Fotos: Sebastián Freire.
María Moreno sobrevivió a un ACV para contarlo con un dedo. El de la mano izquierda. En La merma (Random House, 2025), el libro en el que compila sus recuerdos y reflexiones sobre “el accidente”, no hay, como era de esperarse, ni por asomo ninguna loa a la autosuperación, ni al relato contra viento y marea del camino del héroe. En verdad, la heroína, de un día para el otro descubre que, si bien se salvó de la muerte, ya no puede mover la mitad de su cuerpo.
No hay autosuperación ni proeza, pero sí un movimiento hacia algún lugar, porque la Moreno del comienzo no es la de los últimos párrafos. La Moreno que empieza hablando de las épocas en las que se caracterizaba por ser la-amiga-de-los-chongos-de-Filosofía-y-Letras es distinta de la que termina el libro relatando su participación en la marcha del orgullo antifascista. El 1 de febrero de 2025, una María post accidente cerebrovascular se presentó al frente de la columna que encabezaba la protesta, con su silla eléctrica —ese, subraya, es su inquietante nombre real— bien cargada, “sus luces prendidas y baja velocidad para no atropellar a nadie. Creyéndome una paralítica subversiva, una Françoise d’Eaubonne y su banda de tortas, travas y maricas que atacaban con salchichas a las instituciones del mayo del 68 francés”.
No es la misma porque hasta ayer nomás —el 3 de julio de 2021— la narradora gozaba, sin apreciar a conciencia, los privilegios de no pertenecer al colectivo disca. No hay superación en La merma, decíamos, pero sí algo de reconocimiento de la “ingenuidad” en la que se vivió hasta el accidente cerebral que la dejó sin funciones en la mitad derecha de su cuerpo. El ACV es, en cierta forma, el fin de su inocencia: en relación a los límites, al paso del tiempo y a la conciencia sobre la vejez.
No hay autosuperación ni proeza en La merma, pero sí un movimiento hacia algún lugar.
No hay autosuperación, pero la ternura va por otros canales. Como siempre, María Moreno sale de los laberintos por arriba: prima el humor negro sobre la desgracia. Por ejemplo, con cuadros que grafican la infantilización de los internos en la institución donde se rehabilita (Clínica Basavilbazo). O el microejercicio del poder de las enfermeras (las amas de las rutinas de salud que “sólo dejaban de ser imperiosas cuando éramos los internos los que las reclamábamos”). O con escenas que van desde los reels de usuarios de prótesis biónicas, que le recomiendan a modo de inspiración, hasta la “Operación”: el plan que María pergeña, entre ensoñaciones y rescates farmacológicos, para suicidio asistido con ayuda de sus amigos sobrevivientes de los campos de exterminio argentinos.

La tragedia que narra, haciendo reír con lo que queda de sí, es individual y también colectiva. María estuvo seis meses internada en un momento en el que Argentina vivía un clímax de casos de coronavirus. Era casi la única en rehabilitación por ACV entre una abrumadora mayoría de casos de Covid 19 que habían logrado salir de la terapia intensiva: “¿Qué somos? Unos espiedos fríos en la soledad de nuestras camas. ¿Para qué lado rota usted? Los sobrevivientes de covid, paralizados luego de meses de coma inducido, asistidos por respirador, guardan silencio, en posición fetal. Quién sabe si entendieron la pregunta”, escribe.
María, aun internada y postrada, no deja de hacer trabajo de campo: “Esa mayoría de hombres viejos que habían frecuentado los bares, gritando groserías y aullando de risa mientras bebían vino y devoraban comidas calóricas que no tardarían en matarlos —los veía disminuir en número cada año— era la población más común en Basavilbazo”. No deja de registrar las relaciones —inclusive las sexuales— entre los compañeros de sala; las tensiones entre pacientes y enfermeras, médicos y médicas; la muerte como parte del zapping de todos los días. La relación de ella misma con su cuerpo en modo peso muerto, la hecatombe de verse desprovista de algo que desde siempre consideró “dado”: la capacidad de hacer tareas sencillas por sí misma.
Registra detalles de la interacción con esos otros pacientes, con sus historias, sus delirios, pánicos y obsesiones, que se confunden, confabulan y retroalimentan con la propias. María comparte con ellos miedos, meditaciones, chistes y nihilismo. También comparten enemigos: hacen causa común contra determinadas cuidadoras.
María Moreno sale de los laberintos por arriba: prima el humor negro sobre la desgracia.
Hay descripción de suplicios, pero también de lo que quizás en términos capacitistas se pueda nombrar como progresos. Desde escribir hasta defecar. Dos actividades que en el relato van de la mano y se vuelven titánicas. Durante su internación descubre que su prosa es casi tan barroca como sus intestinos. Hospitalizada, pierde muchas funciones —también la del movimiento intestinal—. Así como no puede sentarse y se ayuda con lo que llama una cama ortopédica, y le cuesta masticar, caminar y hasta rotar dentro de la camilla, también la tecnología viene en su ayuda para la función excretoria. En este caso, la técnica, casera y primaria, consiste en una serie de movimientos ondulantes con los que la mano enguantada y envaselinada de la enfermera Lady remueve lo que debe salir del interior de la narradora.

Hay un imperativo motriz en la Clínica Basavilbazo: levantarse y andar. María relata las sesiones tortuosas con un aparato que la estira hasta desmayarse o vomitar. Es crítica con la idea de que la “condición de bípedo sea una suerte de pasaporte de humanidad” y sospecha que el prestigio de la marcha “proviene del origen militar de las naciones y su demostración de fuerza”. Así como le preocupa menos volver a caminar que volver a escribir, la testarudez la lleva a priorizar —en medio de su accidente cerebrovascular, sin saber todavía que se trataba de semejante cosa— el terminar de tipear su frase, antes de pedir ayuda.
“Yo también tuve mis musas: las de la disartria. He renunciado a mis excesos barrocos y a mis enumeraciones caóticas rococó. He llegado a la síntesis por un déficit, no por voluntad. Y he ganado lectores: ahora soy transparente, mientras que mi habla se vuelve, a veces, infranqueable”. Una de las grandes mermas, que no termina de mostrarse completamente como pérdida ni completamente como virtud, está en los cambios de estilo que la nueva forma —postural— de su escritura le impuso. Así, cuenta Moreno, es que doblegó, por fuerza mayor, las cataratas de citas y referencias, la digresión arbórea como método y las frases-colectora.
“¡No me hagan renegar ahora que tengo la lengua en el huelle de las brumas! ¿Recibiré por eso la excomúnica?”, se queja y se ríe de “su condición”. Qué le pasa a una escritora diestra cuando pierde el control sobre el lado derecho de su cuerpo, incluida la mano y los dedos con los que teclea: esa es solo una de las capas de preguntas que dan volumen a La merma.
El libro es más: es un viaje por la relación con su propio cuerpo y con cómo vive ella “su merma”, un nuevo escenario de duelos en el que, encima de todo…tiene que lidiar con los demás. Así, describe el rechazo que le genera la desesperación de todos los demás por que pueda volver a hacer una actividad que nunca le interesó demasiado. Antes del accidente apenas se movía entre la cama, el sillón y su computadora. Y el máximo recorrido que hacía, en caso de ser necesario, era el de ir de donde sea que estuviera hasta parar un taxi. ¿Por qué, de pronto, el imperativo de caminar?
A pesar de las pinzas con las que toma todo el asunto, dejar la silla se vuelve una escena recurrente en sueños. Con un plus: dormida lo logra. En un sueño recurrente se desprende por fin de la silla y corre a contar la novedad a sus seres queridos. A avisar a sus amigos que sí podrá ir a esa fiesta para la que había suspendido. Quiere mostrar cómo recuperó sus piernas. Pero por motivos que no entiende, ya nadie puede verlo.
