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Personalmente, prefiero escuchar, contar y leer las historias sobre el parto que rechazan las fantasías contemporáneas sobre el empoderamiento. El parto es una cosa monstruosa y no tiene uncomponente moral. Yo me pongo del lado de los monstruos;sobreviví para contarles sus historias.

En 1847, el médico escocés James Young Simpson empezó a experimentar con cloroformo para disminuir el dolor físico del parto.  Para 1852, la reina Victoria lo utilizaba para aplacar la sensación del trabajo de parto, que ella describía como “esa cosa horrible,” “como si fueras una vaca o un perro.” Una vez que la realeza aceptó administrar el dolor del parto, otros empezaron a seguir su ejemplo, rápidamente y con ganas. Durante milenios, el dolor del parto había sido interpretado como un castigo que las mujeres merecían. Si el parto ya no tenía que ser físicamente doloroso, ¿qué pasaría con los valores morales asociados alguna vez con ese dolor?

La pregunta es retórica,por supuesto, porque hay todavía muchísimas maneras de entender el parto en términos moralizantes. La reciente nota de opinión de Jessi Klein en el New York Times, “Just Get the Epidural”, demuestra cómo el parto contemporáneo muchas veces se ve como algo que una puede hacer correcta o incorrectamente, y que esta perspectiva es simplemente otra manera anticuada que tienen las mujeres para disciplinarse entre sí. Lo que queda claro es que incluso los debates feministas más progresistas siguen influenciados por una actitud pre-moderna que le da al parto una definición moral: como algo que se puede hacer de manera correcta o no. En mi primer embarazo, me seducían esos ideales feministas y pensaba que mi manera de parir iba a decir algo sobre mí y sobre mi fuerza. El parto, para decirlo con una palara que sigue teniendo un poder extraño para las mujeres embarazadas, me iba a empoderar.

Pero después de tener a mis dos hijos, por más que quiero ponerme del lado de Ina May Gaskin, cuya Guide to Child birth se abre con la afirmación de que “la mejor manera que conozco de contrarrestar los efectos de las historias aterradoras [sobre el parto] es escuchando o leyendo otras que empoderan”, yo no puedo hacer eso. El parto no es empoderador. Es espeluznante, aterrador y extraordinario. Lo cual no quiere decir que no pueda ser placentero, eufórico o incluso prosaico, sino que esperar obtener algo tan cargado políticamente como “el poder” por medio de una caótica experiencia biológica nos alinea con una larga historia de discursos moralizantes sobre el parto—una historia que rara vez les da lugar a las mujeres para descubrir con honestidad lo que está ocurriendo en sus propios cuerpos. El dogma religioso alguna vez vio el parto como un castigo; las defensoras del parto “natural” lo ven como empoderamiento. ¿Qué puede hacer una persona que tuvo una experiencia de parto profundamente amoral?

Mis dos partos, altamente intervenidos y medicalizados, terminaron en cesáreas, heridas graves y problemas de lactancia. Incluso más que la peridural, la cesárea es el lugar más álgido del discurso moralizante de nuestra época sobre el parto, lo cual vuelve aún más difícil procesar la experiencia de haberlo vivido. Mis cesáreas fueron deshumanizantes, desempoderadoras y, a la vez, completamente reveladoras.

Personalmente, prefiero escuchar, contar y leer las historias sobre el parto que rechazan las fantasías contemporáneas sobre el empoderamiento. El parto es una cosa monstruosa y no tiene uncomponente moral. Yo me pongo del lado de los monstruos;sobreviví para contarles sus historias.

Personalmente, prefiero escuchar, contar y leer las historias sobre el parto que rechazan las fantasías contemporáneas sobre el empoderamiento. El parto es una cosa monstruosa y no tiene uncomponente moral. Yo me pongo del lado de los monstruos;sobreviví para contarles sus historias.

En 1639, embarazada por la decimosexta vez, Anne Hutchinson tuvo un aborto espontaneo y dio a luz a una bola de tejido; hoy probablemente le hubiera diagnosticado un embarazo molar. Hutchinson había sido excomulgada de la Iglesia de Boston y expulsada de uno de los primeros asentamientos coloniales británicos en las Américas, el Massachusetts Bay Colony, el año anterior por haber organizado sermones laicos en su casa. El grupo grande que la seguía inquietaba al poder de la Iglesia (y de la política). John Winthrop, el gobernador del Massachusetts Bay Colony, que la había interrogado durante el sínodo de los pastores, buscaba informarse de las actividades de Hutchinson incluso durante su exilio.

Cuando supo del aborto, Winthrop transcribió en su cuaderno la descripción que había recibido del médico que la había revisado a Hutchinson: “Contemplé…varios nudos, cada una de ellos muy embrollado…sin forma…parecidos a algunos cardúmenes de peces…los nudos eran veintiséis o veintisiete, distintos y no unidos…seis de ellos eran grandes como su puño, y uno grande como dos puños…los glóbulos eran cosas redondas, integrados a los nudos, del tamaño de un poroto”.

Winthrop siguió preocupado durante añospor el útero de Hutchinson. En 1644, escribió un relato en el cual incluyó descripciones detalladas de los abortos de Hutchinson y de su defensora Mary Dyer. Winthrop argumentó que lo que había salido de los cuerpos de estas mujeres era claramente un juicio de Dios: “Tan claramente como si [Dios] lo hubiera indicado con Su dedo, les hizo producir con sus vientres algo idéntico a lo antes habían producidocon sus mentes, unos abortos tan monstruosos que ninguna crónica anterior (me parece) registra algo semejante”.

Los escritos de Winthrop son solo unos pocos de los innumerables ejemplos históricos y contemporáneos de hombres en posiciones de poder que intentan disciplinar el cuerpo reproductor de la mujer, describiéndolo como animal y monstruoso. Interpretó esas difíciles experiencias emocionales, potencialmente mortales, como un juicio divino que las condenaba.

Pero vale la pena quedarnos por un momento con el relato de Winthrop, a pesar de su misoginia innegable. Winthrop estaba claramente horrorizado por esos hechos asombrosos. El vientre de Hutchinson había producido algo que parecía inhumano. Y aunque Winthrop intente utilizar los nudos y los glóbulos para escribir una historia, él mismo reconoce que el tema del vientre de esas mujeres queda espantosamente por fuera de lo narrativo: “ninguna crónica anterior (me parece) registra algo parecido”.

¿Sería muy monstruoso confesar que, en este comentario, me parece que tiene razón?

Sin querer, Winthrop llegó a un conocimiento sobre la amoralidad del parto que muchas escritoras desde hace siglos han contemplado detalladamente. Suelo pensar mucho en las historias que las mujeres, reales o ficcionales, nos han contado sobre el embarazo. Pienso en Mary Wollstonecraft, que le escribía a Godwin durante el trabajo de parto (de Mary Shelley) en el cual fallecería: “No tengo dudas de que hoy veré al animal”. Pienso en Harriet Jacobs, que no deseaba sino la muerte para los niños que paría en la esclavitud. En la dramática escena de parto que Kate Chopin se niega a narrar en The Awakening. Estas representaciones revelan lo superficial que es el concepto de empoderamiento, cuando lo consideramos a la luz de las historias del parto, biológicas y sociales, largas y entrelazadas.

Me parece que a las mujeres contemporáneas (sobre todo las que están informadas sobre las discusiones feministas sobre el parto) les cuesta escuchar este tipo de historias: cuando el parto es peligroso, o desdichado, lo vemos como algo que “salió mal” y nos dirigimos hacia pensadoras como Gaskin para que nos ayude a confiar en la sabiduría de nuestros cuerpos. Es cierto que los cuerpos tienen sabiduría de algún tipo, pero es fácil perder de vista que esa sabiduría no tiene valor moral. Son las historias que contamos sobre los cuerpos las que los impregnan con valores morales.

La teórica Della Pollack escribe que los relatos de parto de las mujeres “resisten la vergüenza y el silencio… porque rechazan los modelos narrativos”.  Esos modelos morales cambian a lo largo de la historia; se pueden observar en las historias donde el parto es “la maldición de Eva” y en aquellas donde es perturbadoramente primario en un mundo hipoalergénico. Pero algo que me resulta claro después de dos partos horribles y desalentadores es que la idea de empoderarnos a través del parto se ha convertido en un modelo narrativo—y que habría que resistirlo.

La primera vez que parí mi cuerpo no quiso empezar el parto, a pesar de perder líquido amniótico durante demasiado tiempo, aún después de días intentando inducirlo tanto de forma “natural” (sexo, aceite de ricino, de onagra) como “artificial” (pitocina). Pero no tuve ni una sola contracción, ni siquiera suave. Solo él y yo, pegados, se ve que sin ganas de dar el primer paso y comenzar la historia. Finalmente, termina en una cesárea, una hemorragia masiva, un esposo echado de la sala de operación y mi propia experiencia—sorprendentemente banal—de casi morir.  

Con el segundo bebé, como tenía curiosidad sobre el parto (y miedo de someterme a otra cirugía), intenté un parto natural. Después de sesenta horas de trabajo (¡mi curiosidad quedó más que satisfecha!), tres horas pujando y una fiebre de 39,5, finalmente le pegué un grito a la partera: “¡Se me va de las manos!”.Ella me respondió con una decisión médica, ofreciéndome una estructura narrativa para acabar con mi sensación de interminabilidad: dos pujos más con ayuda de succión y después nos íbamos a la sala de cirugía.  

La esbelta partera y la pequeña obstetra de turno llamaron a un médico de hombros anchos que llegó con una ventosa que parecía un dispositivo de tortura medieval. Me metió la copa de goma en la vagina y la rotó, aspirando la cabeza del bebe. Mi útero se contrajo;el hombrazo jalaba con fuerza mientras yo pujaba. Gemí, y hubo una cacofonía de palabras de ánimo cuando de repente– ¡POP! Con un ruido, la pequeña copa de goma salió volando de mi vagina, cubriendo todo con sangre. Toda la sala pareció suspirar; mi esposo y yo soltamos gritos. Después nos dimos cuenta de que los dospensamos que la cabeza del bebé se había desprendido. Fue una idea ridícula, hasta cierto punto, pero también totalmente posible, porque a esa altura ya me quedaba claro que todo era posible.  

Así que cuando la operación fue otra vez complicada—las adhesiones entre el útero y la vejiga me produjeron una lesión—casi ni lo registré. Usé un catéter durante diez días, amamantando a mi bebé con una bolsota de orina atada a la pierna. No existe ninguna crónica que pueda darle sentido a todo eso.

¿Será acaso la hora de abandonar totalmente la idea del parto como experiencia moral? De resistir por completo la aplicación del juicio retrospectivo y prospectivo, las categorías del “buen parto” y “mal parto”: ¿se puede imaginar el parto fuera de esas categorías? ¿Hay manera de preferir la monstruosidad del parto? ¿De mirar de frente las descripciones de Winthrow, rechazandola moralización odiosa pero conservando esos nudos monstruosos?

Mis partos me han dado una perspectiva maravillosamente deformada y no la cambiaría. Y no porque “lo único que importa es que el bebé sea sano” (acaso la frase más misógina de todo el lenguaje del posparto), sino porque, como madre, siento que me han brindado una perspectiva que no todos tienen.Cuando me junto con otros padres en mi barrio y me cuesta angustiarme sobre filosofías escolares o el rechazo infantil al brócoli. “¿A quién le importa? ¿Qué importa?” Les quiero gritar amorosamente:“¡Todos hemos sido heridos, arrancados unos de otros! ¡Qué asombroso!”

Sin necesidad de buscarla con los dedos, siento la cicatriz en el vientre todos los días; mi mente y cuerpo se han reorganizado alrededor de ese grabado violento. Después de tener a mis hijos así como los tuve—en parto in extremis—me siento como una de esas feministas francesas, llena de jouissance y auto-destrucción. Los hijos son pequeñas máquinas de muerte, te desgarran el cuerpo. Te mordisquean. Son animales. Somos todos animales, sangrantes y con el vientre vulnerable, cortado después de una lucha valiente.

“Monstrous Births” es el nombre original de este texto de Sarah Blackwood que Tiana Bakić Hayden y Mariana Levy traducen para pensar el tema y preguntarse sobre la monstruosidad en este acto.