A mediados de los ‘90, el jazmín cruzaba el patio delantero de la casa de Natalia Espinosa en Necochea. Ella tenía diez años, y a pesar de que su madre ya le había hecho saber su desaprobación, Natalia y sus hermanes utilizan el jazmín como red de voley durante las horas de la siesta. No sabía todavía que ese deporte se volvería su actividad central durante muchos años en su vida. En 2019, veinticinco años después de aquellas tardes jugando con la familia en su ciudad natal, Natalia se retiró como voleibolista multicampeona en Boca. 

Ahora, un sábado por la mañana en pleno calor porteño de mediados de enero y rodeada por copas y fotos que la recuerdan en la cancha, Natalia estudia las leyes nacionales sobre deporte. Relee la número 27202 firmada por Cristina Kirchner a fin de 2015 que incorporaba un cupo de género del 20% en las comisiones directivas de las asociaciones deportivas. Una ley que el expresidente Mauricio Macri no reglamentó. Mientras repasa los puntos más importantes, chatea sin parar con otras jugadoras. Es que desde que pusieron en sus redes el comunicado para visibilizar el reclamo por la profesionalización del voley femenino, reciben cientos de adhesiones y consultas y se organizan para responderlas y sistematizarlas. “Gracias al feminismo lo que teníamos naturalizado nos empezó a molestar, nos dimos cuenta que no estaba bueno lo que estaba sucediendo y decidimos alzar la voz”, dice  a LATFEM la actual representante femenina de Jugadores Asociados del Voley Argentino (Juava).

Ella es Natalia Espinosa

Hace exactamente un año, Macarena Sánchez también alzó la voz y demandó al club UAI Urquiza y a la AFA para ser reconocida como trabajadora de la institución. Ese camino llevó a que la entidad, en marzo, anunciara la (semi)profesionalización del fútbol femenino. Las voleibolistas toman ese hecho como referencia. Desde Polonia, Julieta Lazcano, capitana de la selección argentina -recientemente clasificada para los Juegos Olímpicos de Tokio 2020- asegura que las jugadoras de fútbol lograron “el primer paso para que dejemos de pensar en que el deporte es solo para hombres, y que por eso deben cobrar más o tener mejores condiciones de trabajo; gracias a ellas entendemos que es hora de pedir la igualdad en el deporte”. 

Tanto ella como Natalia juegan desde chicas en sus clubes de barrio. Julieta nació en Córdoba y sus primeros partidos fueron en canchas sin parquet, en un equipo donde hacían sus propias camisetas y vendían pollo y pastelitos para participar en los diferentes torneos. Después se fue a Italia, Francia, Brasil y ahora, Polonia. En el exterior, se dio cuenta que podía vivir del voley. “Te dan contrato de trabajo, un papel firmado que dice cuánto vas a cobrar, seguro médico, indumentaria para toda la temporada, alojamiento, los medios de transporte para ir a  jugar, las canchas en condiciones, eso no existe para nosotras en Argentina; son muchas las diferencias”, explica. Su compañera del equipo nacional, la líbero Tatiana Rizzo refuerza: “Queremos que el seguro médico sea un punto clave de esta profesionalización, que cuando una jugadora se lesione, no salga de su bolsillo la plata de la cirugía o la rehabilitación”. 

En Argentina las jugadoras federadas son 20.530, número que duplica la cantidad de varones, que alcanzan a 10.146 en todo el país, según datos oficiales de la Federación de Voley Argentino (FeVA). Las tres voleibolistas remarcan que este pedido de profesionalización no se trata de una “guerra entre varones y mujeres” y señalan que muchos de sus compañeros y entrenadores las están apoyando en el reclamo. Sin embargo, sí sostienen que siempre les dieron a ellas un lugar marginal en la organización de los clubes, de las ligas nacionales y también en los medios. “La desigualdad entre varones y mujeres está naturalizada”, dice Natalia. Y Tatiana detalla: “Horarios malos de entrenamiento, menos cantidad de ropa, siempre un escalón más abajo, ni hablar de la estructura que tiene hoy la liga masculina en relación a la liga femenina”. 

Las lógicas sobre las que se sostiene el voley son las mismas que las del fútbol. Esas estructuras que señala en su libro “Guerreras”, Gabriela Garton, una de las arqueras del seleccionado de fútbol que viajó al Mundial de Francia y que apuntó en su denuncia Macarena Sánchez: entrenamientos todos los días más partidos los fines de semana, un contrato que es sólo un fichaje. Las instituciones exigen como si fueran profesionales, en algunas casos a cambio de una remuneración exigua, en otras, a cambio de alojamiento y comida. Desarmar esos pilares sobre los que se construyen carreras deportivas que implican la doble o triple jornada laboral para las jugadoras es un camino que ya comenzó y que no tiene marcha atrás. “Que el fútbol haya sido el primero es genial, ojalá sea el puntapié inicial para que todos los deportes femeninos se profesionalicen”, imagina Natalia. 

Entre los puntos de la profesionalización, las jugadoras exigen: Mejorar las condiciones para las jugadoras profesionales y apoyar las etapas iniciales del deporte; generar programas y proyectos que promuevan la participación masiva y que alcancen la inclusión social; mejorar los espacios físicos de juego y entrenamiento; exigir a los clubes que incluyan en sus estructuras de trabajo a entrenadores/as, apoyo médico y kinesiólogos; desarrollar una competencia sostenible sin que se superponga con torneos regionales o con el calendario internacional. El énfasis también está puesto en el trayecto formativo, en las infantiles. “¿Por qué no pueden tener las inferiores una mejor estructura mejor?”, se pregunta Natalia y apunta una reflexión sobre la inclusión social desde el voley. “Es un deporte muy popular, hay que darle la posibilidad a todos esos pibes que no tienen chances de entrar a un club”. 

Los presupuestos, la infraestructura para el desarrollo de los entrenamientos, la disponibilidad de horarios, la duración de las ligas forman parte de una estructura que ubica al voley femenino en un lugar secundario con respecto al masculino. En Argentina la liga femenina dura cuatro meses, cuando la masculina se extiende a ocho, entre partidos y entrenamiento, como en otras ligas del mundo. Además, la referente de JUAVA asegura que “el pase de una mujer sale lo mismo que el pase de un varón” aunque las pibas cobren muchísimo menos. “Eso no está bien, no puede ser, que salga lo mismo el pase de un pibe que cobra 300 mil pesos por mes que el de una piba que cobra 20 mil. No tiene lógica.” remata.

“Yo juego en la selección hace muchos años y siempre nos dijeron que antes de salir a pedir algo, teníamos que conseguir resultados. Y bueno, hace muchos años que venimos consiguiendo resultados.” dice Julieta. Y la jugadora tiene datos concretos que la respaldan: el equipo nacional se clasificó a los últimos dos mundiales, acaba de conseguir su segunda participación en un Juego Olímpico -la primera había sido en Río de Janeiro 2016- y consiguió la medalla de bronce en los Juegos Panamericanos de Perú 2019. “Dicen que el vóley femenino no vende y están las canchas explotadas, ¿qué más querés? ¿cuál es la excusa?”, dispara Natalia. 

Las pibas ya dieron el salto, los logros llegaron a pesar de la no profesionalización, de la falta de estructura, de las desigualdades históricas que se reflejan también en las canchas. “Quienes amamos el voley queremos lo mejor y nos estamos uniendo para eso”, dice Tatiana, que en agosto viajará a Tokio con la selección. En sintonía con su ex compañera de equipo, Natalia afirma: “Todas tenemos un buen presentimiento, porque estamos super seguras de lo que queremos”. Julieta suma a la reflexión: “Estamos buscando que todas tengan la oportunidad de ser valoradas, porque existen derechos deportivos que deben ser iguales para hombres y mujeres” y agrega confiada: “Este paso es necesario por todas las chicas que vienen”. 

En la Argentina las jugadoras federadas son 20530, número que duplica la cantidad de varones, que alcanzan a 10146 en todo el país, según datos oficiales de la Federación de Voley Argentino.