Hace aproximadamente treinta años hay computadoras en las casas de las personas con internet. Al principio acceder a la información era un proceso lento, con algunas trabas simples como alguien interrumpiendo la banda ancha por querer hablar por teléfono bajo el mismo techo. Después, todos sabemos lo que pasó: la modernidad se ocupó de la aceleración de las cosas. Cuanto más en el futuro estamos, más veloz e imperceptibles deben suceder los eventos.
Internet es una ventana al planeta entero. Eso es emocionante y abrumador. Todo al alcance de un click significa demasiado sin ver y una verdad matemática muy cruda: ni la vida humana más larga puede abarcar toda la información que existe. Igual lo intentamos y pasamos de pestaña en pestaña, de escribir un párrafo laboral a responder un emoji en un chat. Cuanto más rápido naveguemos, llegaremos a más. A veces, con el celular apuntando a los ojos, aparece la pregunta sobre si la vida sería mejor si nos hubiéramos detenido en el MSN. Por nuestra adicción, por un lado, y porque los dueños de nuestro tiempo son muchísimo más millonarios que nosotros y diseñaron un mundo del que somos esclavxs.
Y justo ahí, en medio de la confusión, aparece el mar. “La más ininteligible de las existencias no humanas”, dijo Clarice Lispector. La playa tal como la conocemos hoy, con vendedorxs de churros y trencitas, cuerpos de todo tipo, reposeras y sombrillas, es una construcción cultural. Según el historiador Alain Corbin, la playa moderna es una invención de Occidente. Entre 1750 y 1840, el mar pasó de ser una imagen que traía recuerdos del diluvio universal provocando miedo y repulsión, a ser un espacio de recreación, descanso y diversión. Este proceso, que duró casi un siglo, implicó la domesticación del mar como espacio sublime o abismo romántico. Pero el mar sigue siendo un misterio y sólo él conoce los secretos que lo habitan. Hasta ahora.
Esta semana el streaming del océano le ganó en rating a todos los demás, incluso a una conferencia presidencial y a los escándalos de la de la farándula. Si bien hay canales para todos los públicos y nichos, algo tuvo este que los demás no: nos hablaron con una cadencia pausada, con el volumen característico de una conversación y no del micrófono sobre la boca. No intentaron entretenernos con juegos o anécdotas. No transmitían pensando en la audiencia, pero su forma de narrar y observar nos incluyó sin esfuerzo. Nos mostraron la vida del fondo del mar en tiempo real y funcionó como una especie de recordatorio de que ahora, mientras vos estas en tu oficina, ese otro mundo sigue existiendo. Un universo que nos pone en perspectiva. Nos obliga a vivir el tiempo de una manera más pausada, un tiempo que el ritmo de la vida de hiperproductividad no nos permite. Es una meditación asistida por las voces de expertxs en vertebrados, plumas de mar, corales. Nos permite escapar de la realidad y a la vez nos sumerge de lleno en ella.

En esta transmisión marina por momentos “no pasa nada”. Un círculo de luz intenta encender la oscuridad para conocerla. Por momentos, aparece un bicho y lo observamos varios minutos. Muchos están quietos, pero igual nos llaman la atención y los miramos como si fueran un show de luces y ruidos encandilantes. Por momentos, la máquina-robot los quiere atrapar. Por momentos, no puede, y en otros momentos lo logra y debe guardar la planta o animal dentro de una caja. Todo lleva su tiempo, el tiempo lógico de las cosas trascendentales y antiguas.
Probablemente el pico de rating también tenga que ver con que cada vez es más difícil escuchar lo mal que se está. Por eso, los streamings a los que mejor les va son los que no hablan de política. Pero ellos, los científicos a bordo del Falkor (too), no son streamers, no están intentando inventar el nuevo producto y sí están haciendo política. Desde el territorio y también hacia las personas: lograron sorprendernos en un momento difícil para la sorpresa. ¿Quién se asombra un martes mirando un perro de rulos y pelo largo si el lunes le apareció en Instagram un video hiperrealista de una catástrofe natural que nunca existió?
Evidentemente, las cosas elementales -el mar, la luna, el fuego- siguen produciendo el efecto sorpresa de la primera vez. Somos miles y miles capturados por el fondo del océano. “El mismo mar nos pierde: nos encuentra/ y nos pierde con su pulso marino” (Fogwill). Por momentos parece un viaje a la galaxia, tiene la misma dimensión de lo insondable y descubrimiento. En medio de un ajuste sin sentido al sistema científico por parte del Gobierno Nacional, y de una atmósfera social donde estos eventos no logran conmover ni movilizar masivamente, hay algunas cosas que todavía sí nos conmueven y nos unen.
Cuáles son esas cosas que nos movilizan, no sabemos: seguramente varias y distintas. La marea emocional de nuestro pueblo será un poco inexplicable como lo es internet, las redes sociales y el proceso de viralización. Hay historia y hay contexto. Y también, corta la bocha, hay cosas que la pegan y otras que no. A pesar del profesorado en engagement, hay un componente de suerte y, quizás, magia en cada moda. Justamente, por internet navegamos: nos dejamos llevar y nos desplazamos por un territorio que está fuera de nuestro control.
Esto que estamos viendo se siente como un buen uso de la tecnología. Los científicos se emocionan cuando encuentran especies que no sabían que existían. Nosotros queremos escucharlos hablar sobre las plantas que estudian y los comportamientos que conocen. Siempre es hermoso escuchar a alguien hablando sobre lo que le apasiona.
En Plástico cruel, José Sbarra dice: “Vio el mar por primera vez. En la distancia el mar era azul. Incuestionablemente azul. Sintió la felicidad de comprobar. Corrió desnudo por la arena de una playa sin turistas hasta que las olas le salpicaron la cara. Se detuvo, sospechando algo terrible, tomó entre sus manos un poco de mar. Y lo temido ocurrió. En el hueco de sus manos, el mar dejaba de ser azul, era sólo agua transparente. Acortar la distancia para destruir el encanto.” Esta vez pasó todo lo contrario. Nos llevaron hasta el fondo del mar, y cuanto más cerca, más misterio. La ilusión se multiplicó. Descubrimos que el fondo del mar está lleno de pepinos de diversa variedad, hay chanchitos, dólares de arena, estrellas frágiles, un pulpo Dumbo.

¡Qué hermosas son todas! La estrella culona, la batatita, las rayas superpoderosas, los peces que parecen tener labios gruesos y pelucas, los traslúcidos, los de colores brillantes y figuras fantásticas que nos invitan a imaginar otros mundos posibles con otras formas de vida. ¿Cuántas especies que no conocíamos descubrimos? ¿Cuántas quedan por descubrir? ¿Al final quizás sí existan las sirenas?
Como buenos argentinos, nos volvimos locos (nosotros) y los volvimos estrellas famosas a los seres subacuáticos y a lxs científicos que relatan con pasión sus hipótesis taxonómicas. Ahora somos cincuenta mil locos admirando las mismas estrellas a la vez. Ahora hay una generación de pibitxs que le dicen a su mamá “quiero ser biólogo marino”. Pero en la superficie, los trabajadores de la Ciencia están desfinanciados y en posible peligro de extinción.
Los científicos del CONICET investigan, buscan y descubren para conocer y proteger nuestro territorio. Los espectadores, en cierta medida, también estamos protegiendo algo.