El trabajo del futuro no es la programación, es cuidar

El cuidado es el futuro de los trabajadores, necesitarlo es una cuestión de tiempo. En América Latina y el Caribe, el 14,4% de las personas mayores de 65 años viven en situación de dependencia funcional. Bajo la lógica mercantil, apoyar el trabajo de cuidado de los más viejos no tiene ninguna compensación. Cuidar a los viejos, ¿para qué?

El señor M vive en la Argentina, en 2024 se casó con L, ahora flamante señora M. Se conocieron cinco años atrás, cuando ella comenzó a trabajar como empleada doméstica y cuidadora de la madre de M. Una típica historia de amor, pero con una trama económica inconfesable. ¿Por qué se casó el señor M? Una vez casada, la flamante señora M siguió haciendo el mismo trabajo que cuando era soltera, solo que sin recibir pago alguno. “Si te casás con tu empleada doméstica, bajás el PBI”, dice la economista feminista Nancy Forbe citada por Helen Hester y Nick Srnicek, “si internás a tu madre en un geriátrico, aumentás el PBI”. El trabajo de cuidado en general, y el de las personas mayores en especial, es un elemento oculto en la economía nacional. El proceso de envejecimiento poblacional, producto del aumento de la esperanza de vida y la reducción de la fecundidad, nos pintan un presente (y un futuro) desesperante. ¿Alguien quiere pensar en les viejes?

En la vida pequeña de los hogares se vive en carne y hueso las decisiones macroeconómicas, eso que llaman mercado laboral son personas lidiando con la vida, y quienes están sin dudas en desventaja respecto de cómo garantizarse la supervivencia son los más viejos y viejas. “Todos somos jubilados, es solo una cuestión de tiempo”, decía un cartel en las calles circundantes al Congreso de la Nación argentino cuando la Cámara de Diputados discutía transformaciones profundas en el sistema previsional durante abril de 2024. Según cálculos que hizo la ONU sobre la población mundial para 2030 las personas mayores de 60 años superarán en número a las personas jóvenes. Si se tuvo la fortuna de llegar a la adultez mayor adviene un período sin retorno en que se necesita el sostenimiento de otros, esa situación de dependencia suele ser resuelta en una primera instancia en la familia nuclear, cuando la hay. En promedio, en los países de América Latina y el Caribe, el 14,4% de las personas mayores de 65 años viven en situación de dependencia funcional y necesitan ayuda para realizar al menos una actividad básica de la vida diaria.

La adultez mayor implica una creciente demanda de cuidados. En sociedades como la alemana o la japonesa ya se venden más pañales para adultos que para bebés. A diferencia del cuidado de las infancias, de algún modo considerado dentro del sistema productivo porque los niños representan el futuro y en algún lugar deben estar cuidados mientras sus madres y padres producen, trabajan y mueven la economía; a diferencia de ese trabajo que se llama reproductivo, cuyo producto tiene un valor reconocido, el cuidado de los mayores, explica la filósofa Silvia Federici, está estigmatizado como una actividad que absorbe valor pero que no lo genera. Cuidar a les viejes, ¿para qué? Bajo la lógica mercantil, apoyar el trabajo de cuidado de los más viejos no tiene ninguna compensación. Los viejos son un resto de vida que quedó suelta y, como dijo la canciller Diana Mondino, “¿para qué le vamos dar créditos a los jubilados si se van a morir?”. 

Instituto de Rehabilitación Psicofísica ( I.R.E.P. ) Foto: Sol Avena

Me matan si no cuido y si cuido me matan

No hace falta irse muy lejos para reconocer qué tipo de personas son las que trabajan de cuidar a las personas mayores. Rosita, abuela de quien escribe, durante su adolescencia cuidó de su madre enferma mientras su hermano apenas mayor realizaba una carrera universitaria. Él llegó a contador, ella, en cambio, llegó a terminar la primaria. Esta escena tan propia de mitad del siglo XX no sorprende a nadie en el primer cuarto del siglo XXI. El futuro es hoy y las mujeres jóvenes de la familia siguen siendo quienes se ocupan de esas labores como continuidad de lo que vendrá cuando, de un día para el otro, se conviertan en adultas con sus propias familias. Rosita, por ejemplo, trabajó cuidando a sus hijos y a su marido -apenas sabía encender una hornalla aunque había estudiado ingeniería-, tuvo trabajos informales precarios, algunos vinculados al cuidado de hijos de otros, y pudo acceder a una jubilación recién pasados los 70 años, gracias a la moratoria previsional que en Argentina se creó el 1 de diciembre de 2005, durante el gobierno de Néstor Kirchner. Con esa jubilación Rosita pagó el alquiler de un departamentito, sus remedios, la mishiadura culinaria y medias o desodorantes a montones para regalarles a sus nietos, hasta que falleció este año, con 94 años. ¿Y a ella quién la cuidaba? Rosita vivió sola los últimos 10 años, pero recibía dos veces por semana la visita de S, una señora que trabaja como cuidadora de adultos mayores en el servicio de cuidadores domiciliarios del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. S es migrante del Paraguay y está por cumplir 60 años, edad en la que podría jubilarse según la ley aún vigente en Argentina, aunque no haya cumplido los 30 años de aportes. Si llegara a aprobarse el capítulo previsional de la Ley de Bases que el gobierno de Javier Milei impulsa, S debería esperar 5 años más para que el Estado le otorgue una pensión mínima que le permita subsistir cuando ya no pueda trabajar. 

En promedio, en los países de América Latina y el Caribe, el 14,4% de las personas mayores de 65 años viven en situación de dependencia funcional y necesitan ayuda para realizar al menos una actividad básica de la vida diaria

Viejas que cuidan viejas, niñas que cuidan viejas, migrantes que cuidan viejas. El trabajo de cuidar lo hacen las personas con menor valor social y por eso mismo está mal pago, cuando lo está. Hoy, una cuidadora domiciliaria puede cobrar entre 700 y 2000 pesos la hora y una cuidadora en un geriátrico no más de 550 mil pesos al mes. El verso que escribió Nicolás Guillén y volvió militancia obrera Raymundo Gleyzer, “me matan si no trabajo/y si trabajo me matan”, describe muy bien la situación laboral de las cuidadoras: no pueden no trabajar y cuando cuidan, lo hacen en pésimas condiciones.

Instituto de Rehabilitación Psicofísica ( I.R.E.P. ) Foto: Sol Avena

El trabajo de cuidados no solo está feminizado (lo hacen en su mayoría mujeres), sino que también está atravesado por un sesgo de clase. Las mujeres más pobres ocupan en tareas de cuidados el doble de tiempo que las mujeres más ricas: 7hs 7 minutos en el quintil más empobrecido y 3 hs 18 minutos en el quintil más adinerado, según el dato compartido por la investigadora Corina Rodríguez Enríquez. El trabajo de cuidado de niños y niñas, de la ancianidad, de enfermos, el cuidado comunitario, es parte de la economía popular y de la economía informal. A pesar de la informalidad, este trabajo permite a millones de personas, mujeres en su gran mayoría, acceder a un ingreso y al mismo tiempo permite a las personas que lo necesitan acceder al derecho a ser cuidadas. 

Dentro de las trabajadoras del cuidado, las cuidadoras domiciliarias viven en una situación laboral crítica y en emergencia. “Su estado, en términos de derechos laborales, es pre-peronista”, escribió la diputada Mónica Macha para LatFem al momento de presentar un proyecto de ley que regulaba su actividad. El primer peronismo fue autor de los “Derechos de la ancianidad”, hasta la llegada de Juan Domingo Perón a la Secretaría de Trabajo, la ancianidad era un privilegio de las élites o dependía de la capacidad de ahorro de cada familia. “Sin seguridad social —escribe la Diputada Macha—, sin aportes jubilatorios, sin obra social, sin registro laboral, capacitaciones o formaciones, sin sindicatos, sin vacaciones, sin horarios regulados, sin tarifas de referencia. Ya sabemos que lo que no regula el Estado lo regula la crueldad del mercado”. 

Hoy, una cuidadora domiciliaria puede cobrar entre 700 y 2000 pesos la hora y una cuidadora en un geriátrico no más de 550 mil pesos al mes

¿Desde cuándo es un trabajo?

Desde finales del siglo XX en el mercado de trabajo formal e informal encontramos cada vez mayor presencia de mujeres y, como consecuencia, una mayor externalización de los cuidados (tanto de niños como de ancianos y personas con diversos grados de dependencia) hacia afuera de las familias. Trabajo de cuidados siempre hubo y habrá, lo que no hay es quien esté dispuesto a pagar bien por esas tareas. En las últimas décadas proliferaron intentos de considerar al sector como una economía relevante para las cuentas nacionales, en 2023 había en la Argentina cerca de 50 proyectos de ley vinculados a la economía del cuidado. El solo hecho de que los gobernantes y legisladores evalúen medidas específicas para intervenir en el sector es posible gracias a que desde los años 90 investigadoras y científicas insisten en conceptualizar el trabajo de cuidados, especialmente desde una tradición que proviene de los análisis sobre la división sexual del trabajo, el sistema reproductivo y el trabajo doméstico, conceptos que tienen sus primeros planteamientos en el feminismo marxista.

Además del cambio cultural que protagonizaron las mujeres al salir de sus casas, entre los factores que propiciaron el crecimiento de los cuidados de personas mayores en particular, y del trabajo reproductivo en general, tenemos que contar el continuo proceso de gentrificación y urbanización de los barrios populares, provocando la destrucción de las redes sociales (las de antes, no las digitales) y los diversos modelos de apoyo mutuo en los que las personas mayores que vivían solas podían confiar. Como señala Federici, para un gran número de personas mayores “los efectos positivos del aumento de la esperanza de vida han perdido su significado o incluso se ven ensombrecidos por la perspectiva de la soledad, la exclusión social y el incremento de la vulnerabilidad frente a los abusos físicos y psíquicos que implican ser una persona dependiente”. Como nunca antes, señala Esteban Rodríguez Alzueta en su atípica obra La vejez oculta, esta época se ocupa obsesivamente de aislar a los moribundos, se esfuerza por quitarlos de la vista de todos, hacerlos desaparecer.

Si bien siempre existió la necesidad de ser cuidados, hasta hace muy poco esas tareas no eran consideradas en su vinculación con el otro trabajo, el que produce capital. En nuestras sociedades, la del señor M, la de mi abuela o la de Milei, es clave que el nexo entre la producción y la reproducción se mantenga oculto, dicen las teóricas, de esta forma se desplazan los costos de la producción capitalista a la esfera doméstica (reproducción de la fuerza de trabajo y mantenimiento de la población). Como señala la economista argentina Rodríguez Enríquez, pensar esta dimensión del trabajo implica retirar el análisis de los mercados como el aspecto central de la economía y enfocarse en la reproducción de la vida, y no en la reproducción del capital. Según datos oficiales publicados en 2020 por la Dirección Nacional de Economía y Género del Ministerio de Economía de Argentina, las tareas de cuidado representan el 16 por ciento del PBI. Pero, a nivel global, el gasto medio en cuidados no supera el 1 % del PBI mundial. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) estima que, por razón del envejecimiento, el gasto aumentará hasta el 2,3 % del PBI hacia 2050, y hasta el 3,9 % en un escenario con menos cuidadores informales. 

Instituto de Rehabilitación Psicofísica ( I.R.E.P. ) Foto: Sol Avena

El futuro del trabajo

Así, el futuro del trabajo no es la programación sino el cuidado, como argumentan Helen Hester y Nick Srnicek en su libro, recientemente editado en Argentina, Después del trabajo. Una lucha por el hogar y el tiempo libre. Literalmente, el cuidado es el futuro de los trabajadores, necesitarlo es una cuestión de tiempo. La mayoría de los trabajos del futuro probablemente ni requerirán de una educación formal avanzada ni estarán bien remunerados. Cuando imaginamos el futuro del trabajo, imaginamos robots que toman las tareas en fábricas y servicios pero nunca en hospitales, hogares de ancianos o guarderías para infantes. Hace unos días se viralizó en redes sociales el video de un robot atendiendo una cafetería, ¿cómo es el futuro de la tarea de limpiar, vestir, alimentar, y cuidar a las personas? Ni siquiera pensemos en la dimensión ética y afectiva del cuidado, sólo imaginemos las tareas más mecánicas, ¿hay manera de reemplazarlas por inteligencia artificial? Como señala Folbre, citada por Federici, la compañía robótica puede incluso incrementar la soledad de estas personas y su aislamiento. Ningún automatismo puede hacerse cargo de los sentimientos que las personas experimentan cuando envejecen y pasan a depender de otres (otras en su mayoría) para la satisfacción incluso de sus necesidades más básicas. 

Como nunca antes, señala Esteban Rodríguez Alzueta en su atípica obra La vejez oculta, esta época se ocupa obsesivamente de aislar a los moribundos, se esfuerza por quitarlos de la vista de todos, hacerlos desaparecer

El imaginario sobre qué hacer con los mayores fue cambiando con el tiempo. Un dato poco conocido de una de las ficciones con las que crecimos los millennials es un pantallazo de las narrativas sobre el futuro de los cuidados que se fantaseaban para 2050 durante el siglo XX. Robotina, el robot (¿la robot?) que hace labores domésticas en los Supersónicos de Hanna-Barbera, es en realidad la abuela de la familia. Al parecer, la abuela Sónico estaba postrada en un geriátrico con 125 años, ya su vida no tenía sentido y los guionistas decidieron alargar su existencia dándole un cuerpo de metal para seguir por siempre activa y trabajando en labores de reproducción de la vida de su familia. ¡Eternamente! Esta idea tan cruel e irreverentemente capitalista fue un proyecto de la más moderna de la familia, la mismísima joven Lucero. No fortaleciendo las condiciones laborales de quienes cuidan a los adultos mayores, sino convirtiéndolos a ellos mismos en inteligencia artificial radica el futuro posible de los viejos en la fantasía animada. 

Envejecer no es voluntario

Según el informe Envejecer en América Latina y el Caribe: protección social y calidad de vida de las personas mayores la nuestra es la región que envejece más rápido en el mundo. Mientras que Francia tardó 67 años para que las personas mayores de 65 años pasarán de representar el 10% al 20% de la población total, se espera que la misma transición se produzca en menos de la mitad de este tiempo (32 años) en el país promedio de América Latina y el Caribe. La transición, explica el informe, será incluso más rápida en algunos países. En Chile, por ejemplo, se espera que este cambio ocurra en solo 22 años. Para 2085, América Latina y el Caribe será la primera región en la que una de cada tres personas tendrá más de 65 años. Pero, aquí el problema, con menos recursos económicos que los países de ingresos altos para hacer frente a este proceso de envejecimiento.

A pesar de esta clara advertencia, el aumento de la población envejecida no produjo mayores servicios públicos para soportar esa demanda. Si durante el siglo XX las mismas formas de apoyo mutuo limitaban los efectos y el poder del capital y el Estado sobre las vidas de los trabajadores y garantizaba cierto tipo de protección contra el desempleo, la enfermedad, la vejez y la muerte, al retirarse esas prácticas quedan los mayores a merced del mercado y, con suerte, del Estado. 

Se estima que en todo el territorio nacional hay 3500 establecimientos geriátricos habilitados. La habitabilidad de esos espacios es muy variable, así como el precio para acceder a ese servicio. Para aquellos que no cuentan con obra social, prepaga o un capital para pagar la cuota mensual, hay muy pocas alternativas públicas. La SENAF (Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia) gestionaba en 2023 ocho Residencias de Larga Estadía (RLE) destinadas a personas mayores de 60 años que se encuentren en situación de vulnerabilidad social, fragilidad y/o dependencia y que no puedan ser auto sostenidas y/o cuidadas por miembros de su grupo primario, ni por personal capacitado dentro de su ámbito familiar o comunitario, y que no cuenten con obra social o cobertura de salud que contemple como prestación Residencias de Larga Estadía. Por otro lado, la Secretaría de Tercera Edad del Ministerio de Hábitat y Desarrollo Humano de CABA tiene unas 2000 plazas disponibles en cinco hogares públicos. 

Según un informe de la OMS de 2022 de cada 3 trabajadores de residencias geriátricas, 2 confiesan haber infligido malos tratos en el último año. El modelo de residencias geriátricas parece no funcionar, son alarmantes los datos respecto a las condiciones de higiene y alimentación de estos centros en todo el mundo. Los gobiernos de todo signo político discuten qué hacer con esa necesidad que es a la vez un derecho y un trabajo. 

En 2022 se presentó en la Argentina el proyecto “Cuidar en Igualdad”, que creaba un Sistema Nacional Integral y Federal de Cuidados en base a la premisa de “una organización social del cuidado corresponsable entre familias, Estado, comunidad y mercado, con perspectiva de derechos y en clave de igualdad de géneros”. El proyecto se trató en comisiones pero no llegó a votarse, por entonces se calculaba, con base en estimaciones de la OIT, que tal sistema generaría 2 millones de puestos de trabajo para 2030: 600 mil en el sector educación, 450 mil en el sector salud y más de 780 mil en el sector de cuidados de larga duración.

Foto: Sol Avena

Envejecer no es un aspecto opcional de la vida. No podemos prevenirlo ni es una etapa a superar. La adultez mayor es un momento de la vida que, con suerte, todos y todas viviremos, y aun así, la concepción predominante en la discusión política de los decisores se basa en la carga fiscal que suponen los viejos y viejas para el Estado. El cuidado, en gobiernos de signo neoliberal, vuelve a estar privatizado. Como si se tratara de una guerra generacional, en nombre de la crisis económica global los diseñadores de políticas públicas apartan la mirada de esta problemática, muy especialmente en los gobiernos cuyo objetivo ulterior es equilibrar la balanza fiscal y no el bienestar de sus ciudadanos. El resultado son adultos mayores cada vez más solos y empobrecidos y trabajadoras de los cuidados cada vez menos reconocidas y con peores pagas.