Luz Vidal Huiriqueo: “Mi foco es hacer política pública para las que más necesitan la presencia del Estado”

Luz Vidal Huiriqueo es una mujer mapuche y trabajadora con trayectoria sindical, su llegada a la Subsecretaría de la Mujer y la Equidad de Género bajo el gobierno de Gabriel Boric es la foto de un momento histórico de participación ciudadana en el Estado luego del estallido de 2019. A días de la votación que puede aprobar o rechazar la Nueva Constitución propuesta por la derecha chilena, hablamos con la subsecretaria en la sede del Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género de Chile sobre el lugar de las mujeres y los feminismos en el gobierno. Esta conversación forma parte de “Institucionalizadas: cuando los feminismos se vuelven parte del Estado”, una investigación transnacional de LatFem sobre Argentina, Uruguay, Chile y Brasil con apoyo de FESminismos, proyecto regional de la Fundación Friedrich Ebert (FES).

Mapuche, artesana y luchadora social. Como trabajadora doméstica se organizó con otras y se convirtió en dirigenta sindical como presidenta del Sindicato de Trabajadoras de Casa Particular (Sincatrap) que reúne a quienes realizan trabajo doméstico remunerado en Chile. En 2021, fue candidata en las elecciones de convencionales constituyentes como independiente dentro de un cupo de Revolución Democrática (RD)​ por la lista “Apruebo Dignidad” en representación del distrito 9. No sumó los votos necesarios pero en 2022 se convirtió en subsecretaria de la Mujer y la Equidad de Género bajo el gobierno de Gabriel Boric. Esta conversación forma parte de “Institucionalizadas: cuando los feminismos se vuelven parte del Estado”, una investigación transnacional de LatFem sobre Argentina, Uruguay, Chile y Brasil con apoyo de FESminismos, proyecto regional de la Fundación Friedrich Ebert (FES). 

—¿Conocías cómo era el funcionamiento del Estado antes de ingresar? O mejor dicho, ¿qué conocías? Porque me imagino que es un lugar muy distinto a las dinámicas de los sindicatos, las organizaciones de la sociedad civil, ¿cómo fue ese enfrentamiento a este universo?

—Es la primera experiencia de estar en el Estado y sigue siendo muy fuerte. La verdad es que no tenía un acercamiento al Estado más que como ciudadana que requiere la respuesta del Estado. Hoy día pongo también esto en valor para poder generar políticas públicas. Muchas veces tenemos la mirada desde un grupo que no necesita esa política pública, que no aplica esa política pública y que hace la política pública para los ciudadanos. Yo tengo la perspectiva de ser ciudadana que ha recibido la política pública, que ha demandado como una sindicalista y que hoy día ejerce la política pública, o que trabaja la política pública. Por lo tanto, creo que tengo complementos y más herramientas para poder liderar una política que tenga todos los componentes que se requieren. 

Ha costado, claro que sí. No tenía el conocimiento administrativo del Estado, pero para eso me he formado. He tenido la fortuna de contar con equipos muy buenos. Creo que sin haber conocido mucho al Estado tal vez mis ancestras me acompañaron para poder hacer esa elección. Tengo un muy buen equipo que me acompaña, profesionales que son muy sororas, mujeres que tienen un tremendo capital y un potencial, que se ponen a disposición para que hagamos la política, para que podamos demostrar que no hay techos de cristal, que la política pública es una posibilidad para las mujeres. Creo que el primer y más grande desafío para mí fue demostrar que todas las mujeres pueden ejercer el rol que ellas quieran desempeñar. Era un desafío poder tomar la invitación que el presidente me hiciera. Fueron cinco segundos para decir que sí.

—¿Vos te definís como feminista? 

—Sí. 

—Hay algo sobre lo que no hablamos mucho las feministas, el poder. Sobre querer ocupar estos espacios. Vos querías dar el salto a este lugar. 

—Creo que sí. A este lugar no lo tenía definido. Pero en parte el salto a la política lo asumí cuando me presenté a candidata constituyente. En ese momento muchos ciudadanos criticaban a los políticos y en algún momento me cansé de escuchar que todos los políticos roban, que todos son unos sinvergüenzas, que todos son unos descarados que se aprovechan de las necesidades del pueblo. Un día, a un feriante en la zona de Renca, le dije “si está todo tan mal, ¿por qué no cambiamos el modelo y nos introducimos para poder hacer los cambios? Si usted cree que todos son ladrones, ¿por qué no ha tomado nunca una posta, una batalla para decir ‘con esta bandera yo voy a tratar de cambiar este modelo’? ¿Por qué solamente nos dedicamos a criticar?”. 

Creo que ahí tomé conciencia de que muchas veces, para que los cambios puedan ocurrir, debemos poder ponernos a disposición de que esos hechos puedan ser posibles para las mujeres. Las que creemos que no hay techos de cristal debemos arriesgarnos. Y no es fácil. Se te presentan muchos miedos, pero hay que saber ser capaz de derribar esos miedos. Nosotras, las mujeres, muchas veces somos las que nos ponemos las barreras y eso es lo que yo me levanto todos los días tratando de mostrar. Mi mayor gestión va a ser que el día de mañana una abogada no me pregunte cómo lo he hecho, que una doctora no me pregunte “oiga, ¿cómo usted lo hace?”. Porque si fue capaz una trabajadora de casa particular, una mujer sindicalista, una mujer indígena, ¿cómo no van a ser capaces ellas? 

Si fue capaz una trabajadora de casa particular, una mujer sindicalista, una mujer indígena, ¿cómo no van a ser capaces ellas? 

—¿Cómo podrías definir qué es una política feminista? ¿Qué características tiene? 

—El trabajo con la ciudadanía, desde las necesidades, desde las particularidades que tienen los territorios, desde las particularidades que tienen las mujeres, desde la diversidad de mujeres. Eso es tener una mirada, hoy día, mucho más feminista. No hay una única forma de ser mujer sino que somos múltiples formas en que nos percibimos mujer, que nos sentimos mujer, que nos identificamos mujer. Por lo tanto, desde esa mirada y desde esa responsabilidad y que nadie se quede atrás, debemos incluir toda esa diversidad de miradas. 

Se ha solicitado desde las organizaciones civiles que las políticas públicas tengan sentido ciudadano, que es lo que se ha criticado mucho en este gobierno. Ese es el antagonismo cuando hay gobiernos de derecha: las políticas se toman desde un sector que tiene el privilegio de tomar las decisiones por otros. Muchas veces esas políticas no tienen el sentido o no tienen la llegada, no se hacen carne en la ciudadanía. Hoy día, desde el Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género, la política la hacemos con la ciudadanía, la hacemos con la gente y así pudimos realizar la actualización del Plan de Igualdad 2023-2030. 

Este plan viene desde el 2018 y lo actualizamos entre el 2022 y el 2023 para el 2030. Esta actualización se hizo con la ciudadanía. Estamos trabajando las distintas políticas de gobierno hoy día. Yo creo que esta es la diferencia que podemos tener entre un gobierno más de derecha y un gobierno mucho más de izquierda, que tiene la visión de cómo la ciudadanía y el pueblo, específicamente, puede participar. 

—Usted dice que la ciudadanía participa, ¿cómo son esos canales de participación? 

—Tenemos mesas en todos los territorios a nivel nacional, pero también tenemos encuentros ciudadanos, cuando hay una política específica, se convoca a la ciudadanía, a la sociedad civil organizada, a participar, a dar su opinión, a plasmar en la política pública. Lo hacemos no solamente desde el recoger esas voces que están en los territorios, sino también en después presentarle a ellos mismos el resultado de la política. Es una devolución del trabajo que ellos han hecho para que se plasme como necesidad de la que el Estado debe hacerse cargo. 

—¿Qué obstáculos aparecen cuando se intenta empujar una política pública feminista? ¿Cómo se sortean esas trabas?

—Creo que el Estado no es el gobierno. El Estado, al menos en Chile, tiene tres componentes y para que podamos aplicar esto nosotros debemos ir a trabajar con los otros poderes del Estado. Ahí es donde muchas veces hemos encontrado ciertos obstáculos. Por ejemplo, con el Poder Legislativo, uno de los poderes que son autónomos. Hemos logrado a través de otras mujeres que están insertas en esos poderes concretar alianzas para que la política del gobierno hoy día pueda estar teniendo sentido. Pero no es la política del gobierno, es la política ciudadana que se exige y que puede tener cierto peso. 

Desde el ámbito de la justicia, que es el tercer poder del Estado, cuando necesitamos la diligencia o la prontitud que se necesita para actuar en medidas, garantizar derechos, protección, reparación para las mujeres y sus familias, igual hemos tenido allí un tremendo trabajo. Hoy en día hay aliadas que están insertas, que están teniendo la visión de género que se necesita para poder implementar en la justicia esta mirada. Es poder tener la perspectiva de género en cómo se juzga, cómo se imparte justicia. Eso es lo que hoy día queremos que se pueda seguir estableciendo y avanzando. 

Cuando se creó el Ministerio de la Mujer en Chile, se creó junto con un mecanismo que es el mecanismo d

e transversalización de género en el Estado.

Cuando se creó el Ministerio de la Mujer en Chile (el Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género de Chile se creó el 8 de marzo de 2015 por impulso de la entonces presidenta Michelle Bachelet), se creó junto con un mecanismo que es el mecanismo de transversalización de género en el Estado. Hoy día es una herramienta que como ministerio estamos utilizando. Eso nos permite hacer alianzas con los otros poderes del Estado para que la política en general del Estado de Chile pueda tener esta mirada. 

—El funcionamiento del Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género en Chile es modelo para otros países. Recién mencionaste el mecanismo de transversalización, ¿qué más tiene como diferencial?

—Chile ha tenido una historia de mecanismos. El Programa de Mejoramiento de la Gestión (PMG), por ejemplo, programas de género ministeriales que vienen de antes y que obligan, en cierta forma, o incentivan a las carteras ministeriales del Estado a que puedan presentar programas o políticas que van a ir asociadas. Esto ha sido bueno porque están asociadas a un ámbito económico de funcionarios. 

—Imagino que llegaste con tu agenda, con los temas que te preocupaban, que querías impulsar. ¿Cuáles son esos temas que pudiste gestionar y cuáles todavía están pendientes o están trabajando en ellos?

—Cuando llegué, la primera situación fue cómo me presento. Soy mujer política. Soy una mujer indígena. Soy una persona de clase obrera, trabajadora. Soy una mujer que no alcanzó a estudiar, a terminar su carrera profesional, pero que no se detuvo allí. Y esa realidad que yo viví le ha pasado a muchas mujeres de Chile. Mi foco en la política hoy día es —también para el presidente Gabriel Boric— hacer política pública para las que más necesitan la presencia del Estado: las mujeres indígenas, las mujeres rurales, las mujeres migrantes. Al sur del territorio, en el norte, donde muchas veces no hay acceso al agua, donde hay zonas contaminadas. Hoy día la política para mí es eso y el equipo mío lo sabe perfectamente. Si me dicen “vamos a Casa Piedra” —uno de los centros de eventos más prestigiosos de acá de Santiago de Chile—, y me dicen “vayamos a caminar en una calle sin pavimentar” mi opción va a ser siempre esta última. 

Creo que ahí es donde el gobierno y el Estado hoy día están presentes. Identificándome desde el primer momento como una mujer trabajadora, como sindicalista, he puesto énfasis en las mujeres organizadas, pero las mujeres que no han tenido los privilegios, las mujeres a las que les cuesta llegar a fin de mes, las mujeres para las que la autonomía económica no es plena, las mujeres que no logran tener incluso su sexualidad plena. Hay falta de recursos, muchas veces, para tener efectivamente los derechos sexuales y reproductivos garantizados. Entonces, en ese foco, me pongo a disposición para trabajar. 

—Venís del sindicalismo y hablabas de la importancia de la organización de las mujeres. ¿Hay articulaciones dentro del gobierno entre feministas más allá de las redes institucionales?

—Sin duda las mujeres podemos decir que hemos logrado avanzar más. En los últimos treinta años, diría, hemos logrado avanzar, como se denominan dentro de los grupos feministas, en las olas. Hoy día podemos estar en una avanzada, pero puede ser que también esas avanzadas siempre sean olas que avanzan o se retroceden. 

Hoy día creo que estamos en ese proceso entre que si avanzamos o retrocedemos. Y en ese sentido es muy importante cómo nos contenemos las mujeres que queremos seguir avanzando. Porque para que las mujeres retrocedan hay algo que las hace retroceder. Y ese algo tiene rostro, muchas veces, de hombres que no quieren ver la avanzada de las mujeres, pero no solamente de hombres. También de mujeres, que muchas veces no quieren estos avances por temas ideológicos, no reconocen los avance que las mujeres pueden ir alcanzando. 

En eso debemos ser capaces de no caer en la provocación, de no agredir, pero tampoco de transar lo que hemos logrado avanzar. Porque la política para las mujeres que logran avanzar es de agresión. Una tiene que tener un apoyo, una lógica de sostén, de contención. Tanto en el gobierno como las mujeres desde la calle, desde las organizaciones civiles, hacemos esa contención. No es fácil para las mujeres que están avanzando, que están liderando, ser violentadas, atacadas y por ese ataque desaparecer o no querer seguir jugando. Hay que ser valiente. 

No es fácil para las mujeres que están avanzando, que están liderando, ser violentadas, atacadas y por ese ataque desaparecer o no querer seguir jugando. Hay que ser valiente. 

—¿Y cómo es esa contención? ¿Tienen reuniones? ¿Grupos de WhatsApp? 

—Tenemos grupos de WhatsApp, tenemos organizaciones de mujeres que están en los puestos de toma de decisión, las mujeres alcaldesas, por ejemplo. Tenemos WhatsApp entre las subsecretarias. También tenemos, muchas veces, acercamientos con las ministras, que son nuestras lideresas de primera línea, porque son a las que más fuerte les dan, atacan y golpean. Pero también tenemos grupos de mujeres desde la organización de la sociedad civil, que también nos apoyan y nos contienen. Las agresiones no son por ideas. Yo muchas veces he tenido que soportarlas por ser mujer indígena, por el físico, por el color de la piel, porque te intentan denigrar por el lugar de donde vienes. Entonces esos ataques hay que tratar de que no te afecten. Eso es súper importante para las compañeras.

—Hablás de los ataques y la violencia política hacia las mujeres es un tema que toma cada vez más relevancia en la agenda de los feminismos, pero todavía cuesta…

—Es grave y muchas veces no hemos podido colocarlo fuertemente en la agenda. Cuando fui candidata a constituyente casi a diario me llegaban situaciones de violencia por redes, amenazas e imágenes incluso de índole sexual. Cuando estamos en la vida pública, como autoridad, nuestros teléfonos deben estar siempre atentos a una llamada, sobre todo desde esta cartera. Puede ser un llamado de auxilio, puede ser una mujer que está siendo atacada. Por lo tanto, siempre tenemos que estar disponibles y un WhatsApp a veces le salva la vida a una mujer. En ese contexto, desde el proceso constituyente sabía y lo entendía así, que nosotras estamos a disposición. Muchas veces abría un mensaje de gente que no tenía en contacto y utilizaban la imagen de una mujer en la foto de WhatsApp para entrar más en confianza y en ese mensaje venían imágenes, fotografías violentas. De esta forma nos agredían, enviándonos imágenes sexuales. 

—Ese ataque, ¿creés que es por ser feminista?

—Sí, por ser feminista, porque los mensajes venían asociados a eso. Decían “te falta sexo”, eso acompañado de imágenes sexuales, de órganos sexuales masculinos, “te voy a complacer”, situaciones como esa. Pero tú cuando eres una imagen pública o estás siendo una imagen más reconocida no puedes tener cerrado tu teléfono. Va circulando. Claro, una tiene que tener la capacidad de poder ir filtrando. Como suelen decir en el campo, cuando los perros ladran es porque vamos avanzando. 

—¿Qué valoración hacés de las leyes de cuotas o las de paridad como herramientas para que más mujeres participen en política? 

—Son herramientas. Hay muchas de las responsabilidades que le han sido cargadas a las mujeres que complican que puedan participar activamente, ya sea desde el mundo sindical, desde las organizaciones de la sociedad civil, desde el ámbito de la política más activa. Incluso las feministas, muchas veces, cuesta mucho que puedan participar cuando no tenemos una corresponsabilidad en el cuidado, cuando las posibilidades o jornadas laborales son tan extensas y las mujeres en cuidados siguen haciendo más tareas, cuando las remuneraciones no son todavía igualitarias. Son factores que van haciendo que a las mujeres les cueste más participar. 

Hoy día en Chile tenemos, por ejemplo, la Ley de responsabilidad parental y pago efectivo de pensiones de alimentos. Eso implica una solvencia económica, una soltura económica para las mujeres que están criando solas, que se quedaron criando solas y que, por pagar el costo de otras vidas (como los hijos) por sí solas, a veces no les alcanza para tener los medios para la contratación de una persona en el tiempo que ella requiera para trabajar o lo que fuera. No lo puede hacer porque no tiene con quién dejar el cuidado. Con políticas como esas, como reducir la jornada laboral a cuarenta horas, se está pensando en todo el tiempo que la mujer no tiene para desarrollarse plenamente. 

Durante el proceso constituyente se construyó una imagen de las feministas, de los feminismos y de las políticas de género, muy funcional a la ultraderecha, a posiciones más radicalizadas anti género que establecen, por ejemplo, que el feminismo es una agenda importada o que el feminismo es una agenda simbólica, identitaria, incluso desde posiciones más de izquierda: que en realidad está desconectada de las necesidades materiales concretas del pueblo. ¿Qué respondés? ¿Qué pensás sobre esto? 

—Violeta Parra hace muchísimos años estuvo presente en estos territorios. Gabriela Mistral hace muchísimos años hablaba de las mujeres. Las mujeres que hablaron y exigieron el derecho al voto, Julieta Kirkwood, por ejemplo. No podemos ignorarlo. No llegamos a inventar la rueda. Está inventada hace mucho tiempo. Nosotras llegamos a tomar una posta y a ponerle mayor énfasis al trabajo que han venido haciendo muchísimas mujeres. Porque, claro, quienes acompañaban esa política no estaban 100% convencidos. Quienes estaban liderando muchas veces la política no tenían la mirada que hoy día hemos tratado de colocar desde el presidente Gabriel Boric hacia abajo. Hoy día entendemos que trabajar el tema de género es trabajar para más de la mitad de la población.

Hoy día entendemos que trabajar el tema de género es trabajar para más de la mitad de la población.

Debemos trabajar para todas esas mujeres que están presentes en el territorio. No solamente aquí, también a nivel latinoamericano y a nivel mundial. Hay violaciones de los derechos de las mujeres, de los derechos humanos en otras partes del mundo. Nosotras como Estado, como gobierno, nos manifestamos y exigimos que se pueda respetar eso. Así como nos preocupamos hoy día de las mujeres que no tienen agua acá en Torca, que viven la falta de participación de las mujeres indígenas, así como no se ven representadas las mujeres trabajadoras, también levantamos la voz por mujeres que están sufriendo en la cultura islámica, en otras partes del mundo. Lo que pasa hoy en día en la situación internacional, la escena es que las mujeres no están siendo protegidas desde lo más básico del derecho a la vida. Exigimos y podemos decir con absoluta claridad que esto no es una invención nuestra, es una posta que tomamos de muchas mujeres que han estado antes que nosotros. 

Mencionabas también la contención del movimiento afuera del Estado. ¿Cómo es el vínculo con las organizaciones de la sociedad civil y con las organizaciones feministas? 

—Ha sido a veces de tensión. Cuando hay un gobierno que tiene la mirada que hoy día tenemos nosotros, un gobierno progresista, muchas veces los ciudadanos esperamos que las cosas avancen más rápido. Pero cuando tú estás en el Estado, el Estado tiene una cierta rigurosidad de procesos. La verdad es que nosotros quisiéramos también que fuese más rápido y quisiéramos que la política pudiera ser mucho más amplia, más integradora. Pero sin duda que el Estado está antes que nosotros y va a seguir estando cuando nosotros no estemos. A eso uno se tiene que ajustar. 

Antes, desde afuera, cuando exigía la política pública, creía que era más fácil. Pero una vez que estás inserto en el Estado es muy distinto. Hay procesos, hay tiempos que el Estado tiene, y que no dependen solamente del gobierno, que es el que administra. También va a haber procesos que van a ser revisados, porque tenemos a la otra parte, que obstaculiza el trabajo y el avance. 

¿Y a veces puede ser estratégica esa exigencia desde afuera, de la calle? 

—Exactamente. Siempre le hemos dicho a la sociedad civil que solos no podemos. Esta política no se hace sola. El gobierno no tiene toda la facultad de hacerlo tan rápido como quisiera. Por lo tanto, ese activismo que está en la calle debe levantarse para poder presionar a los otros órganos del Estado. 

Hoy día queremos avanzar, la ciudadanía también lo exige. Estamos convencidos de que se requiere avanzar, pero hay otro poder que obstaculiza. Y la sociedad organizada es quien puede empujar esa puerta para que se pueda abrir. Aquí, muchas veces —y en todos los países democráticos— se actúa, más que por la convicción acerca de hacia dónde va tu política, por si vas a mantener o no vas a mantener el voto. El voto del ciudadano es lo que mueve y es la puerta que abre lo que permite que avance una política pública. Pero para eso sin duda necesitamos, también, los gobiernos, ciudadanos informados, ciudadanos que tengan la claridad, ciudadanos que tengan la información verdadera de lo que se está trabajando, dónde están los obstáculos, cuál es el proceso al que se pretende llegar. Eso en Chile ha costado: que los ciudadanos reciban la información clara y verdadera. 

Eso en Chile ha costado: que los ciudadanos reciban la información clara y verdadera. 

—El proceso constituyente y el rechazo que hubo en 2022 a la Nueva Constitución estuvo atravesado por un montón de noticias falsas, por campañas en contra… 

—No ha sido solamente en Chile. A nivel mundial, con las fake news, han sido capaces de cambiar una votación. 

—Ya que ponemos lo de la Constitución sobre la mesa, ¿cómo se preparan ahora para esta nueva votación el próximo 17 de diciembre

—Como gobierno tenemos la obligación de que la ciudadanía esté informada, que la información llegue lo más claro posible. Desde el gobierno hay entidades que van a trabajar para que la ciudadanía tenga esa información. No vamos a mentir, hay situaciones que como gobierno nos preocupan, sobre todo desde el ministerio que hoy día nos toca liderar. Hay situaciones que nos preocupan muchísimo para las mujeres, pero también tenemos la confianza de que las mujeres van a saber ser capaces de evaluar el proyecto que se está presentando. 

—Con todo el proceso después del estallido, si efectivamente no se vota una nueva constitución, eso habla mucho de la sociedad chilena. Una sociedad que no se puede poder de acuerdo. ¿Qué lectura hacés?

—Sí, yo creo que todavía hay mucha fragmentación de la mirada política. Hoy día tenemos todavía, como gran parte de los países de Latinoamérica, las secuelas de las dictaduras. Creo que no es fácil lograr sobrepasar ese dolor. La gran mayoría de los estados de Latinoamérica están pasando por lo mismo. Creo que, para la evaluación de la historia, cincuenta años todavía es poco (en 2023 se cumplieron 50 años del golpe militar de Augusto Pinochet en septiembre de 1973). Para algunos procesos es mucho tiempo, pero para los procesos históricos es muy reciente. Eso se refleja en la fragmentación que tenemos hoy día, la división que todavía tenemos en Chile. Es difícil, incluso para los sociólogos, poder entender cómo pasamos de casi un 80% que exige una nueva Constitución a un rechazo del primer proyecto de un 60%. Cuando hubo participación ciudadana, cuando se tocaban los temas, en profundidad, de los derechos sociales, que la ciudadanía salió a exigir en este estallido social, cuando se profundiza mucho en la participación ciudadana, en ese proyecto político, cuesta poder entenderlo. 

Es difícil, incluso para los sociólogos, poder entender cómo pasamos de casi un 80% que exige una nueva Constitución a un rechazo del primer proyecto de un 60%.

—Mencionabas el cono de sombra de la dictadura sobre el presente. Pensaba si tener la dictadura tan presente no funciona como una manera de alejar la participación política. Heredamos una mirada sobre el Estado, un Estado que nos repele. Se habla de la dificultad que muchas veces los militantes sociales tienen para acercarse al Estado desde una perspectiva activa y participativa, y no solamente acercarse para exigir y tirarle piedras al Estado clasista, racista, misógino. No tenemos la cultura, las personas de izquierda, de animarnos a ir y formar parte de eso. Te escuchaba y pensaba si no tendrá que ver también con esa presencia tan fuerte de los años del terror…

—Absolutamente. En lo personal creo que tiene que ver con los procesos de la dictadura. Lo primero que se tratan de eliminar son las formas de organización y participación de los ciudadanos. Organizaciones de la sociedad civil fueron barridas. Esto no solamente fue en los primeros años del proceso de dictadura. Fue un proceso muchísimo más largo. Creo que fueron diecisiete años de dictadura en los que se trabajó y se permeó la mentalidad social que el ciudadano hoy día refleja. Ese individualismo, esa falta de conectividad, de trabajo, de participación social, eso está reflejado hoy día en cómo la ciudadanía percibe la política. La política, desde que nacemos hasta que nos vamos de esta vida, está presente en nuestras vidas. Y, sin embargo, nosotros no queremos saber nada de la política, como ciudadanos, digo, el sentido mayoritario. “A mí no me afecta, yo me tengo que levantar y trabajar y voy a seguir comiendo, voy a seguir viviendo”. ¿Pero cuáles son las condiciones? Si cuando compras un kilo de pan tú estás recibiendo política. Si tú cuando vas a sacar un vaso de agua recibes política. Somos conscientes de que hay un proceso político. El costo del kilo de pan es un proceso político, cuando pagas el pasaje para irte a trabajar, es un proceso político, cuando tus hijos se van al colegio es un proceso político. Eso es lo que nos falta como ciudadanos. Eso es lo que nos quitaron en diecisiete años de dictadura. Que nosotros no estuviésemos insertos en esto, y que solamente recibiésemos lo que otros pretendían para dirigir nuestras vidas. Eso es lo que falta. Eso es lo que nos quitaron. 

—¿Cuánto tiene que ver en tu forma de ver la política que seas una mujer mapuche? Por la cosmovisión, la forma de entender el mundo que tiene la cultura mapuche, el pueblo mapuche. 

—Tiene que ver con cómo nos relacionamos, desde cómo nos levantamos en el día hasta como nos acostamos por la tarde. La cultura mapuche es una de esas culturas bien antiguas que tienen las cosmovisiones, las formas de ver y entender el mundo —muy similares a lo que son la cultura china, la cultura japonesa, la hindú— del respeto, de la participación y del respeto hacia el otro, el respeto hacia el medio, el respeto al quehacer, el respeto y la responsabilidad con lo que nosotros hacemos, el pedir permiso para hacer algo, el tener la conciencia de que lo que estamos haciendo va a afectar a otros. 

Hace unos años atrás alguien me dijo que los mapuches son pobres porque quieren ser pobres. Me lo encontré después de un par de años y le dije: “sabes que una vuelta, tú me dijiste que los mapuches son pobres porque quieren ser pobres, porque tienen terreno y no lo trabajan”. Los mapuches saben que el respeto es incluso a situaciones que pueden ser muy desapercibidas. A los antiguos se les respeta de la misma forma que nosotros respetamos hoy día la madre naturaleza. Hay ciclos que hay que respetar, porque cuando tú no respetas esos ciclos, cuando tú no tienes el respeto a eso, vienen las consecuencias ambientales que hoy día estamos viviendo. Desde los pueblos indígenas, desde el pueblo mapuche, pero de todos los pueblos indígenas de Latinoamérica, la conciencia del otro, la conciencia ciudadana, la confianza colectiva, es algo que se da naturalmente. Es algo que a nosotros no nos cuesta como pueblos indígenas, porque somos comunidad. 

Eso es lo que a la sociedad más occidental le falta hoy: volver a plantearse como comunidad, como colectivo. ¿Dónde están las confianzas? ¿Cuándo las mujeres se sienten seguras? Cuando están con sus pares. Sea desde el mundo laboral o desde el mundo organizacional. Si yo pongo a una mujer obrera a que confíe en una empresaria, esa confianza no se va a dar. Si yo pongo a una enfermera con una doctora, en el mismo ámbito, tal vez esa confianza tampoco se va a dar plenamente. En cambio, desde las culturas indígena tú confías en el antiguo, en el mayor, en el menor, en los niños. Tú confías en las comunidades indígenas, muchas veces las más puras, las que contienen todavía esa mirada indigenista colectiva. Tú confías en que puedes dejar a tus hijos y van a estar bien. Porque entre todos se cuidan. Es un sentimiento, yo diría, muy primitivo.


“Institucionalizadas: cuando los feminismos se vuelven parte del Estado” es una investigación especial transnacional de LatFem sobre Argentina, Uruguay, Chile y Brasil con apoyo de FESminismos, proyecto regional de la Fundación Friedrich Ebert (FES).