Cida Gonçalves: “hoy la agenda feminista es una línea política de Lula Da Silva”

La ministra Aparecida Gonçalves es especialista en políticas públicas con enfoque de género y posee una larga experiencia profesional y militante vinculada al movimiento feminista. Fue funcionaria durante las gestiones de Lula da Silva y Dilma Rousseff y ahora asume la cartera de Mujeres como ministra. Conversamos con ella sobre los desafíos de llevar adelante la perspectiva de género desde adentro del Estado en un país como Brasil, y luego de 4 años de un gobierno que destruyó la arquitectura de género con que contaba el Estado. Esta entrevista forma parte de “Institucionalizadas: cuando los feminismos se vuelven parte del Estado”, una investigación transnacional de LatFem sobre Argentina, Uruguay, Chile y Brasil con apoyo de FESminismos, proyecto regional de la Fundación Friedrich Ebert (FES).

Veja a versão disponível em português desta entrevista

—¿Cuál es la importancia de la existencia de ministerios centrados en las políticas de género? ¿Cuál es su valoración de esta arquitectura estatal?

—Es fundamental en todos los países porque, antes que nada, garantiza a las mujeres en espacios de poder, principalmente en la esfera federal, en lo más grande del Ejecutivo. Cuando se tiene un Ministerio de las Mujeres, la mujer está en el primer eslabón del gobierno y tiene, de hecho, el poder. En primer lugar, es eso: el mensaje que se manda a la población y a las mujeres.

En segundo lugar, es nuestra capacidad de hacer políticas. Sabemos que muchas de nuestras políticas son transversales, pero cuando estás sentada en la misma mesa que el presidente podés defender tus propuestas desde un lugar de privilegio muy importante. El otro día discutíamos acerca del G20, y el presidente (Lula Da Silva) indagó al ministro (de Trabajo) (Luiz) Marinho sobre la cuestión de la ley de la igualdad, a lo que él contestó: “Esto es con Cida, voy a resolverlo con ella”. Terminamos teniendo este espacio de articulación en pie de igualdad con otros ministros. Creo que esto es fundamental en cualquier gestión. Estamos trabajando en esto como una cuestión de gobernanza. Precisamos tener ministerios, secretarías estaduales y municipales.

—¿Cómo se reciben las propuestas feministas en otros ámbitos de gobierno? ¿Son bien recibidas o hay tensiones?

—Existen dos grandes bloques. En los gobiernos anteriores del Partido de los Trabajadores (PT), con Lula y Dilma, hubo mucho más resistencia con los feminismos, en este ya es una línea política del Presidente de la República. Si se discute la pobreza, por ejemplo, se toma la cuestión de la desigualdad, siendo la desigualdad de género el principal punto trabajado. Es algo muy importante y estratégico en este gobierno.

¿Cuál es el desafío? Por un lado, poner en la agenda nacional la cuestión de género y la desigualdad. Por otro, hoy son las mujeres las que eligen, las que traen votos. Tenemos muchos ministros haciendo muchas cosas casi sin ni siquiera conversarlo, aunque es un tema en agenda del presidente. Tenemos, por un lado, esta construcción con diversos ministerios formulando políticas sin intercambiar con nosotras, y otros que sí lo hacen, pero por tener más dinero, anuncian las políticas antes.

Hoy son las mujeres las que eligen, las que traen votos

Si me preguntás ¿qué prefiero? Prefiero pelearme con ellos porque anunciaron un programa antes, sin avisarme, que lidiar con que ignoren el tema. Creo que son cuestiones importantes en términos de gobernanza, pero que debemos construir la mejor forma de dar este proceso. He discutido y hablado con el presidente Lula que no hay que limitarnos a la transversalidad, el Ministerio de las Mujeres tiene que ejecutar, contar con un presupuesto, representar a las mujeres. No podemos solo quedarnos en decir: “respecto a la transversalidad y la interseccionalidad, logramos incluir mujeres prioritariamente en el Mi Casa, Mi Vida (programa nacional de acceso a la vivienda)”. Necesitamos decir “el Ministerio de las Mujeres entregó tantas Casas de la Mujer Brasilera”, presentar resultados, porque el Ejecutivo funciona de esta manera.

Estamos en un momento en el cual debemos seguir dando esta discusión transversal y bancarla al interior del gobierno. Es una disputa permanente con los ministros que la especialista en el área soy yo y el Ministerio de las Mujeres. Es una disputa que doy en las reuniones ministeriales. No lo hago en el pasillo, eso no lo voy a hacer. Es una disputa política, es esa la que tiene que ser dada. Pero es una característica mía, que vengo del feminismo. Yo soy feminista. Quizás otra ministra lo haría de otra manera.

Me gusta mucho que estemos implementando estas políticas. Más allá de que me enoje cuando se adelantan en los anuncios, me gusta que produzcan, que tengan mujeres en sus ministerios, que piensen sobre eso, que hayan contratado feministas en diversos ministerios. Si no son feministas del activismo, son las que estudiaron, hicieron maestría, doctorado, que vienen de la academia con su feminismo. Eso también nos ayuda a consolidar la política para las mujeres.

—¿Cómo definiría el modo feminista de hacer política?

—Suelo decir que estar en la gestión pública no significa dejar tus principios. Las personas suelen hablar mucho de la radicalidad feminista, y yo estoy en ese campo. O cambias la vida de las mujeres o no hay por qué ocupar esos lugares. Tenés que traer elementos desde ese rol, ese lugar y esa forma de pensar. En 4 años (o incluso en uno, porque un ministro no necesariamente queda todo el mandato), ¿qué hice de diferente para la vida de las mujeres y al interior del gobierno que deje una marca feminista? Una marca de la radicalidad feminista: no mentir, no tener miedo, poner los principios básicos de solidaridad, de respeto, de humanidad. Traer todo esto al debate de la política pública es muy importante. Para mí, este es el gran desafío.

Soy una ministra feminista. Ellas mismas lo reafirman todo el tiempo: “Cida es nuestra ministra feminista.”

La otra cuestión es que, con esto, se tenga algo que considero muy importante, que es el apoyo de las feministas. Ellas saben que yo sigo siendo feminista, aún como ministra. Soy una ministra feminista. Ellas mismas lo reafirman todo el tiempo: “Cida es nuestra ministra feminista.” Son cuestiones importantes que demuestran que, por ahora, estoy en el camino correcto.

—¿Cómo es la articulación con los movimientos feministas? ¿Existe un espacio de encuentro? ¿Hay tensión con los movimientos al ocupar un cargo en el Ejecutivo? 

—Yo me encuentro con las feministas en el bar, conversando [risas]. Desde el punto de vista político, es un punto de tensión porque en la gestión se tiene que decir “no” a ciertas cosas. Una de las características que tengo, que muchas conocen, es que no voy a tener problema de decirlo. El problema es decir que sí y no cumplirlo.

Ahora estamos con la cuestión del aborto puesta en discusión en el Supremo Tribunal Federal (STF). Yo digo: vamos a tener una posición de garantizar que el servicio de atención de aborto legal funcione; ustedes van a las calles a defender lo que tienen que defender. Son roles diferenciados en lugares diferenciados, y ellas lo saben: ninguna posición mía es por la pérdida de derecho de las mujeres. No voy a defender ninguna pérdida de derechos, y ellas tienen confianza en ello. Solemos conversar, ellas me dicen, “Mirá, Cida, estamos yendo a pelear”. Es parte. Creo que lo importante es algo que Lula siempre lo dice, y para mí es fundamental, que es: si no tenés los movimientos peleando, es mucho más difícil avanzar dentro del gobierno. Especialmente en un gobierno como el nuestro, sin mayoría en el Congreso.

Foto: Luara Baggi

Ahora estamos enfrentando un proceso en que el bloque de centro está pidiendo la cabeza de las mujeres. Ya cayeron tres: dos ministras y la presidenta de la Caixa Econômica [banco público]. Si no tenés un movimiento en la calle, exigiendo, poniendo en agenda, no logramos avanzar dentro del gobierno. Es un proceso que debemos entender que es natural. Pero hay momentos como, por ejemplo, la Marcha de las Margaridas (la Marcha de las Margaritas se hace cada 4 años, la última fue en 2023, es una enorme movilización de mujeres que evoca a Margarida Alves, una líder sindical de las campesinas asesinada en la puerta de su casa en 1983, en el marco del conflicto agrario que nunca ha cesado en el campo brasileño entre terratenientes y los campesinos de la agricultura familiar). Yo marché con ellas, hablé, y después estaba en el estrado con el presidente Lula. Cuando las personas me cuestionan por marchar, yo digo que soy feminista, marché toda mi vida. ¿Cómo voy a tener 150 mil mujeres en la calle y estar en mi despacho? No hay forma, y creo que para ninguna ministra feminista. Encima llevé a Janja [esposa de Lula] para marchar conmigo [risas].

—¿Usted cree, según su experiencia, que se puede transformar el Estado desde adentro?

—No lo sé, tengo dudas. Es una conclusión que todavía no tengo. Mientras estás en este lugar, conseguís cambiar. Yo espero dejar un ministerio que nadie más lo pueda derrumbar. Hay exigencias respecto de seguir la agenda internacional, pero necesito consolidar el ministerio. No podemos correr el riesgo de no tenerlo más en dos años. No podemos volver a ser una secretaría de la cartera de Derechos Humanos. Es necesario consolidarlo como estructura gubernamental.

Por eso digo que la prioridad es la gobernanza. Si en dos años tenemos 2 mil secretarías en el país, es mucho más difícil cerrar el Ministerio de las Mujeres. Si se tiene diversas políticas ejecutadas bajo tu responsabilidad, es mucho más difícil [deshacerlas]. Se tienen que crear formas de resistencia dentro del gobierno para garantizar el mantenimiento del espacio político de las mujeres. En este momento, es mi estrategia, porque es el primer Ministerio de las Mujeres de Brasil.

Algunos dicen que es algo que se tiene que reconstruir: no, no tenemos que reconstruir, porque no existía. De hecho, acabaron con todo (se refiere a la gestión de Jair Bolsonaro). Eliminaron todo que era dirigido a las mujeres, no quedó nada. No es reconstruir. Es empezar de cero, encima peor aún: destruyeron lo que habíamos hecho. Consolidar esto como algo permanente en el Estado es mi gran desafío hoy: garantizar que el Ministerio tenga una estructura, una gobernanza y una ejecución que haga imposible que cualquier gobernante elimine el Ministerio de las Mujeres. Este es el desafío.

Consolidar esto como algo permanente en el Estado es mi gran desafío hoy: garantizar que el Ministerio tenga una estructura, una gobernanza y una ejecución que haga imposible que cualquier gobernante elimine el Ministerio de las Mujeres. Este es el desafío.

Si no termina, tenemos espacio para dar una disputa de cambio de Estado. No se puede en dos años. En este tiempo, se pueden solidificar algunas cosas, como por ejemplo, pudimos solidificar la política nacional de enfrentamiento a la violencia contra las mujeres, entonces esta es nuestra política principal para consolidar otras cosas. Pero ahora estamos discutiendo la igualdad salarial. Aprobamos la ley, estamos discutiendo la igualdad, pero junto a eso, discutimos la cuestión de los cuidados. Junto a eso, quiero discutir la división sexual de tareas domésticas. Mínimo, vamos poniendo algunas piedras fundacionales para, quien venga después, pueda volver a discutir o reasumir dentro del gobierno.

Esto es posible. Pero modificar el Estado es algo que vamos a hacer dentro de 10, 15 años. No tengo ninguna perspectiva de que en 4 años de gobierno, aunque yo permanezca ministra en ese tiempo, podamos cambiar la estructura de gobierno.

—Dentro de lo que hicieron y que dices que fue destruído, ¿puedes dar ejemplos de alguna de esas políticas muy significativas y por qué crees que fue posible desarmarlas?

—Tenemos diversos ejemplos, pero voy a citar tres que son importantes. Uno es la política nacional de enfrentamiento de la violencia contra las mujeres. Habíamos trabajado, desde 2003, del primer gobierno Lula, a 2016, con el gobierno de la presidenta Dilma, en consolidar una política nacional de confrontación a la violencia contra las mujeres que diera cuenta de varios elementos: prevención, atención, combate, responsabilización y la garantía de derechos. Para eso, creamos diversos instrumentos. Para tener la atención, se necesita capilarizar. No dábamos abasto de todos los servicios de Brasil, entonces creamos la línea 180.

Foto: Antonio Cruz/Agencia Brasil

Este es el mayor ejemplo de lo que fue destruído. Eliminaron el 180 y la pusieron en la Defensoría de los Derechos Humanos. Eran operadores hombres o mujeres, no eran solamente mujeres quienes atendían los casos; cambiaron el listado de preguntas y respuestas e incluyeron otras que son conflictivas, especialmente en términos de lidiar con casos de violencia sexual. Por lo tanto, ellos destruyeron el 180. Cuando llegamos, lo primero era ver cómo reconstruir un servicio que lograba llegar a un municipio de 2 mil habitantes. Los datos del 180 mostraban que quienes más llamaban eran mujeres de municipios de menos de 15 mil habitantes, por no haber ningún servicio en esas localidades de atención a la mujer. Entonces, para tener información o ayuda, ellas llamaban al 180. Y porque en un municipio de 15 mil habitantes, la mujer no recurre a una comisaría común para denunciar agresión del marido, por varios motivos.

Este para mí es el ejemplo más grande de la destrucción llevada a cabo. Hasta hoy no conseguimos consolidar el retorno de este servicio de la forma que queremos. Vamos a tener que rehacer la licitación y discutir la concepción en el Tribunal de Cuentas de la Unión (TCU), que busca garantizar la economía del Estado partiendo del punto de que la eficacia es cuando gastas menos, mientras nosotras trabajamos con la idea de que eficiencia y eficacia es cuántas personas atiendes, cuántas vidas consigues salvar. Son ópticas totalmente diferentes: una es de la economía y otra es de la vida.

Aún dentro de la cuestión de la violencia, construímos siete Casas de la Mujer Brasilera. En un período de 6 años [tras la destitución de Dilma, en 2016], no se construyó ninguna más. La Casa de la Mujer Brasilera tiene una atención humanizada. Está hecha para terminar con la ruta crítica de las mujeres. Todos los servicios están concentrados allí, y la mujer sale con una medida protectiva en manos. Ninguna más fue inaugurada. 

Otra cosa es la Secretaría de Mujeres. Cuando salimos del gobierno había casi 800 secretarías de mujeres, ahora no llegamos a 300. Para mí, este es un ejemplo de qué es destrucción. Estas 300 están sin estructura, sin recurso, sin poder, sin condición de venir a Brasilia y reunirse conmigo, participar de un Foro Nacional de Secretarías de Mujeres. Son tres grandes ejemplos que tenemos de destrucción.

—¿Cuál ha sido la mayor sorpresa –agradable o desagradable– respecto a ocupar un cargo dentro del poder ejecutivo?

—Voy a empezar por el negativo. El primer punto negativo es que en el movimiento hay más rapidez para algunas cosas. El Estado es muy burocrático, muy demorado. En el movimiento, no; se decide hacer una manifestación, se consigue el dinero y en 15 días se hace, se va a la calle, se moviliza. El tiempo de ser movimiento y el tiempo de ser Estado es diferente. Esta es una primera contradicción que, quien ingresa al Estado, lo nota.

Otro punto es que son lugares completamente diferentes. Yo digo a mi equipo: el tiempo del Estado no es el tiempo del movimiento. El movimiento —o la academia, pero especialmente el movimiento feminista— tiene mucho tiempo para trabajar. Claro, está la urgencia de las luchas, no estoy desconsiderando esto, pero la lucha es permanente. El tiempo en el Estado, no. El Presidente de la República, el gobernador del Estado, el intendente, son electos por 4 años. Tienen 4 años, este es el plazo. Lo que no se haga en 4 años, no se hace más. Es otro tiempo.

Un ejemplo es la Ley del Femicidio, que aprobamos en 2015, dio mucho trabajo porque el movimiento quería seguir discutiendo si la ley debería referirse a femicidio o feminicidio. Ellas necesitaban profundizar el debate, dar una discusión mayor. Sí, pero las mujeres se están muriendo. Necesito resolver el problema, no puedo esperar todo el proceso de elaboración teórica, perfecta, ¡y yo creo que ellas tenían razón! Dije que deberíamos optar por lo más abarcativo, volví al ministerio y decidí por “feminicidio”, que es un concepto mucho más amplio que “femicidio”. Fuimos al Congreso a presentar la ley, llamamos a las feministas para discutir. Muchas quedaron bravas, putearon, dijeron que no fueron escuchadas, pero hoy estas mismas mujeres son las que están en el Levante Feminista reivindicando la implementación de la ley en el país.

No hay tiempo para esperar un proceso para ver cuál es la mejor concepción teórica. La cuestión es la necesidad de salvar vidas. Es completamente diferente. Si las mujeres están muriendo, tenemos que actuar. Como ahora, vamos entrar en un debate que cerré con Flavio Dino [quien era el Ministro de la Justicia en el momento de la entrevista, en noviembre de 2023] que vamos a apoyar la tobillera electrónica para los agresores en el caso de evaluación de alto riesgo para las mujeres. Hay una discusión judicial y una feminista, de que la tobillera electrónica puede ser un problema [para los hombres]. Pero la cuestión es que cada 6 horas hay una mujer asesinada en el país. Yo soy ministra. En el año siguiente, ¿quién responde por todos estos cuerpos? Hay que crear un mecanismo. El problema no es si el agresor va a estar con una tobillera o si no tiene medida cautelar; yo debo pensar que quiero viva a esa mujer. Si estoy en el Estado, este es mi rol. 

Son cuestiones que el movimiento puede tener tiempo. Yo no tengo. Necesitamos trabajar con índice de feminicidio cero. Necesito las Casas de la Mujer Brasilera. Necesito hacer campañas de prevención y concientización, todo eso que el movimiento pide, pero también necesito evitar las muertes. Y si tengo el instrumento, es lo que necesito hacer. Y lo voy a hacer.

—¿Cuál es el problema puntual con la cuestión de las tobilleras electrónicas?

—Las personas tienen dos problemas: uno es el judicial, que dice que la medida preventiva es una medida cautelar, y otro es la cuestión de cómo el agresor que trabaja va a estar con la tobillera electrónica y no puede entrar en el banco para buscar el salario. Yo soy muy simple en cuanto a eso: no quieres usar la tobillera, no agredas. Educate.

Las mujeres del Levante Feminista discuten teóricamente, mientras tanto yo necesito ejecutar. Abrimos una convocatoria para financiar la tobillera electrónica. Ya son 10 los Estados que solicitaron, 5 millones de pedidos. No es una urgencia solo nuestra, es de quien está en la punta, trabajando, de las delegadas, las juezas, fiscales, y de las mujeres. Algunos dicen que las mujeres que más mueren son las que no tienen medida protectiva, también es un dato real. Entonces pregunto: ¿por qué no tienen medida protectiva? Porque no tienen protección del Estado. Ellas saben que si van a la comisaría a pedir la medida protectiva, el hombre va a estar en la esquina. Si él tiene la tobillera y está siendo fiscalizado, la mujer va con más seguridad, sabiendo que alguien lo está vigilando para que no se acerque y cumpla con la medida protectiva.

—Empezaste por los puntos negativos; ¿y los positivos?

—El positivo son las entregas. Aunque pelees internamente con el movimiento de mujeres, con todo el desgaste que esto implica. Por ejemplo, cuando entregamos la Ley Maria da Penha, la ley del Feminicidio, cuando creamos el programa, cuando nos dicen que la Casa da Mujer brasilera funcionó, que confían en el servicio, aunque sean pequeñas cosas, eso hace la diferencia para la vida de las mujeres y para los movimientos. Es algo muy positivo estar en el Estado si se viene con una intención de responder en la práctica.

Siempre lo digo para mis amigas de la academia: yo hago, después ustedes hacen las investigaciones para analizar si funcionó o no.

Siempre lo digo para mis amigas de la academia: yo hago, después ustedes hacen las investigaciones para analizar si funcionó o no. Porque si no, ¿cómo van a poder monitorear si una política es buena o no? Teniéndola lista. Yo trabajo con esa concepción. Y, claro, no son políticas que yo invente de mi cabeza, son discusiones del movimiento desde hace tiempo y vamos implementando. Eso para mí es un punto muy positivo. Estar en el Estado, en la estructura estatal, en un lugar de poder en donde puedas de hecho alterar cosas super importantes. Esto es positivo. Pero tenés que estar en un lugar de poder, porque si se está en un lugar de subpoder, no lo logras.

—¿Cómo valora la paridad de género y las cuotas como herramienta política?

—Tener a mujeres en el poder es algo muy importante para el feminismo. Y no lo estamos logrando, tenemos solo 17% en Brasil. Tuvimos ahora este año la cuestión de las cuotas, que cuando no se aplica, el partido es condenado, recibe una multa, pero cuando va al Congreso, se perdona la multa. Es un gran desafío. Y cuando hablo de las mujeres en lugares de poder es en el legislativo pero también es en la sociedad brasilera; garantizar que las mujeres puedan estar en todos los lugares. Estamos intentando, pero no lo logramos aún.

—¿Pero sigue siendo una herramienta importante, en su opinión?—Hubo un aumento para las diputadas federales, en la Cámara de Concejales, pero no fue suficiente. Yo empiezo a defender sillas; creo que necesitamos garantizar una cuota de sillas. El partido que vea cómo decidir quién se va a sentar en aquella silla. Se tienen 11 vacantes, yo defiendo entre 20 y 30%: dos son para mujeres. Después, tendríamos que definir el criterio, si es la más votada, si es una disputa entre las mujeres, como sería. Pero sería por silla, porque hoy en Brasil tenemos 5.700 municipios, y mil no tienen una concejala en la cámara. Mato Grosso do Sul no eligió una mujer; una asumió porque un concejal tuvo su mandato revocado. ¿Cómo un país que tiene 52% de la población de mujeres, con un Ministerio de la Mujer, todavía tiene municipios y Estados sin ninguna mujer en el parlamento? Esto es un dato.

Foto: Patrick Grosner Audiovisual/PR

“Institucionalizadas: cuando los feminismos se vuelven parte del Estado” es una investigación especial transnacional de LatFem sobre Argentina, Uruguay, Chile y Brasil con apoyo de FESminismos, proyecto regional de la Fundación Friedrich Ebert (FES).