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Un periodismo feminista debe ser un periodismo situado con una mirada encarnada, cuyas posiciones explícitas dan prueba de puntos de vista parciales y contextuales. Dejar en claro los posicionamientos desde que se escribe, habla o interviene en la comunicación colabora en una mejor descripción del mundo y a un pacto ético con las audiencias.

El traje del “periodismo de género” ya queda apretado, incómodo, asfixia. Una definición que fue una treta, en su momento, que abrió camino a nuevos encuadres, narrativas e impulsó una agenda en particular; hoy levanta una frontera para una forma de narrar que se supone sin fronteras. Las relaciones y estructuras de género son apenas una parte de un conjunto variado de opresiones que se vuelven necesarias abordar desde una mirada feminista en los medios de comunicación pero que, a la vez, son imposibles de separar género, clase, raza, edad, etnia y un largo etcétera de modalidades y estructuras de dominación. ¿Los lentes del “periodismo de género” también miran desde la interseccionalidad como metodología? ¿Decir “periodismo con enfoque de género” explícita la posición situada de quien pregunta, escribe, habla frente a una cámara o un micrófono desde el periodismo feminista? 

La disociación entre periodista y feminista tampoco ya no nos es posible. Somos periodistas feministas y en esa enunciación hacemos de esa identidad, de esa presentación, un manifiesto. La nominación inaugura una generación de periodistas, una constelación de voluntades y de una forma de hacer periodismo que necesariamente tiene perspectiva de género pero que es una propuesta superadora por un periodismo situado e interseccional. Ahora que sí nos ven, somos periodistas feministas. 

La primera persona del plural perfila: somos redes de periodistas feministas, provinciales, nacionales, transnacionales; que creemos en el periodismo como hecho colectivo, un acumulado con linaje y temporalidad que nos trajo hasta aquí nos hermana. La forma de nombrarnos deja en claro la doble identidad: periodistas y activistas. Si estas dos posibilidades e identidades muchas veces se han abordado como opuestos o separados; la noción de periodismo feminista permite pensar el periodismo y el activismo juntos y, de esta manera, el carácter político de la práctica.

Un periodismo feminista debe ser un periodismo situado con una mirada encarnada, cuyas posiciones explícitas dan prueba de puntos de vista parciales y contextuales. Dejar en claro los posicionamientos desde que se escribe, habla o interviene en la comunicación colabora en una mejor descripción del mundo y a un pacto ético con las audiencias.

Conocemos a Adelia Di Carlo como una de las primeras periodistas que recibieron un sueldo por sus publicaciones pero es menos conocido el dato que fue ella quien en el diario “El Mundo” hizo conocer el nombre de quién había atropellado a Julieta Lanteri, en la Diagonal Norte y Suipacha, y luego huido. La policía allanó la casa de Di Carlo por la nota que escribió sobre su crimen en 1932.

Hoy estamos ante un nuevo espacio de enunciación política y poética para los feminismos-posible gracias a una historia de tres décadas de insistencia alentadora de Encuentros (Pluri)Nacionales- que permitió nuevos agenciamientos colectivos. Somos periodistas feministas en este nuevo ciclo de los feminismos que se abre en Argentina en 2015 a partir de Ni Una Menos, continúa con el primer Paro de mujeres, lesbianas, travestis y trans, sigue con la transnacionalización de esa medida de fuerza, la voz pública de las víctimas y sobrevivientes de violencia sexual que salen del closet del ámbito privado y deriva en el saldo legislativo de la discusión por el aborto legal en el Congreso. La feminización de las resistencias frente a la feminización de la pobreza. 

Reflexionar sobre la propia práctica reclama interrumpir la vorágine recién narrada de manera escueta. En este artículo propongo algunas coordenadas para pensar el periodismo feminista como una forma particular de ejercer la práctica, una manera de pensar la comunicación estratégica, como espacio y tramas de resistencia, como posibilidad de archivo para la memoria feminista y una oportunidad para leer la historia a contrapelo y contar la actualidad al ras del suelo, que nos permite jerarquizar lo que ya estaba siendo contado pero desde nuevos encuadres.

¿En qué momento se produce el desplazamiento de la perspectiva de género al periodismo feminista?  ¿Cuándo se empieza a nombrar esta expresión? Florencia Rovetto es Doctora en Periodismo y Ciencias de la Comunicación y en 2017 comenzó a usar en sus intervenciones públicas en el universo académico transnacional la idea de “Perio-feminista”. “El término perio-feministas nos ha servido para nombrar a estas profesionales, en su mayoría jóvenes, que se definen por su identidad laboral como periodistas y se auto-perciben como feministas haciendo de sus prácticas un ejercicio profesional y militante al mismo tiempo. En otras publicaciones hemos observado que su tarea se torna crucial tanto hacia adentro, como hacia afuera de los medios de comunicación”, dice en el artículo Cuando sube la marea feminista: resistencias y disputas de sentido en tiempos macristas, de 2019. 

La filósofa argentina Diana Maffia plantea que el feminismo es la aceptación de tres principios: uno descriptivo, uno prescriptivo y uno práctico. En resumen: la evidencia de la condición de desigualdad, la valoración de lo injusto de esas opresiones y la acción frente a ese panorama. El periodismo feminista cumple con los tres principios. Quizás, para pensar distancias, la perspectiva de género solo se queda en el segundo principio, como lentes que una se pone para mirar y valorar pero no para ejecutar una acción transformadora.

Los cubistas abandonaron el punto de vista ideal y estable que dominó la pintura europea desde el Renacimiento, en favor de la representación simultánea de los objetos desde múltiples puntos de vista. Los cuadros resultantes son una acumulación de fragmentos de visión que representan el objeto desplegado en todas sus facetas, que establece una trama compleja de relaciones espaciales heterogéneas constituídas a partir de la yuxtaposición y la dislocación de las distintas vistas”, dice la abogada Paula Viturro en su artículo artículo Constancias donde también desarma la perspectiva de género.

Nadie nace periodista feminista

Los medios de comunicación feministas en la prensa gráfica en Argentina y en la región de América Latina y el Caribe tienen décadas de existencia y pueden rastrearse distintas genealogías revisionistas para armar una posible línea de tiempo sobre estas publicaciones que pueden ir a nivel local, desde La Aljaba (1830) de Petrona Rosende de Sierra; La Camelia (1852) de Rosa Guerra; Álbum de Señoritas (1854) de Juana Manso; La ondina de plata (1870) de Luis Telmo Pintos; La Voz de la Mujer (1896) de Virginia Bolten, la Revista Nosotras (1902) de María Abella de Ramírez y Julieta Lanteri; Nuestra Causa (1918) de Alicia Moreau de Justo; Nuestra tribuna (1922-1925) de Juana Rouco Buela; hasta llegar a Persona (1974) de María Elena Oddone; el periódico Alfonsina (1983), dirigido por María Moreno; los Cuadernos de Existencia Lesbiana (1987) de Ilse Fuskova y Adriana Carrasco, entre muchas otras. Sin olvidar las notas con perspectiva feminista en revista Luna, o la aparición del suplemento Las 12 en 1998, el aporte de RIMA en los 2000, la aparición de Artemisa Noticias y El Teje. Una genealogía del periodismo feminista debe tener en cuenta el aporte de Alfonsina Storni en Caras y Caretas, Mundo Argentino, La Nota o La Nación y la tarea de Salvadora Medina Onrubia como directora del periódico Crítica entre 1946-1951; entre otras. La búsqueda de una genealogía propia mantiene la mirada atenta y hay hallazgos que se vuelven gemas: como la revista Unidas que se editó en Rosario entre 1982 y 1987. O el suplemento La Cazadora, que publicó todos los martes el diario El Ciudadano entre 13 de julio y el 9 de noviembre de 1999. Para cada geografía, una genealogía propia. Nadie nace periodista feminista. 

“Unidas” en la muestra Revolucionistas, Rebeliones y Feminismos

En definitiva, periodistas feministas hubo siempre a lo largo de la historia. Desde los medios hegemónicos y más tradicionales una constelación de mujeres intentó empujar la agenda de los feminismos, mucho más que un tratamiento de las noticias que sea respetuoso de las mujeres, lesbianas, travestis, trans y personas no binaries. ¿No es acaso ese accionar una forma de activismo? 

La fuerza del activismo, junto con esta especie de “infiltración”, lograron modificar algunos abordajes: del “crimen pasional” se pudo instalar la nominación de “femicidio”, por ejemplo. 

A estas prácticas se las denominó durante mucho tiempo periodismo con perspectiva de género. En 2012 el Observatorio de la Articulación Regional Feminista por los Derechos Humanos y la Justicia de Género en Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador y Perú, publicó un monitoreo de la presencia de noticias sobre el tema en la prensa gráfica. Indagaron sobre los significados de la violencia en el discurso público, su relevancia, la profundidad de su análisis. En ese marco presentaron el informe La violencia tiene prensa donde señalan que “la incorporación de la perspectiva de género en los medios de comunicación en general, y en la prensa escrita en particular, significa que el periodismo debe dar una imagen justa y no estereotipada sobre los roles que desempeñan mujeres y varones en la sociedad, utilizando un lenguaje neutro y no sexista en las piezas publicadas. En este sentido, la perspectiva de género es una herramienta que permite visibilizar los derechos humanos de las mujeres en los medios de comunicación”. 

En Argentina, dos redes -que existen en el país hace más de una década- cumplieron un rol fundamental en esta tarea de infiltración: Red Par y Red Internacional de Periodistas con Visión de Género de la Argentina. Produjeron manuales y decálogos que fueron herramientas útiles y puntos de partidas para las transformaciones.

Se trató de un proceso persistente y constante que termina de estallar en 2015, con la primera convocatoria masiva contra los femicidios que instala la agenda de los feminismos de manera irreversible no solo en los medios sino en todos los ámbitos. 

La puesta en palabras del nombre Ni Una Menos (NUM) surgió de un texto de laperiodista y feminista, María Moreno, que allá por marzo de 2015 escribió: “Las mujeres de la bolsa somos muchas y salimos de ellas para que no haya ni una menos”. Otra comunicadora y escritora, hoy directora de este portal, Vanina Escales, sintetizó la convocatoria en las tres últimas palabras. 

Sin dudas, a partir de la fuerza y la posibilidad del lenguaje mismo, se produce el tajo que abre un nuevo espacio de enunciación. NUM tiene la potencia de una lengua común, de una contraseña entendida por todas, todos, todes. 

Otro periodismo: un periodismo situado, una mirada encarnada

Un periodismo feminista debe ser un periodismo situado con una mirada encarnada, cuyas posiciones explícitas dan prueba de puntos de vista parciales y contextuales. Dejar en claro los posicionamientos desde que se escribe, habla o interviene en la comunicación colabora en una mejor descripción del mundo y a un pacto ético con las audiencias. 

La mirada del periodismo feminista no es omnisciente, ni tiene todo resuelto. Su localización es limitada. Es una mirada situada que más bien, “tartamudea”-como le gusta decir a Donna Haraway- y por ello está en constante cambio. Los decálogos y manuales existentes muchas veces quedan obsoletos. 

La apuesta por un periodismo feminista situado y encarnado plantea la posibilidad de otro periodismo. El nombre como tal es un ejercicio de justicia epistmética.

Estas reflexiones tienen como marco los recorridos realizados desde la epistemología feminista, lugar desde donde ha cuestionado la pretensión de universalidad y la objetividad de la ciencia tradicional que terminan reforzando valores androcéntricos y patriarcales. 

En 1986 Sandra Harding teoriza sobre el denominado punto de vista feminista; luego la filósofa Donna Haraway escribe sobre los conocimientos situados en 1991 y Helen Longino postula el empirismo contextual que permite hacer explícitos los posicionamientos políticos de una manera ética y responsable. 

La propuesta epistemológica de la filósofa Haraway conocida como “conocimientos situados” permite reflexionar y caracterizar el periodismo feminista contemporáneo como confluencia de la práctica periodística y el activismo. 

Si los medios hegemónicos, tradicionales y patriarcales, al igual que la ciencia tradicional, niegan su propia localización, su encarnación y la parcialidad de los mensajes que emiten; el periodismo feminista, por el contrario, deja al desnudo esas tres cuestiones. 

En su obra Ciencia, cyborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza (1991) planteó la cuestión de la objetividad feminista como conocimientos situados. A diferencia de la teoría del punto de vista feminista, que sugiere Harding, que se enfocaba en la experiencia de las mujeres como una experiencia en particular que tenía el privilegio de mirar desde los márgenes; Haraway insistió en que es el ejercicio de posicionamiento y su explicitación lo que otorgan la objetividad. El conocimiento no puede estar desenganchado del contexto ni de la subjetividad de quien lo emite. En ese sentido, es interesante cómo Haraway habla de objetividades encarnadas y en esa enunciación pone en juego también a los cuerpos y la posibilidad de conectarse con otres desde esa encarnación. 

Un periodismo de las 4D

Un periodismo feminista reúne denuncia, demanda, dato y deseo. Las 5W no son suficientes como esquema de abordaje y la destrucción de los binarismos. Denuncia de la precaridad, en tanto distribución diferencial de la condición precaria; demanda a quienes tienen responsabilidades sobre esa distribución diferencial; y al mismo tiempo, no debe dejar de poner en palabras todo lo que hacen todas las personas para hacer las vidas de todes más vivibles todos los días. Las micro experiencias cotidianas que no tienen el impacto de las congregaciones concertadas de los cuerpos en las calles pero que en definitiva la hacen posible. Un periodismo feminista dice Ni Una Menos y Vivas Nos Queremos al mismo tiempo. 

Un periodismo feminista no es un periodismo de víctimas. Tiene el desafío de fugar de las narrativas victimizantes que, muchas veces, aplastan e inmovilizan; desarmar sentidos comunes y aportar nuevos enfoques que incomoden. 

Los obstáculos y límites también los plantea la idea de una agenda: quedar encorsetades en la agenda más tradicional, la más urgente, aquella vinculada a las violencias más extremas. En general, las historias relacionadas al rechazo al mundo que “nos está aniquilando” son las que más aparecen desde las narrativas de los medios feministas digitales. Resulta difícil, en las propias prácticas, abordar historias y coberturas que puedan sostener en agenda “el mundo que deseamos hecho realidad”. 

Otra posible caracterización de este nuevo periodismo feminista es el aprovechamiento de la masividad que toman los feminismos cuando logra congregarse en las calles; la apuesta por un lenguaje común; sumado al uso estratégico de las redes sociales y las tecnologías. 

El periodismo feminista situado y con una mirada encarnada se piensa y trama en alianza con otras colegas, en articulaciones con abogadas, organizaciones, sobrevivientes, víctimas, familiares y un largo etcétera. 

Ahora que sí nos ven un periodismo que sólo proclame “perspectiva de género” es atávico y no llega a conta la simultaneidad de opresiones que se intersectan en cada historia que contamos. No somos testigas modestas en este ciclo de los feminismos. Ahora que sí nos ven también nos vemos entre nosotras, miramos la genealogía que nos trajo aquí y decimos: somos periodistas feministas.