Por: Fotos: Villa San Carlos

La historia de Mara se inscribe en una constelación de futbolistas trans que juegan en otras categorías del torneo AFA y tiene correlato con las luchas de deportistas trans que se escurrieron por entre las normas y se fugaron de los reglamentos hasta reinventar el campo de juego.

Desde que el club bonaerense Villa San Carlos presentó a Mara Gómez como jugadora del equipo, su historia comenzó a replicarse e instaló, en medios y en redes, el debate del binarismo en el deporte: por un lado, los colectivos feministas y deportivxs celebran la noticia y el resquebrajamiento de los viejos cimientos de la cancha de fútbol; por otro lado, desde algunos sectores salieron atrincherados a esgrimir argumentos biologicistas que ponen en el centro de la discusión a la testosterona para hablar de superioridad masculina y ventaja deportiva. Citan rancios tratados médicos y algunOs (con o) hasta se animan a jugar a la futurología y vaticinan: aluviones de jugadoras trans llenarán las canchas de fútbol femenino para sacar ventaja con sus hormonas.

Mientras tanto, la delantera de veintidós años -que hace cuatro consiguió tener su nuevo documento tras la sanción de ley de identidad de género en 2012- ya entrena a la par de sus nuevas compañeras del equipo de Berisso. Ahí está la reciente bicampeona y goleadora con el club amateur Las Malvinas bajo el sol de enero en la ciudad de La Plata practicando el deporte que ella dice la salvó la vida, esa vida que para el colectivo al que pertenece tiene una expectativa promedio de 36 años. 

La futbolista no llegó a cualquier equipo sino a uno que ya tiene en su haber una pelea ganada a su misma dirigencia. El año pasado las autoridades de Villa San Carlos habían decidido descender el equipo a la segunda división del torneo de AFA tras el anuncio de profesionalización del fútbol femenino con el argumento de que no tenían presupuesto para costear los ocho contratos mínimos dispuestos por la entidad. Frente a esto, las jugadoras del equipo se organizaron para seguir siendo parte de la primera categoría, donde pelean en el fondo de la tabla. Porque la desigualdades deportivas que se ven dentro de la cancha con otros clubes hablan de las desigualdades fuera de ella: la falta de apoyo, de entrenamiento y seguimiento en la alimentación, por ejemplo. Y como muchas de sus compañeras del equipo y del torneo y local, Mara tiene doble o triple jornada laboral; además de estudiar enfermería y entrenar en el club, para poder sostenerse económicamente es manicura, hace alisados y trabaja limpiando en la casa de una familia. No es la testosterona la variable que inclina la cancha entre los equipos.

La historia de Mara se inscribe en una constelación de futbolistas trans que juegan en otras categorías del torneo AFA y tiene correlato con las luchas de deportistas trans que se escurrieron por entre las normas y se fugaron de los reglamentos hasta reinventar el campo de juego.

Una transgenealogía

La historia de Mara se inscribe en una constelación de futbolistas trans que juegan en otras categorías del torneo AFA y tiene correlato con las luchas de deportistas trans que se escurrieron por entre las normas y se fugaron de los reglamentos hasta reinventar el campo de juego. Como por ejemplo Jessica Millaman, que en 2017 se convirtió en la primera jugadora trans de hockey federada en Argentina y su pelea, junto con la de Saira Millaqueo, llevaron al Comité Olímpico Internacional (COI) a revisar las condiciones de la participación de deportistas trans en competencias de alto rendimiento. El 7 de abril de aquel año, la Confederación Argentina de Hockey difundió una circular donde daba cuenta que había adoptado las modificaciones hechas por el COI y afirmaba: “Aquellas personas que cambien de sexo masculino a femenino son elegibles para competir en la categoría femenina”. Eso abrió las puertas también para que se federaran,por ejemplo, Mía Gamiatea en San Luis, Natalia Lazarte en Tucumán, Natasha del Valle en San Juan y Victoria Liendro en Salta. 

Sin embargo entre las normativas que modificó el COI y que rigen en la actualidad para los deportes de alto rendimiento se explicita que los varones trans que quieran competir en disciplinas masculinas no tienen ningún tipo de condicionamiento para hacerlo. Sin embargo, para las mujeres trans que quieran participar en categorías femeninas es distinto:  deben tener un nivel de testosterona inferior a 10 nanogramos por mililitro de sangre y deben demostrar haber hecho un año de tratamiento de hormonización previo a la competencia. En el caso de Mara, para poder ser inscripta y autorizada como jugadora de Villa San Carlos, la AFA también pedirá que se le realicen exámenes médicos y exigirá que su nivel de testosterona esté dentro de los parámetros establecidos. 

“La medición de hormonas es un acto violento y discriminatorio”, dice Saira Millaqueo a LATFEM. La jugadora de hockey sostiene que “el Estado tiene que estar presente en estas situaciones para garantizar derechos”. Por eso, ella que fue candidata a consejala por el Frente de Todxs en Bahía Blanca en 2019, trabajó en la Ley de Identidad de Género en el Deporte junto al senador Federico Susbielles. La ley 15.100, que fue aprobada en diciembre de 2018, indica que todas las instituciones deportivas de la provincia de Buenos Aires deberán inscribir a las personas en la categoría que desee por su género autopercibido; en caso de no hacerlo, puede llegar ser sancionada por incurrir en una actitud discriminatoria. “Por sobre todas las cosas se prioriza la Ley de Identidad de Género y se contrapone a cualquier instrumento legal que se intente utilizar para denegar el derecho del acceso al deporte”, explica Saira. Una ley que va en consonancia con dejar de medir en hormonas la identidad de lxs atletas. 

La referenta deportiva y fundadora de La Nuestra Fútbol Feminista, Mónica Santino también apunta en el mismo sentido: “No es la testosterona, son derechos”. Dice la frase, la sostiene en el aire por unos segundos y la dispara como una flecha rápida contra quienes hablan de la “hormona masculina” y la ventaja deportiva. Y ahí aparece Lionel Messi como ejemplo que cita la misma Mara y para responder también a esas argumentos biologicistas. Ahí está el escurridizo número diez, el mejor jugador del mundo ni tan alto, ni tan fuerte, ni tan rápido como sus compañeros o rivales en el campo de juego para que su nombre sea la mismísima respuesta. 

Cómo romper el binarismo histórico sobre el que está organizado el deporte, cómo desarmar la jerarquía de los cuerpos, cómo agrietar las canchas y hacer fisuras para escapar de los tratados y los exámenes médicos. La historia de Mara, en un año en donde se disputarán además los Juegos Olímpicos en Tokio, pone en foco esta discusión sobre la concepción binaria del deporte, la perspectiva de derechos de cuestiones de género que atraviesan a la competencia profesional y las distancias entre ella y las conquistas sociales y plantea algunas preguntas: cómo crear un fútbol de-generado, un deporte donde jugar todes juntes.