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Nos tienen miedo y tenemos una ventaja sobre ellos porque no saben cómo son nuestras estrategias. No entienden que somos un movimiento asambleario, horizontal, que el 8 de marzo se ha construido con asambleas abiertas en cada pueblo, en cada facultad, en las que no hay jefas y nadie nos paga. Cuando tu enemigo no te entiende, tienes la ventaja.

El primer pensamiento antipatriarcal se le cruzó a Irantzu Varela cuando tenía seis años y estaba en el piso mirando en la televisión una película del oeste norteamericano. La pantalla le devolvía mujeres tontas, sufrientes, que se caían y pedían ayuda de varones. Estaba en la casa de su abuela y todas las mujeres que había a su alrededor eran lo opuesto a esos estereotipos de la ficción: eran trabajadoras y maravillosas. “Ahi entendi el conflicto de lo que se supone que tiene que ser una mujer y la lucha de cada una de nosotras por ser lo que quiere ser. Esa es como la esencia del feminismo. La pulsión entre ser aceptada y ser tu misma, que gane la de ser tu misma en la batalla diaria”, dice cuatro décadas después de ese momento iniciático.

Tuvo que pasar mucha vida hasta que esa epifanía pudiera ponerle nombre de feminismo. Una escuela religiosa de monjas donde solo tenía compañeras y los estudios de ballet la encarrilaron hacia la “niña bien” y “mujer bien” que deseaba su familia y la sociedad para ella. Fue en la Universidad que alguien le acercó “El segundo sexo” y como para muchas, fue como tomarse la pastilla lila y ver la matrix. “Es muy cliché pero no había Teoría King Kong ni cosas asi y habia que leer a las clásicas. Ese fue el principio del fin”, cuenta. Después de esa lectura el camino se hizo irreversible. Irantzu nació en Portugalete (Vizcaya) en 1974. A su identidad de vasca se sumó la de feminista.

Antes de convertirse en la zorra, fea, gorda y malfollada que todas las semanas hace pedagogía desde la televisión Irantzu no estudió teatro. Contra todos los prejuicios que pesan sobre quienes procuran hacer feminismo desde Internet (y más aún sobre quienes usan el humor como herramienta), tuvo un largo recorrido en el universo académico. Estudió en la Universidad del País Vasco (Euskal Herriko Unibertsitatea) en un momento internacional de “puro meneo” entre 1993 y 1998. Terminó la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y luego cursó estudios de posgrado relacionados con el desarrollo y la cooperación internacional y también con la comunicación y el género. Allí se acercó a las teorías de género y entendió que “esto no es un club ni un pin, tiene un corpus, metodología y propuestas concretas”. A partir de los viajes que hizo mientras trabajaba en organizaciones de cooperación internacional conoció los movimientos feministas latinoamericanos. Su mirada se fue ampliando. 

Como la profesión periodística ya estaba precarizada, busco generarse su propio trabajo remunerado: junto a una colega armó una cooperativa para ofrecer sus servicios de formación en perspectiva de género. Ese espacio se llamó UNA y después Faktoria Lila, iniciativa que todavía coordina. Además de dar talleres, empezaron con un blog que rápidamente empezó a crecer en lecturas. Algunas de las entradas llegaron a medio millón de visitas. En 2014 la convocaron para dar una charla sobre periodismo redes sociales y revolución. “Ese día lo di todo”, recuerda. Y ahí estaba para verla y escucharla Pablo Iglesias que, hasta ese momento, era “el de La Tuerka”. El hombre de Podemos le propuso hacer un microprograma que criticara con mirada feminista al suyo y ella no dudó. Ya tenía pensada hasta el tema musical de apertura: Me gusta ser una zorra de Las Vulpes, un grupo punk de la provincia vasca de Vizcaya-

El tornillo empezó como un programa de dos minutitos en el medio de siete horas de pantalla semanal para La tuerka, el programa progre y de izquierdas. Esos dos minutitos empezaron a abrir un tajo y se convirtieron en material obligatorio para el feminismo contemporáneo en España, el país Vasco y el mundo

“Hasta la próxima vez que nos dejen salir”. Así se despide Irantzu Varela cada vez que termina el microprograma que ahora se emite En la frontera TV. Cuando empezó hace cinco años pedía una cámara prestada y un amigo le editaba los videos. Con el tiempo, ella se compró la suya y aprendió a editar. Ahora hace todo: escribe los guiones, filma y edita.

Decimos siempre que no se nace feminista, se llega a serlo. ¿Cómo fue transcurrir la infancia y la adolescencia con ese pensamiento antipatriarcal que se te cruzó mirando la televisión?

Yo no me he ido deconstruyendo como mujer como Dios manda. Ha sido como una demolición, como el Perito Moreno pero a lo bestia con el calentamiento global. Todos los espacios se de tranquilidad y confort se han ido desmontando y no lo he hecho sola, sino siempre acompañada. Fue como abrir una puerta. Esa sensación que tenemos muchas cuando nos hacemos feministas “¡Coño! Si esto es lo que yo pensaba pero no lo sabía poner en palabras”. Cuando además de las clásicas leí a Kate Millet y sus aportaciones brutales, cuando leí Devenir perra, fue todo absolutamente irreversible.

¿Qué cambios ves a nivel internacional desde que empezaste a ahora? ¿Qué desafíos nos plantea este momento a las comunicadoras feministas?

El gran cambio que ha sucedido a nivel mundial y especialmente en España y en Argentina es que hemos convencido a una gran mayoría de mujeres que esto va con ellas. Yo nunca creí que esto iba a suceder. Todos los derechos que tenemos las mujeres los ha conseguido la lucha de las mujeres que han peleado -que no han sido todas-. Nunca hemos visto ese hilo que nos une, la genealogía. Los mensajes por muchos motivos no llegaban. Parecían cosas de tías que están demasiado enfadadas, o que les ha ido mal en la vida, o que le sacan punta a todo. Es lo que le decían a las sufragistas también. Hemos conseguido generar un mensaje por el que todas las mujeres se sienten interpeladas. Las que no se sienten interpeladas se sienten atacadas porque sienten que su feminidad cómoda y cómplice se ve cuestionada. Esto tiene retos porque ahora la gente está gritando en la calle, escribiendo libros, diciendo en medios de comunicación y diciendo en series lo que decíamos hace diez años y nos llamaban locas. En el mainstream, en Netflix por ejemplo, hay un niñe de 11 años y no es un drama. Esto tiene que ver con lo que han conseguido los colectivos LGBTIQ. Las conquistas se consolidan cuando se ponen en el mainstream con naturalidad. Eso es una responsabilidad pero también es una oportunidad. Porque quiero pensar qué vamos a poner en la hegemonía dentro de diez años. 

En ese contexto, preocupa también la avanzada de la derecha y los partidos políticos ultraco conservadores neomachistas….

Es una reacción y no hay que quitarle importancia pero el sentido común lo hemos trasladado a un sentido bastante más igualitario. Ahora la gente de bien quizás sigue estando en contra de las personas trans y del aborto, por ejemplo, pero lo tiene que decir con la boquita bien apretada y tienen que rezarle a quien sea que crean para que el niño no le salga marica.

Estamos destruyendo no solo cuestiones de género sino en todos los niveles. La estamos liando muy parda para el capitalismo, para la Iglesia y para la opresión patriarcal. 

Y encima decimos que  estamos en contra de todas las formas de opresión y estamos en contra del racismo: ¡Somos el puto enemigo! Algunos sectores del sistema han pretendido instrumentalizarnos pero le sale fatal porque el feminismo no se puede fingir. 

Nos tienen miedo y tenemos una ventaja sobre ellos porque no saben cómo son nuestras estrategias. No entienden que somos un movimiento asambleario, horizontal, que el 8 de marzo se ha construido con asambleas abiertas en cada pueblo, en cada facultad, en las que no hay jefas y nadie nos paga. Cuando tu enemigo no te entiende, tienes la ventaja.

¿Qué lugar le cabe el feminismo en los partidos políticos tradicionales?

Creo que es imprescindible que haya feministas en los partidos políticos, en los sindicatos y en los movimientos sociales porque va a ser la única manera que haya propuestas feministas. Si hay un Partido Político Feminista no va a poder ser la voz de representación del feminismo, por ejemplo. Porque el feminismo es un contrapoder y se alimenta de los márgenes. El feminismo cuánto más se alimenta de los márgenes, mejor feminismo es.

En los 70 las señoras blancas heterosexuales norteamericanas  que habían estudiado filosofía estuvo muy bien. Pero Las señoras blancas norteamericanas de los ‘70 que habían estudiado filosofía dijeron algo tan fundamental para el feminismo como “Lo personal es político” ¡Joder!. Pero para decir eso tenías que tener las necesidades básicas cubiertas y tener el tiempo para mirar al horizonte. Reivindico el papel de las académicas pero  a medida que se han sumado las propuestas filosóficas y las herramientas de análisis de esas personas de los márgenes, el feminismo ha sido mejor. El feminismo es un contrapoder y siempre me estoy tratando de aventurar cuál será la próxima opresión que vamos a incorporar, el otro día me decía una amiga que va a ser la cuestión d: dejar de dividir a la gente en cuerda y loca. 

Claro que tiene que haber feministas en los partidos políticos porque  las que sabemos hacer política feminista somos las feministas pero toda feminista que se meta en un partido político o institución tendrá que entender que sus amigas la vamos a seguir queriendo pero vamos a estar enfrente y que no puede haber ninguna estructura patriarcal que trate de instrumentalizar el feminismo. Eso es lo que me gusta de que no tengamos líderes, estamos construyendo otra manera nueva de luchar. Y… esto no sé si se puede confesar :estamos improvisando. Esto lo dice Yayo Herrero, antropóloga e investigadora ecofeminista: “No existe la victoria final”. Camino es lo único que tenemos. No vamos a tomar el Palacio de Invierno. No es vamos a quitar unas estructuras y vamos a poner otras. Porque es nuestra manera de luchar. Llevamos luchando toda la historia y prueba de ello es que la humanidad sobrevive. ¿Quién se ha ocupado de la sobrevivencia mientras los hombres se mataban entre ellos y lo llamaban guerra y dejaban de matarse y lo llamaba paz? Nosotras. Entonces nosotras tenemos otras estrategias de supervivencia y de lucha articulada. Esto no es una religión. Ni tenemos lideresas que le vamos a hacer panteones gigantes cuando mueran. Tenemos otras estrategias de lucha acorde a nuestras estrategia de supervivencia a lo largo de la historia. 

Fuiste candidata al Senado en 2015 , ¿cómo fue esa experiencia?

Los partidos políticos son estructuras patriarcales por definición con figuras de liderazgo. Yo venía de ser una militante de base y de repente era la candidata, la señora a la que le hacen foto, y le ponen un nombre en la primera silla. En esos espacios no nos movemos cómodas nosotras. Para mí ha sido una experiencia muy bonita, yo me lo pasé bien, no sé si hay alguien que pueda decir esto en una campaña electoral. A mí me pasó una cosa maravillosa: La candidata al Congreso era Onintza Enbeita Maguregi, una feminista bertsolari (una práctica cultural vasca que consta de hacer improvisaciones de cantos ancestrales en euskera con sentido del humor e ironía). Hacíamos lo que nos daba la gana y poníamos mucho el cuerpo. Las dos somos gordas, con curvas y tetonas. Los responsables de campaña y los votantes no daban crédito porque no están acostumbrados a la política feminista. Por muy partido político de izquierda que sea y se esté revisando. Me ponían ahí y pensaban que todo seguía como siempre pero no. La feminista empezó a liarla parda porque la política feminista no es chicas hablando de cosas, es cambiar al foco de absolutamente todo. Para una persona tan poco ortodoxa como yo era un poco pronto o yo no soy una persona para estar en un sitio tan disciplinado como un partido. Aunque yo me veo en cualquier sitio. Soy esa señora que se ríe de prácticamente todo. Si la política está preparada para mí, yo feliz.

Hay algo de las narrativas feministas contemporáneas que se ven atravesadas por el humor y por Internet…

Creo que Internet ha conseguido algo, que yo en la facultad de periodismo nunca me hubiera imaginado, que es eliminar los intermediarios. Todas las comunicadoras feministas del mundo tenemos la posibilidad de poner lo que no salga del coño y que tenga un alcance potencialmente global. Eso nos permite ser nosotras mismas. Y somos radicales pedagógicas, revolucionarias y divertidas. Cuando empecé El tornillo  me di cuenta que en serio no podía decir casi nada entonces entendí que la ironía y el hacer la mamarracha era un arma para decir cosas que seria no se pueden decir. El humor se ha convertido en una manera de hacer propaganda desde la libertad. Las humoristas argentinas, por ejemplo, hablan haciendo una lectura política de lo que les preocupa. Y todas decimos en broma cómo lo solucionaríamos porque si lo decimos en serio, vamos a la cárcel. Estamos en un momento histórico maravilloso para el humor. El humor feminista da mucho miedo porque salimos a decir cosas que no decimos cuando hablamos en serio. Y además nos hemos aprendido a reír. 

¿Existen límites para el humor?

Esto trae mucho debate. Yo los tengo claros y utilizo una frase de Brigitte Vasallo: “El humor tiene que ser hacia dentro y hacia arriba”. Un tío blanco cis heterosexual haciendo un chiste sobre el Holocausto, sobre el pueblo gitano, la violencia hacia las mujeres o sobre la lgtbifobia lo que hace es reproducir las violencias que necesitan que alguien se esté riendo de esas violencias para no parecerlo. Es lo primero de las violencias simbólicas. Se ríen desde su posición de privilegio, dejan en claro quién es “normal” y sujeto de la risa y por tanto quién objeto de la risa. Los nazis no empezaron gaseando judíos empezaron haciendo chistes sobre ellos. Se creen que son muy políticamente incorrectos. Pero ser políticamente incorrectos es ser como los bufones que le decían la rey lo que nadie se atrevía a decirles pero reírte de las personas pobres, inmigrantes o de las mujeres, es ser un lameculos.

Con el impacto de El Tornillo también llegaron las amenazas y los ataques en Internet. Pareciera que todavía no se toma real dimensión del impacto que tiene la tecno-violencia machista en nuestras vidas como comunicadoras, ¿Qué medidas de cuidado tomás?

Es algo que me preocupa mucho. Mis amigas ya no me dejan decir que no me afecta. Es encender el ordenador o el teléfono y cada día encontrar nuevos insultos, aunque han bajado mucho desde las elecciones generales en España porque pensaban que la ultraderecha iba a ganar y se han quedado en poca cosa. Me amenazan, me llaman fea, gorda, mal follada, vieja, desviada, bollera. Creo que hay que hacer algo urgente: tener estrategias de autodefensa feministas de forma colectiva porque la violencia que se da en las redes es una violencia real. Y además porque todas las violencias físicas requieren un caldo de cultivo que las legitima y esto está legitimando la violencia contra nosotras y se está notando en que cada vez hay más ataques tránsfobos o de lesbofobia u homofobia, está habiendo también pintadas, que nunca antes había habido. La violencia digital además de que es una violencia en sí misma alimenta un caldo de cultivo para una violencia física. Lo que yo más recibo en las redes es “Irantzu, tranquila, ladran, luego cabalgamos” y es “claro, nena, pero me ladran a mí” pero no podemos estar pidiendo que a las tías que tenemos una visibilidad, porque creemos que estratégicamente puede servir para algo, nos pidan que hagamos algo. Vamos, nenas debemos hacer algo juntas. Yo lo que hago ahora es bloquear a lo loco. El trabajo personal de que no te afecte es lo último que hay que hacer, lo primero es la autodefensa colectiva.

Hasta hace un tiempo escuchábamos a colegas nombrarse como periodistas o comunicadoras “con perspectiva de género”. Nosotras en LATFEM apostamos a decirnos periodistas feministas porque creemos que históricamente se ha invisibilizado el vínculo con el activismo que tenemos. ¿Vos cómo te considerás? 

Yo soy feminista y periodista o periodista y feminista. No periodista feminista. Yo llego al feminismo desde la militancia no desde el periodismo o la comunicación. Llego al feminismo yendo a reuniones, manifestaciones, haciendo pancartas y dando guerra. Otra cosa es mi práctica profesional, cuando empecé con los videos no tenía nada que ver con el periodismo. Yo no hago crónicas, hago arenga. Hago propaganda, lo digo siempre. El megáfono es mío. Me lo regalaron mis amigas. Si a mí me pusieran de editora de género en un periódico a los dos días alguien terminaría volando, yo u otro. Todo lo que hago son artículos de opinión. He devenido en lo peor que puede devenir una periodista: una tertuliana (opinadora) en la televisión pública vasca.