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Hablar en lenguaje inclusivo es como hacerse vegane. En teoría ganan todes, pero: da paja. El inconsciente colectivo pregona que equipo ganador no se toca, ¿por qué, entonces, ese afán de los grupúsculos feminazis de cambiar algo que sirve, que moldeó nuestra manera de entendernos a nosotres mismes y el mundo que nos contiene y al que, en un mismo movimiento, moldeamos? “La lengua no crea la realidad. No la configura drásticamente”, sostiene Santiago Kalinowski, director del Departamento de Investigaciones Lingüísticas y Filológicas de la Academia Argentina de Letras. Lo hace a título personal, ya que dentro de la AAL conviven varias posturas distintas respecto de este tema. “Dicho esto –continúa–, no es lo mismo crecer en un mundo donde no hay discusiones acerca de cómo la gramática codificó el patriarcado ancestral de la especie[1],que crecer en un mundo donde a ese patriarcado ancestral se lo señala, se lo interpela y se lo denuncia, poniendo el foco en que el uso del masculino no marcado lo refuerza y lo avala. Una persona que tiene una conciencia clara acerca de la desigualdad actual entre el hombre y la mujer, y que tiene conciencia acerca de cómo las estructuras sociales humanas instalaron, consagraron y defendieron esa desigualdad, va a tender a ser más equitativa, a darse cuenta cuando una decisión está animada por un prejuicio sexual o a no incurrir en conductas violentas o discriminatorias contra la mujer y, por extensión, contra cualquier minoría sexual. Un morfema, por sí mismo, no va a cambiar la realidad. Lo que sí puede cambiar la realidad es la discusión colectiva de las dinámicas de poder que someten históricamente a la mujer a la discriminación, la cosificación o la violencia”.

En mitad de una conversación casual sobre el libro Gorda vanidosa, de Lux Moreno (Paidós), Natalia Zito me comentó al pasar que para ella nos encontramos en un momento histórico de repensar todo lo que considerábamos como dado. Es un proceso de deconstrucción progresiva, parcial, que se va dando en la medida en que nos ponemos en disponibilidad para él. Un ejemplo: camioneta cruza bicisenda sin luz parpadeante, sin manito agitada sobre la ventanilla, sin mirada consultora, solo velocidad y ángulo cerradísimo, casi contra mi rueda delantera, que avanza a velocidad crucero. Como casi choque, exploto en un “¡Hijo de puta!” pletórico de indignación. Sigo pedaleando. Y pienso: “hijo de puta” no, “hijo de yuta”. Al llegar a destino, el insulto trasmutado es ya: “hije de yuta”. Pero: lo que gano en corrección política lo pierdo en potencia ofensiva porque un insulto es más hiriente cuanto más antiguo y codificado. ¿Cómo lograremos el golpe demoledor del tan siempre presente “gorda puta”? No hay, no existe, abyección peor que ese cruce entre feminidad y corporalidad disidente. Será necesario un gran ejercicio de creatividad delirante para dar con fórmulas equivalentes, pero inclusivas. Por ejemplo: “sorete mal cagado”, “pedo deprimido” o “femicida de Lucía”.

El inclusivo nos permite observar en tiempo real cómo respira nuestra lengua. No bien los pactos de uso se desarman, caídos a pedazos, insostenibles, aparecen otros que los reemplazan. Así, el “todas y todos” de Cristina, que parecía muy inclusivo hace unos años, se vuelve hoy impracticable: ¿qué haríamos con todes aquelles no binaries, subjetividades que existen por fuera de lo masculino y lo femenino, reconocidas por la ley como ciudadanes de derecho? ¿Es evolutivamente necesario / útil una lengua machista? “Lo que ha sido machista es la especie humana y las estructuras sociales que creó a lo largo de su historia –sigue Kalinowski–. El proceso por medio del cual ese ordenamiento social se codificó en la gramática es inconsciente: el hombre acaparó todos los espacios de preponderancia y visibilidad a tal punto, que los hablantes simplemente asumían que, ante la duda, o ante la insuficiencia de información, lo que tenía más probabilidades de ajustarse a la realidad era el género masculino. Así nació, suponemos, lo que hoy llamamos masculino genérico o no marcado. No sabemos cómo se habría estructurado el género gramatical sin esa preponderancia masculina. Estos procesos no se dan en torno de ideas de utilidad o ventaja. Son el correlato obvio y esperable de un ordenamiento social que relega históricamente a la mujer. Por eso tiene tanto sentido, para cualquiera que se plante ante esta situación de injusticia de nuestras sociedades, intervenir precisamente ahí, porque cada vez aparece el masculino no marcado se está, en cierta forma, reforzando, avalando o actualizando el patriarcado ancestral de la especie.”

La lengua es individual y colectiva al mismo tiempo; de cada une y de todes, en un proceso performativo continuo, en infinita, ininterrumpida, ósmosis. ¿Significa esto que es cambiante, inestable? “El inclusivo es una intervención que no se puede considerar un cambio lingüístico. Está llamado a ser un hito discursivo en la historia de las luchas políticas humanas. Está en el nivel de I have a dream, de Martin Luther King Jr., o el Liberté, égalité, fraternité de la Revolución Francesa. Ese vaticinio me parece mucho más seguro que especular acerca de sus impactos gramaticales, aunque nunca se puede saber a ciencia cierta qué hará una lengua en el futuro. Si el masculino no marcado fue el producto de una sociedad patriarcal, androcéntrica, se sigue que, para que se codifique un neutro o un género no marcado en la gramática, deberemos primero crear sociedades igualitarias y mantenerlas durante el tiempo suficiente. Mientras esa meta no llegue, el lenguaje inclusivo será uno de los medios disponibles, tal vez uno de los más potentes, para alcanzarla.”

AO: ¿Pero qué es el lenguaje inclusivo, exactamente? ¿Hay una sola variante, hay muchas? ¿Es un fenómeno únicamente argentino?

SK: Se trata de una intervención del discurso público que persigue el objetivo de lograr ciertos efectos en el auditorio. Específicamente denunciar la situación de desigualdad entre el hombre y la mujer, y lograr un cambio cultural que pueda llegar a tener impacto en lo social. Es la configuración discursiva que rodea la lucha política sobre temas de la mujer. Es decir, es un fenómeno retórico y no lingüístico. No busca convertirse en gramática. Eso lo tiene sin cuidado. No pretende que más de 550 millones de hablantes cambien el modo en que se estructura el género gramatical. Lo que busca es cambiar la sociedad. Tuvo varias etapas (desdoblamiento, @, x, e) y conviven diferentes variantes porque todavía hay un cierto grado de inestabilidad (sobre todo en singular, y con cosas como los artículos o los pronombres). El fenómeno es global. En otras lenguas asume diferentes formas porque el género gramatical se expresa de diferentes maneras. Existe este mismo debate en inglés, francés, alemán, lenguas nórdicas, etc. Esa es una de las razones por las que es tan importante dar el debate, desarrollar las herramientas para poder interactuar con las ideas que circulan alrededor del tema, porque de otra manera estamos eligiendo ausentarnos de un diálogo global. El masculino genérico es prácticamente un universal lingüístico como es un universal humano la desigualdad entre el hombre y la mujer.

AO: ¿Se puede separar la lucha lingüística de la social? ¿Cómo se relacionan entre sí?

SK: Los humanos somos animales lingüísticos. Todo lo que hacemos involucra a la lengua de una u otra manera. La acción política es uno de los ámbitos en los que la lengua (los recursos retóricos, los debates, las polémicas, las entrevistas, las opiniones, las diatribas, los discursos de tribuna, etc.) tiene un rol especialmente protagónico. En este sentido, no parece que sea posible pensar en una lucha política sin pensar en una configuración discursiva que la rodea. Lo que no me queda claro es qué sería “lucha lingüística”. Existe una lucha muy fuerte de tipo simbólico alrededor de las lenguas y los dialectos que en la mayoría de los casos se remonta al mundo colonial y sus jerarquías culturales. En ese proceso se instalaron falacias, como que las lenguas están en Europa y en América los dialectos (en inglés y español, por caso). Se creó y se difundió esta noción de que las potencias coloniales tienen una suerte de “prioridad cultural” mientras que las excolonias son culturalmente “derivadas”, o “secundarias”.  En la práctica lingüística cotidiana de los hablantes, la influencia de las instituciones es mucho menor de lo que se quiere admitir en este tipo de debates. Existe también, por otro lado, mucha demagogia cuando se dice “hay que devolverle la autonomía a los hablantes”. Los hablantes nunca perdieron la autonomía. Las academias de la lengua combatieron nuestro voseo durante todo el siglo XX, sin el menor éxito. Cuando los hablantes de una lengua se decantan por algo, eso se convierte en la realidad lingüística de la comunidad y, antes o después, las academias terminan incluyendo ese rasgo o fenómeno en sus obras, primero en las descriptivas y luego en las normativas.

AO: Como país soberano, ¿podemos pensar la posibilidad de un uso inclusivo de la lengua, más allá de lo que decidan hacer en España y el resto de los países hispanohablantes?

SK: Por supuesto. Este fenómeno no depende de ninguna institución o nación. No conoce esas fronteras o limitaciones. Los hablantes tenemos el derecho inalienable de crear el discurso que necesitamos, según nuestros objetivos. La decisión no está centralizada. Lo vemos en las instituciones educativas. Puede haber decisiones ministeriales, de los rectorados o de las direcciones, pero la demanda por el inclusivo aparece igual. Si no la traen los alumnos, la traen los docentes. El aula no es un espacio inerte o inerme, subordinado a quien sea que esté en la posición de poder del momento. Es un espacio vivo, creado activamente en simultáneo por todos los actores y factores que intervienen.

AO: ¿Es negativo o afecta de alguna manera que la RAE esté en contra de la lengua inclusiva?

SK: Creo que contribuye a hacer que el tema se vuelva más tóxico, y refuerza la idea, ya demasiado instalada en la opinión pública, de que la lengua la decide una minoría. La lengua es algo que no está en ningún otro lugar que en la mente de los hablantes. No es algo que se decide en una institución académica, como tampoco se decide entre movimientos activos en la lucha por la igualdad. Las lenguas cambian más o menos, dependiendo de los diferentes momentos históricos, se incorporan palabras, se acuñan expresiones, etc., de acuerdo a sus propias razones. Dado que el fenómeno del inclusivo es político y discursivo, no gramatical, la sociedad recibe la postura institucional de la RAE como una intervención política, como una reacción al anhelo de hacer más justa la sociedad. Se puede argumentar que quien más se perjudica con eso es la propia RAE.

AO: ¿Cuáles son las problemáticas de hablar con la “e”, arriesgamos la inteligibilidad de la lengua?

SK: Creo que mucha resistencia al fenómeno, que en general se debe a un rechazo de tipo político, también se debe a precisamente a lo contrario. No hay ningún problema de inteligibilidad. Requiere un esfuerzo mayor de procesamiento, sobre todo si se usa en la conversación, pero por lo demás sería hipotéticamente posible que una lengua codifique un morfema especial para cuando el género es no marcado. Uno puede incluso arriesgar la idea de que eso es lo que habría pasado si, a lo largo de los cientos de miles de años que hace que nos comunicamos lingüísticamente, la especie humana hubiera construido sociedades sin sexismo. El uso de la “e” no es un riesgo, ni un peligro. Su objetivo es claro, sus ámbitos de circulación también, sus circunstancias de enunciación también. Busca un cambio en la realidad, circula sobre todo entre personas especialmente activas en la lucha por la igualdad y se enuncia eminentemente cuando la lengua es pública en algún sentido. Tampoco es algo que tenga el potencial de “destruir la lengua”, amenaza que se escucha frecuentemente entre quienes se oponen al recurso y buscan amedrentar a quienes lo usan. El español es la segunda lengua del mundo en cantidad de hablantes. Saber eso y declarar al mismo tiempo que una vocal tiene el poder de destruirla es una contradicción flagrante. Una lengua con más de 550 millones de hablantes es de una fortaleza extraordinaria. No es fácil destruirla ni cambiarla. Se estima que, dentro de los próximos cien años, la mitad de las lenguas conocidas actualmente habrá desaparecido. Una lengua frágil es otra cosa.

Saludo la libertad creativa que nos habilita el lenguaje inclusivo. La creación de nuevos tropos, como el de Ofelia Fernández, que informó su cansancio supino por las divisiones de la izquierda tradicional con un gráfico, poderoso y feminista “me secan la concha”, al anunciar la creación de un frente popular junto a, entre otres, Juan Grabois, importante cuadro pro aborto clandestino, “la pata peronista del papa”.

Y sí: la realidad es compleja; la lengua que usamos para referirla y para conformar nuestras subjetividades, también debería serlo.

[1] Tomo esta expresión del académico de la RAE Pedro Álvarez de Miranda, cambiando “patriarcalismo” por “patriarcado”. https://www.eldiario.es/cultura/libros/lenguas-cambian-decreto_0_841316624.html