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Por el momento, a las nocheras las limitaron a trabajar en las tres estaciones nuevas. Es decir, por ahora, solo hay mujeres en Catalinas, Correo Central y Retiro.

Mailén Escobar, Evangelina Cavanilla y Adela Solís son tres de las siete nocheras que ingresaron en el mes de mayo a trabajar en la línea E del subte porteño. Las tres están a cargo de la limpieza de la estación Retiro, una de las nuevas plataformas. Mailén tiene 31 años; Eva 52 y Adela 47. Eva y Adela, por primera vez en su vida tienen un trabajo registrado. Las nocheras son las protagonistas de una revolución feminista bajo tierra que vino a transformar una situación de inequidad que nació con el subte y terminó recién en febrero de este año.

No había motivos formales para explicar la normativa que dejaba afuera a las trabajadoras del subte de estos puestos labotales. La empresa Metrovías utilizaba argumentos insólitos para impedir que las mujeres pudieran ingresar en la categoría nocturna. “Que era peligroso”, “que las tareas eran pesadas”. Todas excusas, comentan las chicas casi a coro en una pausa en su trabajo para esta nota. La importancia y la dimensión que tiene que se abran oportunidades de trabajo hasta ahora vedadas es una auténtica conquista y una transformación abismal en la vida de muchas.  

Adela trabajaba como costurera haciendo carteras y mochilas de cuero, diez horas por día, de lunes a sábado. Su marido hoy hace tareas de lavado del subte en el turno noche de la la línea C—un trabajo en el que tampoco hay mujeres—, hace más de veinte años. Hace nueve que Adela está en lista de espera de la bolsa de trabajo. “Cuando me llamaron no lo dudé, estoy feliz. Con mis 47 años que me den por primera vez un trabajo en blanco, es algo que voy a estar eternamente agradecida ¡Ahora me voy a poder jubilar!”, dice una de las nocheras a LATFEM. Tiene tres hijxs y dos nietxs: viven todxs juntxs. 

A Eva también le brillan los ojos cuando cuenta su experiencia. En sus 52 años nunca había tomado un subte hasta que entró a trabajar como nochera. Ahora, muchas veces pasa 24 horas sin dormir. “Pero a mí no me importa eh, tener este trabajo me cambió la vida”, cuenta esta mujer que vive en Navarro—un pueblito cerca de Lujan—y tiene cuatro horas de ida y cuatro de vuelta para llegar a su casa. Su rutina es un circuito de combinaciones de transporte público: a las 18 se toma el 136 cerca de su casa y baja en Merlo; ahí hace el trasbordo al tren Sarmiento en el que viaja hasta Once. Una vez en suelo porteño se sube al subte A y combina con la línea E. A las 22 h llega a su puesto de trabajo.  “Hay veces que el bondi no pasa entonces hago dedo ahí en la ruta, me subí a camiones, sabés las veces que llegué acá así, pero llegar tarde y faltar, jamás”, cuenta a LATFEM.

Durante el día Eva es organizadora de eventos. Tiene su pequeña empresita y organiza casamientos, quinces y bautismos. Ella entró porque su hermano es quien realiza las tareas de fumigación en la estación del subte. Cuando él se enteró que estaban abriendo vacantes para las primeras nocheras se lo comentó a su hermana que se había quedado sin trabajo. También era nochera en otra empresa. “Yo mantengo mi casa, soy separada, tengo una hija y un nieto, así que imagínate, trabajar acá es un sueño. También con mi edad encontrar un laburo así es impensado”, dice Eva.

Mailén también estaba en la bolsa de trabajo hace más de siete años por un familiar. Ella estudia filosofía en Puan, antes estudió producción musical. Hace un año la echaron de la Unesco: ahí como monotributista hacía investigaciones de políticas públicas en Latinoamérica. Desde ese momento se quedó sin trabajo. Buscaba y no encontraba, como tantas otras en la Argentina de la Alianza Cambiemos donde del total de las mujeres económicamente activas, el 11,2% están desocupadas. El desempleo llegó este año a su punto más alto y las mujeres jóvenes son las más perjudicadas. 

Desempleada, Mailén empezó a hacer algunas changas, a vender todos sus instrumentos, guitarras, equipos de grabación. “Fue la primera vez en mi vida que no conseguía laburo. Y aunque tengo 31 para ciertos trabajos sobre todo en el rubro de comercio ya estaba pasada de edad”, dice. Cuando ya no hubo más, empezó como trabajadora en casas particulares. “Me imaginaba otra cosa en esta etapa de mi vida. Me agarró un bajón”, relata. Durante tres meses limpió casas de conocidxs, vecinxs. 

Mailén, además, es militante en la facultad del Colectivo de Filosofía y Letras—un espacio de varias agrupaciones kirchneristas—y es feminista. Por eso, cuando la llamaron de la empresa y le dijeron que se abrían puestos en el sector de limpieza en el turno noche, estalló de felicidad. Y más, cuando en la primera semana de capacitación, les dijeron que eran la primera camada de mujeres. ¿Cómo?, se preguntó Mailén, que jamás se hubiera imaginado que no podían trabajar de limpieza en el turno noche. “La verdad fue muy emocionante porque además de conseguir un laburo como este, con un muy buen sueldo y registrado, también enterarme que estábamos sentando precedente por una lucha de las compañeras me pareció una responsabilidad enorme. Nos quedamos todas heladas. No iba a ser solamente un laburo, sino que también íbamos a romper el hielo”, dice a LATFEM.

Una transformación lenta pero persistente

Y apesar de que la incorporación de nocheras significó una trasnformación enorme, se encontraron con otros obstáculos machistas que no tenían que ver con las reglas pero sí con las conductas de compañeros con los que tenían -y tienen-que convivir. “Desde que empezamos hace cuatro meses nos encontramos con un montón de situaciones complicadas con los varones”, revela Mailén.  Antes de que les asignaran de manera fija la estación Retiro, cuando todavía no las habían inaugurado, rotaron por casi todas las estaciones de la E. 

Cuando limpiaban por las vías para limpiar se encontraban con los chiflidos y silbidos, los mismos que muchos varones hacen en la calle y son acoso. “Compañeros, vamos a venir todos los días, somos sus compañeras de trabajo”, les dijeron. De a poco, los varones van entendiendo lo machista de esas intervenciones. 

“Nocheros que están hace más de veinte años que nos decían en la cara ´la verdad no quería que entraran mujeres y sigo sin querer que estén acá´. O incluso muchas veces nos pasó que ni siquiera nos saludaban, como si no existiéramos”, relata.

Por el momento, a las nocheras las limitaron a trabajar en las tres estaciones nuevas. Es decir, por ahora, solo hay mujeres en Catalinas, Correo Central y Retiro.

Por el momento, a las “nocheras” las limitaron a trabajar en las tres estaciones nuevas. Es decir, por ahora, solo hay mujeres en Catalinas, Correo Central y Retiro. “La excusa que nos pone la empresa es que no quieren que nos mezclemos, pero la realidad es que los varones en las estaciones se resisten a compartir ese espacio con nosotras”, sostienen. Igual están tranquilas. “Ya vamos a cambiar, de a poco”. 

Un cuarto de descanso propio

A las dos y media de la mañana tienen media hora de descanso. A esa hora se juntan en el cuartito designado y Adela saca del tupper la sorpresa culinaria del día: puede ser sopa paraguaya o chorizo a la pomarola. “Es un grupo hermoso, nos hicimos muy amigas, estamos mucho tiempo juntas”, dice ella. En lo personal por ejemplo, Adela cuenta que también ser nochera le cambió el vínculo con su marido: “Ahora que los dos trabajamos de noche dormimos juntos a la mañana, ¡recuperé a mi marido! Hace veinte años que solo dormíamos juntos los fines de semana”.

Todas las noches se cierran los accesos de la estación y solo queda uno, por el que los proveedores tienen acceso para entrar: lxs trabajadores que arreglan las vías, lxs que colocan los carteles de publicidad, las cuadrillas que reparan escaleras mecánicas.“El clásico es que cuando ellos están en la puerta gritan ´¡Nocherooooo!´, ese es el grito típico para que les abramos la puerta”, cuenta Mailén a LATFEM. Hace quince días uno de los provedores gritó:”¡Nocheraaaaa!”. Las tres se miraron y festejaron: “¡Lo logramos”