa división que hay a veces entre la autoridad y la gente, las personas, eso de verte tan de arriba. Creo que en eso tiene que haber un cambio. Que las personas tengan la posibilidad de decidir y de hablar con la autoridad. Creo que ahí están todos los problemas, que es muy difícil —y la gente también lo percibe— llegar a la autoridad. Claro, en campaña es súper fácil hablar con la autoridad. Y hay mecanismos para hacerlo, hay audiencias, hay visitas de organizaciones. Nosotros hacemos varias. 

—¿Y por qué te parece que el feminismo podría ser un actor social que ayude en ese proceso? 

—Porque creo que hay una mirada más horizontal, desde el punto de vista del feminismo. Hay una mirada más colectiva cuando uno no mira desde el feminismo. El feminismo es siempre una construcción colectiva, de muchas mujeres, o de muchas personas. En el caso de si uno lo aplica metodológicamente en un espacio local, creo que eso también es mirarlo desde el feminismo. Tratar de que uno esté más, que escuche más, que hable más, que no dialogue más. Esa forma creo que también puede ser parte de una metodología feminista colectiva. Lo miro desde ese punto de vista, porque creo que además las feministas siempre han luchado de manera colectiva. Entonces creo que estando como una autoridad o como representante, eso también se tiene que aplicar, no solamente desde las organizaciones sino también dentro del Estado.

—¿Tenés articulación con otras alcaldesas? ¿Cómo son las redes que se arman? Nos interesa profundizar en esas estrategias que pueden servir a otras que están en política. 

—Tenemos una red de municipios feminista pero funciona poco. Igual nos juntamos sobre todo para buenas prácticas, pero funciona poco. Somos como treinta, hemos hecho cosas juntos, nos hemos juntado varias veces, pero se avanza lento. Hay alcaldes y alcaldesas.

—Algunas políticas que pasaron por la función pública nos dijeron que no es estratégico nombrarse feminista o decir “esta política que te llevo es de género, es feminista”. ¿Qué pensás de la idea de no declarar el feminismo como estrategia?

—No, yo creo que hay que hacerlo así. Lo digo en espacios en los que sé que a lo mejor me van a mirar raro. No sé si a cuestionar, pero a mirar raro. Pero creo que está bien hacer ese proceso. Sé que hay hartas miradas, pero creo que uno siempre tiene que tratar de cambiar de opinión. Vengo de un partido político, del Partido Socialista, fui vicepresidenta de la mujer, fui presidenta de la Juventud Socialista de Chile, la primera mujer, fui dirigente estudiantil y después me tocó estar acá. Creo que uno siempre en el partido trata con militantes, en el espacio dirigencial uno trata con dirigentes. Hoy día yo trato con vecinos, entonces a uno el vecino le puede exigir lo mismo que un militante, lo mismo que un dirigente, que se supone que está más formado políticamente. 

Soy parte de un partido que se declara feminista. Lo declaramos feminista. Pero el vecino no necesariamente tiene esa herramienta. Entonces creo que uno tiene que explicarle, darse el trabajo de decir: el feminismo no es algo malo, en el fondo una sociedad feminista es buena para todos. Ahí lo entienden. No es tan difícil explicarlo.

Soy parte de un partido que se declara feminista. Lo declaramos feminista. Pero el vecino no necesariamente tiene esa herramienta. Entonces creo que uno tiene que explicarle, darse el trabajo de decir: el feminismo no es algo malo, en el fondo una sociedad feminista es buena para todos.

—¿Dentro del partido costó mucho esa lucha? 

—Eso se pudo hacer por la ola feminista (desde 2018 hasta la actualidad Chile atraviesa una ola de participación feminista). Dentro de esa ola feminista el partido se declaró feminista (durante el primer semestre del año 2018, el Partido Socialista de Chile realizó su Conferencia Nacional de Programa y Organización, ocasión en la cual se aprobó incluir en su declaración de principios el ser un partido “feminista y antipatriarcal”). Hicimos varias cosas, cambiamos el sistema de votación, por ejemplo, y ahora el partido vota un hombre y una mujer, en todas las instancias. La presidenta (Paulina Vodanovic) hoy día es presidenta por ese sistema de votación. En el partido, nosotros siempre hemos tenido paridad. Desde que yo entré al partido ha habido paridad. 

—¿De hecho o por reglamento? 

—Reglamento, siempre. Pero los hombres sacaban la primera mayoría. De veinte en el Comité Central eran quince hombres con la primera mayoría. Entonces tenían que hacer ajustes para lograr la paridad. Y siempre decían “claro, se lo ganaron porque sacó cien votos y entró”. Crecí escuchando esa frase de “se cagaron porque la otra sacó cien votos y entró por la paridad”. Hoy día no, pues se vota hombre y mujer. 

—¿Qué evaluación hacés de esas medidas para garantizar la representación política de más mujeres? Paridad, cupo, cuota. Algunas dicen que tienen sus limitaciones, porque el sistema de partidos va encontrando las trampas para que sean un techo. 

—Al interior del partido también, por ser parte de la cultura machista de la sociedad. Hay una lucha feminista desde que el partido se creó, de hecho lo fundaron mujeres —hombres y mujeres—. En su declaración de principios ya mencionaba, por ejemplo, estar a favor del aborto, en contra de la separación de hijo legítimo e ilegítimo. El partido se ha destacado por tener feministas. Pero, por ejemplo, en el acta de fundación se omitieron las mujeres, quedaron solo los hombres. El partido lo fundaron hombres y mujeres y tan solo hay nombres de hombres. En la foto salen hombres y mujeres, pero en el acta solo hombres. Nunca había habido una presidenta mujer y somos más militantes mujeres que hombres. 

Pero creo que la paridad llegó para quedarse. Es súper importante lo que hace la mujer al interior del partido, pero también afuera. La Constituyente fue súper buena como experimento porque fue paritaria y funcionó bastante bien. Y en la Constituyente ganaron más mujeres que hombres, y en el fondo se cayeron mujeres para que entraran hombres, al revés de lo que uno podría pensar. En el caso del sistema de parlamentario, no funciona muy bien, porque ahí son el 40% de las listas. Entonces generalmente a las mujeres las ponen de candidatas donde no van a ganar. Entonces pasa mucho, por ejemplo, en el distrito Las Condes, que el partido lleva dos mujeres, porque en ese distrito el partido nunca ha sacado uno. O donde hay un senador en ejercicio ponen a una mujer porque va a ganar el senador en ejercicio, no la mujer. Entonces tiene que haber una corrección de salida.

—Vos fuiste secretaria de la mujer del partido, nos interesa acercarnos a esos espacios propios y específicos de género, de mujeres. Conocer qué limitaciones tienen y qué valor les das vos. A veces da la sensación de que se abre ese lugar para que “jueguen las chicas”. 

—Esa es una buena pregunta. Hay una discusión sobre si se elimina o no se elimina. Tener el espacio propio de mujeres o feminista lo visibiliza, pero también tenerlo te hace decir “allá están las mujeres”. Creo que es un buen espacio. Me tocó un gran desafío porque entré  y estaba la ola feminista, nos declaramos feministas. Siempre es un espacio cuestionado, a veces por las mismas mujeres. Pero es un espacio interesante porque si bien se agrupan las mujeres, también se crean estrategias de mujeres. 

Por ejemplo, el voto feminista (la discusión y decisión de declarar feminista y antipariarcal al partido) se creó desde ese espacio. El Partido Socialista tiene muchos lotes al interior, muchas corrientes de opinión. En ese espacio se agrupan mujeres de distintas corrientes de opinión. Entonces, cuando hicimos el voto feminista, después cada mujer de las distintas corrientes de opinión, socializó en su propia corriente de opinión ese voto. Eso permitió construir desde abajo ese voto. Salió desde los comunales. Desde este espacio feminista lo pusimos de manera transversal hasta que llegó arriba y ya todo el mundo sabía que lo íbamos a presentar y todo el mundo estaba de acuerdo. Entonces creo que sirve cuando uno lo utiliza de buena manera. Eso es un ejemplo. 

—Una política uruguaya que entrevistamos hacía una distinción: decía que una cosa es una política dirigida a mujeres —la luminaria—, y otra cosa es una política feminista. La política feminista iría más hacia lo profundo, al cambio de las estructuras, de lo social. ¿Qué opinión tenés? 

—Es verdad. Yo estoy demasiado en lo concreto hoy día, también por mi función del trabajo. A veces agradezco ciertos espacios de reflexión más profunda porque tengo pocos. Estoy todo el día tratando de hacer cosas, actividades, sacar algo, sacar la basura, solucionar cosas concretas, los problemas. 

—Todos los problemas de una casa muy grande… 

A veces me siento así, viene una autoridad y trato de limpiar la casa para que se vea bien, y me pongo nerviosa. Queda poco para la reflexión profunda de la estructura. Creo que es lo distinto del partido. Cuando voy al partido (Socialista) todos hablan de los cambios grandes, de la reforma y la Constituyente. Pero uno tiene que tener esa mixtura, porque si uno no habla de la estructura, pierde la reflexión, pero si uno está tan desconectado de la realidad también es un problema, porque al final termina hablando en chino. Uno no puede dirigirse a las personas con lenguaje complejo, uno tiene que tratar de bajarlo, de desenredarlo. Y creo que la gracia de la política es que uno pueda transitar entre ese espacio chico y el espacio grande, o el espacio estructural, teórico, y el espacio concreto de solución para la vida de las personas. Yo creo que eso tiene que estar, porque si no te alejás mucho. Por eso la gente dice que están pululando, que no les creen a los políticos. No confían en los políticos porque no le hablan a la gente. 

—Una acusación que se le hace a las feministas, también en Uruguay, en Argentina, es esto de proponer una agenda de minorías. Está relacionado también con la pregunta sobre los temas que solo son sectoriales. ¿Vos cómo respondés a eso cuando pensás las políticas más locales? 

Creo que a veces uno se hace de nicho porque habla muy enredado. Pero no es que el tema sea de nicho, porque las mujeres, por ejemplo, empatizan mucho cuando uno les comenta algunas cosas. Me pasa mucho con las personas mayores: ¿quién hace el aseo? ¿Quién hace las comidas? ¿Quién cuida al marido? Siempre son las mujeres. Entonces esas son desigualdades de género, finalmente. Pero cuando una se pone en el nicho y no trata de que permee o piensa “¿qué tengo que andar socializando el feminismo si todos debieran saberlo?”, creo que uno comete un error. 

Es súper importante que uno le hable a las mayorías. Tenemos, además, en el caso del Partido Socialista, una vocación de mayoría, o sea, le gusta ser gobierno, le gusta hacer cambios, no le gusta ser de nicho. Lo mismo con el tema ambiental, lo mismo con el tema animalista. Yo soy animalista y creo que uno tiene que tratar de salir de ahí. Hay grupos animalistas que son violentos, a veces se enojan con la gente que come carne o que abandona perros. No tienen que enojarse, hay que pensar un poquito más, salir de ahí. 

—Pero para vos es una cuestión de forma. Es una discusión también, dentro de la izquierda histórica: ¿cuál es la contradicción principal?

—Cuando entré al partido lo primero que me dijeron fue que la contradicción principal era la de clase, y por mucho tiempo lo creí. Yo no voy a decir que nací feminista y siempre tuve el chip y me puse los lentes de morado. Fue un proceso propio, de aprender y abrir una mirada, hasta que llegué a la conclusión de que son ambas. De hecho, el Partido Socialista, en su definición de feminista, reconoce que existe una desigualdad de clase y de género, así lo define; o de género y de clase. Eso fue un cambio súper importante para nosotros, porque siempre fue clase, clase, clase, el mundo popular, la clase. Creo que teóricamente se tiene que establecer de esa manera, desde el feminismo y desde la izquierda, pero al hablar a la mayoría creo que es importante, como en el lenguaje, tratar de bajarlo. Si yo le digo a la gente que hay desigualdad de clase y de género, van a mirar con cara de “¿esta de qué habla?”.

Yo no voy a decir que nací feminista y siempre tuve el chip y me puse los lentes de morado. Fue un proceso propio, de aprender y abrir una mirada, hasta que llegué a la conclusión de que son ambas

—¿Qué evaluación hacés de las áreas específicas de género como los ministerios, dentro de la arquitectura del Estado? Chile tiene una gran historia en relación a la institucionalidad de género.

—Lo primero fue el Servicio Nacional de la Mujer, en Chile, fue un proto ministerio. Creo que es la misma discusión que uno puede tener al interior de los partidos. Son súper importantes pero que han perdido relevancia. No lo digo por la ministra de turno, no estoy echando la culpa al gobierno de ahora. Pero cuando hay olas feministas, que nosotros hemos tenido hace poco, un movimiento feminista muy fuerte, marchas de mujeres o marchas 8M, ahí cobra relevancia. Pero en general creo que está apagado. Esa es mi impresión. 

Por poner un ejemplo, ustedes deben haberse dado cuenta de que tenemos un problema de seguridad que ha sido complejo. Donde voy, el primer tema es la seguridad, siempre. Pero el segundo delito más concurrente es el VIF, la violencia intrafamiliar, que se denuncia y categoriza como VIF. Todavía estamos al dedo con lo que no se categoriza como VIF y las mujeres que no denuncian. Nadie habla de eso. Se habla del portonazo, se habla de el robo y la intimidación en la calle, de que te entraron a robar a la casa, pero nadie habla del segundo delito, que es el VIF y que nunca baja. Nosotros lo revisamos todos los meses con la policía, nos van mostrando los delitos del mes anterior y siempre está arriba. El VIF no lo mostraban, lo pedí yo cuando llegué como alcaldesa: pedí los homicidios y el VIF. Algunos meses lo ponían y otros meses no porque no está establecido. No era una obligación ponerlo y ahora ya lo ponen siempre en la presentación que hacen los carabineros y la fiscalía. No baja. El otro siempre varía, cambian de comuna, pero nadie habla de esto. Y es un tema de seguridad también, seguridad de las mujeres. Entonces yo creo que falta todavía. 

—¿Vos articulás más con otros ministerios que con el Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género?

—Sí, mucho más. Nosotros tenemos programas súper valiosos, al alero del Sernam (El Servicio Nacional de la Mujer y la Equidad de Género), y que nadie los mira. Por ejemplo, hay un programa que siempre destaco, el Programa 4 a 7, que lo que hace es abrir las escuelas de 4 a 7. Entonces entre las cuatro de la tarde y siete de la tarde se abren ciertas escuelas para que los padres, pero principalmente madres, puedan dejar a sus niños y ellas puedan trabajar. Es un programa chico, tenemos lista de espera, pero tampoco se amplía. De diecisiete escuelas que tengo acá, son tres o cuatro.

—¿Te serviría una tracción del Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género, que jerarquice con financiamiento este programa, que lo amplíe? 

—Claro. Depende del Ministerio pero no tiene tanta plata. Además es tremendo programa, porque no es solo clase, es circense, le enseñan a los niños habilidades más blandas, artísticas, hacen yoga. 

Uno cuando piensa en seguridad, eso también es parte. Si los niños andan solos en las plazas también se prestan a que las bandas los puedan atraer. El problema es que hoy día parte del problema es que las bandas criminales utilizan niños muy chicos para delinquir porque no tienen responsabilidad penal. Entonces es atacar todos esos flancos. Creo que es importante eso desde el punto de seguridad, pero desde el punto de vista de los cuidados también. 

—Fuiste cinco años vicepresidenta de la mujer de tu partido, ¿hay algo que pensabas que querías hacer si tenías la posibilidad de gestionar y no tuviste todavía la oportunidad de hacerlo?

—Hay algo que me propuse y lo hice y algo que me propuse y no hice. Hicimos un libro que se llama Mujeres socialistas: protagonistas de una historia. Visibiliza el rol de las mujeres desde el acta de fundación del Partido Socialista hasta ahora. Siempre se ha creído que el feminismo es de ahora y que además las mujeres nacieron con  (Michelle) Bachelet. Y no es verdad, obviamente que hasta que llegara a la presidencia Bachelet hay una larga historia de muchas mujeres que lucharon al interior del partido y afuera el partido. 

Lo que me quedó pendiente fue un documental. Íbamos a hacer un micro documental sobre mujeres e hicimos otras cosas. Lo que pasa es que el sistema chileno obliga a los partidos a que el 10% se gaste en formación de mujeres. Entonces con ese 10% hicimos hartas cosas. Ahora c parece que se cortó, pero tenían un espacio en el que las mujeres, a nivel local, iban al partido a formarse. Eso también pasa al interior del partido, que a veces como la cúpula o el Comité Central están súper informados pero que nadie piensa en la mujer que milita, no sé, en Coronel o en Lota, que en el fondo no está vinculada al Comité Central, que el presidente no le informa nada. Eso fue bien bonito. Pero se pueden hacer cosas. Si eso no hubiese sido por ley, el partido nunca habría destinado ese fondo a las mujeres. 

—Última pregunta, más de análisis de la coyuntura política. Hay una interpretación, que es que en el rechazo a la Constitución, el que no queríamos que suceda (el de noviembre de 2022), hay algo que hicieron mal las feministas, como si las hubiesen estado sobregiradas, agrandadas, esto de ponerle “feminista” a todo, y que hubo una mala lectura del contexto. ¿Qué pensás de esto? 


—Creo que hubo temas en los que se quisieron avanzar, pero que faltó estrategia feminista.  En el tema del aborto, por ejemplo, me acuerdo que querían ponerlo textual, no como aborto, pero la frase implicaba que en el fondo en la Constitución quedaran establecidos los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres. La discusión con los más moderados, entre comillas, era que quedara a disposición de la ley, que se aseguraran los derechos sexuales y reproductivos, pero que una ley iba a determinar ciertas cosas. Eso lo ganaron las feministas. Eso fue parte también de la falsa discusión por el aborto hasta los nueve meses. Por eso se decía “el aborto hasta los nueve meses”, porque quedó abierto. Uno tiene que hacer procesos de socialización, no es que el aborto lo planteas y se aprueba. Hay también un proceso de maduración social. Creo que faltó estrategia. Esa es mi impresión. Creo que para poder avanzar uno siempre tiene que tener estrategia. Ya, el partido se declara feminista, pero cómo lo va a ir haciendo toda esa bajada, creo que es súper importante. Sobre la constituyente, obviamente no es culpa de las feministas que se haya rechazado, pero fue parte de las fake news: el tema de la vivienda, el aborto, que te van a quitar la casa, la justicia indígena, fue todo parte de un set de fake news que al final creo que no contribuyó al apruebo. Pero así como a lo mejor se falla en esa estrategia, creo que ahora es súper importante la estrategia feminista para frenar la derechización de esta Constitución. Creo que ahí nosotras somos mejores en tratar de decir: ni un paso atrás, en tratar de poner barreras. Creo que ahí nosotros logramos más que cuando nos ponemos creativas.

“Institucionalizadas: cuando los feminismos se vuelven parte del Estado” es una investigación especial transnacional de LatFem sobre Argentina, Uruguay, Chile y Brasil con apoyo de FESminismos, proyecto regional de la Fundación Friedrich Ebert (FES).