Hoy a la mañana buscaba de manera aleatoria imágenes sobre las Guerras del Sexo, aquel debate histórico que ocupó una parte de la atención del movimiento feminista desde finales de los años 1970 hasta avanzada la década de los 1990 y me crucé con esto: la serie de remeras cuadradas de Vivienne Westwood y Malcolm McLaren, creadas junto al manager de The Clash, Bernie Rhodes en año ’75. “Te despertarás una mañana y sabrás en qué lado de la cama te has estado acostando”. Remeras hechas en serigrafía, con detalles escritos a mano, cuyo texto está cortado en dos: por un lado consumos y comportamientos culturales considerados buenos y por otro aquellos considerados malos.
Me gustó mucho este cruce accidental porque esta colección de remeras, hechas a mano por los dueños del local SEX, tienda icónica en la historia contracultural de la moda de Londres de los años 1970, arrojó anticipatoriamente un interrogante complejo no solo liberando la pregunta “¿de qué lado de la cama estoy?” (donde la cama podría ser el espejo de la historia), sino también “¿en qué lado de la cama me han puesto?” gracias al caprichoso listado por el que da cuenta de la arbitrariedad estratégica con la que está construida la asociación disciplinante entre cultura, sexo y moral.
Un capricho que hoy asfixia los medios de comunicación en la asociación de las mujeres trans y travestis, pero también de todo el resto de nuestra comunidad, con la delincuencia y el abuso de menores. Una asociación instrumental que gracias a la expansión punitiva del poder mediático hace prescindible toda estructura legal de veracidad, porque sanciona castigo a través de la levedad difamatoria. Ese circulo económico creado por la cooptación de la cultura del escrache: señalamiento inflamatorio de la fake news, el goce-consumo de la descartabilidad ajena y la irresponsabilidad-impunidad periodística. Click, dinero e ideologización conservadora del sentido común. Un modo de revelar el sucio secreto de un cuerpo, manchando un nombre sin necesidad de pruebas. Tan solo liberando la mera duda. Una duda funcional a un programa político y económico más grande que los propios nombres: la reconstrucción de un orden natural (colonial).
Cuando volvemos a pensar sobre la arbitrariedad moral con la que son moduladas las sanciones a los comportamientos sexuales, gracias a estas imágenes perdidas en el basurero de la historia, podemos afirmar que las guerras del sexo no terminaron. Es decir, que aquellos inflamados debates sobre las relaciones entre sexo y autonomía, mercado y deseo, goce y ciudadanía, género y derecho, pornografía y sociedad, todavía viven, quizás en una frecuencia menos audible pero igual o aún más rentable que antes. Lo que se revela es que el sexo sigue siendo una parte indiscutida de la gestión global del nuevo poder, y aún más ahora, en este nuevo proceso de reconstrucción conservadora.
Un renovado protagonismo del sexo saturó el límite de la identidad y el mercado de su aceptación, recuperando su operatividad tradicional: como una red de imágenes, acontecimientos, contratos, tecnologías y legislaciones que trabajan en, con y a través de otros grandes engranajes del proyecto de dominio, control y supremacía colonial.
En una cultura pública donde la conversación reactiva es ley, se nos hace imposible no responder ante esta cadena de ataques, tan simbólicos como materiales. Pero mirando el pasado brota un tipo interesante de alerta: si consumimos esta herida desde la victimización identitaria, nos perdemos una oportunidad, la de volver a recordar que el sexo, la estructuralidad de su función, es un mecanismo aún más complejo que aquella reducción de reconocimiento liberal a la que ha sido imaginalmente secuestrada.
Solo hace falta diagramar a los protagonistas de esta nueva ola de señalamientos como ‘extraños sexuales’, sujetos espeluznantes que encarnan la amenaza latente de la corrupción cuya sospecha se argumenta sola gracias al desprestigio contemporáneo que experimentan por su identidad de género u orientación sexual: Viviana Canosa reciente operaria de La Libertad Avanza; Verónica Toller, directora del Comité Ejecutivo para la Lucha contra la Trata y Explotación de personas, cercana al Opus Dei y promotora de la película Sonido de Libertad, una película ya canonizada en los movimientos contra la ideología de género, prohibicionistas, antisexo, conservadores y de ultra derecha, cuyo productor es el activista mexicano de ultra derecha Eduardo Verástegui, ex asesor de Trump en la Iniciativa para la Prosperidad Hispana; Tim Ballard, director de dicha película, ex agente de la CIA e igualmente cercano a Trump, con quien Viviana Canosa sostuvo una extensa reunión privada hace relativamente poco. Operadores internacionales que participan orgánicamente de la Conferencia Política de Acción Conservadora, lugar desde donde se han proyectado las carreras políticas de los polémicos líderes de la derecha latinoamericana, como Jair Bolsonaro.
¿Sirve como lectura la hipótesis del chivo expiatorio, esa que afirma, por derecha y por izquierda, que la discriminación contra la identidad de género y la orientación sexual es una cortina de humo de “políticas reales”, es decir, económicas? ¿O quizás sea más útil volver a reconsiderar la operatividad del sexo donde el sexo aparentemente no está, tal como lo hicieron nuestros movimientos en el pasado? En lugar de desmaterializar su densidad crítica y su operatividad en el desesperado proyecto de la colonialidad, reduciéndolo en un régimen de verdad, respeto y merecido reconocimiento identitario, pueda ser más útil volver a mirar cómo las Guerra del Sexo conectaron la cama con la calle, la esquina con la televisión, la sacralización del cuerpo con la criminalizacion de la autonomía económica, la improductividad del placer con la ansiedad del parentesco biológico, dando cuenta de que el lenguaje especulativo en torno a la amenaza sexual, es decir, quienes se vuelven un problema debido al lado de la cama que ocupan, no existe fuera de una imaginación en la que se enhebran otras formas instituyentes del poder global. No existe fuera de un mercado, de una política migratoria, de un ideario religioso, ni de todas y cada una de las ocurrencias desesperadas, absurdas, caprichosas sobre las que se apoya este complejo proceso de reconstrucción conservadora de lo familiar, un antiguo común que vuelve radicalizando su necesidad de eliminar todo lo que se interponga en la pureza del poder concentracionario, del dominio humano.