Tres mujeres recorren un camino interminable, extenso y bifurcado, hasta Villa Evangelina, donde deben enterrar un cadáver que arrastran con ellas. A medida que avanza la carreta, surgen al costado de la línea de rastrillaje y hacia adentro de la memoria, sucesos que van demorando la marcha, alejando el objetivo: dejar a la muerta en paz y que ella deje en paz a las vivas.

Salvo excepciones (Libertad Demitrópulos, cuyo Río de las congojas es citado en este libro, Sara Gallardo o Gabriela Cabezón Cámara) el criollismo suele ser narrado desde el punto de vista varonil. El canon habla de un pasado mitológico cuando la masculinidad violenta y proveedora construía un territorio a su medida donde solo había desierto que desvirgar, y donde lo femenino eran apenas personajes secundarios de la historia con mayúscula. La mujer era la china, la niña, la madre, siempre en relación a él, nunca ensimismadas, interconectadas, cooperativas. 

En esta novela, en cambio, un grupo de mujeres surca el país y a su paso reivindica su organización. La idea de conjunto, que el todo es más que la suma de las partes, define a este grupo de mujeres (tres vivas y una muerta): “¿Quién era yo sino el conjunto de mis hermanas? Me hablaba como a una sola, que era la misma y eran todas”. Esta construcción de la alianza femenina como fuerza natural, como un rayo que recorre la pampa, un refucilo que ilumina y oscurece, es excepcional. Como es también raro el vínculo entre la interdependencia y la vulnerabilidad. Ninguna de ellas es autónoma, y nadie se avergüenza por ello: “nos turnábamos para estar enfermas”, dice la voz de la narradora. La enfermedad, la acechanza de la muerte, recorre este relato como podemos imaginar que la fragilidad y precariedad de los cuerpos tendría lugar en la intemperie campera del siglo XIX. 

Fermín Acosta reconoce la operación: “Por supuesto que la idea de un grupo de mujeres que atraviesan un territorio hostil y se enfrentan a un montón de atrocidades está ideada. Poner un personaje del borde a cruzar un territorio en disputa busca, creo, dar vuelta o tensionar un montón de mandatos de poder”. Para el escritor, también guionista, el proyecto inicial de esta novela tenía la intención de recuperar el momento bisagra del siglo XIX en que “se fundaron los fortines provinciales que fueron, paulatinamente, transformándose en ciudades”. Trabajó en primer lugar el texto en el taller del escritor Julián López y luego en el marco de la clínica que ofrecía la Bienal de Arte Jóven de Buenos Aires, coordinada por Hernán Ronsino, certamen que finalmente tuvo a esta novela como ganadora.

“Le sentí el aliento en la cara”, dice la narradora. Los cuerpos cerca, oliendo, sonando, supurando, recuerdan los de otro trip famoso de la literatura argentina: el de Mansilla hacia el país de los ranqueles. Con ese otro viaje esta novela se relaciona también a través del barroquismo de la descripción espacial y sensitiva. Si no alcanzaban las palabras del siglo XXI Acosta fue a buscar al pasado una artillería florida del léxico rural que sorprende: arvejillas, mensú, carqueja, pescante. Para el autor, las imágenes y palabras de la ruralidad sin querer están “ligadas a la experiencia de ese mundo en que había crecido. Siempre me había resultado súper monótono y buscar belleza ahí creo, me parecía imposible”.

Por último, en Bajo lluvia, relámpago o trueno, también el autor juega, con sigilo, con uno de los problemas de siempre: quién es el otro. El otro puede ser Pedernera, ese chofer tuerto al que las mujeres emplearon a destajo, el otro es un varón; el otro son los indios, mencionados pocas veces: como víctimas de una matanza detrás de un muro, o jugando en equipo con los animales: ”regla del campo, créame, andar en caravana si no nos orientamos, que no somos ni indios ni animales”. Lo otro puede ser el mundo donde viven los espíritus o el otro es el Estado: innominado, inexistente, fuera del mundo. 

En resumidas cuentas, lo que Fermín Eloy Acosta logra con esta suerte de Fitzcarraldo que reemplaza barco por ataud y selva por estepa, es traernos una relato con un nuevo punto de vista sobre la historia de nuestro país, sobre un siglo XIX donde conviven una serie de relatos contradictorios y sobre los bordes siempre tensos que nos acompañan desde siempre.

 

Bajo lluvia,
relámpago o trueno
Fermín Eloy Acosta
194 páginas; 20×13 cm.
Entropía, 2019