Teresa Valdés: “Me cuesta entender un feminismo que no se plantea el uso de las herramientas de la política”

Es una de las referentas históricas del feminismo chileno. Socióloga y Doctora en Ciencias Sociales. Actualmente coordina el Observatorio de Género y Equidad. Entre 1981 y 2006 fue investigadora de FLACSO-Chile, donde creó el Área de Estudios de Género, fue subdirectora, condujo numerosas investigaciones y se desarrolló en la docencia. Su mirada es fundamental para analizar los feminismos hoy. Esta conversación forma parte de “Institucionalizadas: cuando los feminismos se vuelven parte del Estado”, una investigación transnacional de LatFem sobre Argentina, Uruguay, Chile y Brasil con apoyo de FESminismos, proyecto regional de la Fundación Friedrich Ebert (FES).

—¿Cómo ves hoy a los feminismos en Chile, en la región? ¿Qué caracterización hacés del movimiento? 

—En Chile estamos en una coyuntura especial, porque estamos con el tema de la nueva Constitución (el 17 de diciembre se vota una nueva propuesta de texto presentado por el Consejo Constitucional). Hemos pasado por momentos diversos: momentos de articulación y momentos más de tensión en relación al proceso constituyente. En 2018 acá tuvimos el mayo feminista, que fue muy importante. 

Las jóvenes movilizadas no tenían ni idea de que existíamos las viejas de la segunda ola.En una de las marchas, hicimos una manifestación donde habíamos hecho muchas otras manifestaciones en tiempo de dictadura. Ahí nos acercamos. Fue muy divertido porque de verdad que las jóvenes de la educación escolar, de educación media y de la universidad, no tenían idea de que nosotras existíamos, no tenían ni idea de que ellas eran fruto de un montón de políticas que nosotras habíamos hecho. Ahí nos encontramos y de ahí en adelante se ha marcado un acercamiento generacional creciente. De mi generación, que somos las de la segunda ola, quedamos pocas activas, entre las que se han muerto, las que se han jubilado, las que se han puesto malitas de la cabeza. 

Cuando estaban empezando las movilizaciones del estallido social, nos convocaron en la Casa de la Mujer La Morada, que es sede el movimiento feminista histórico en Chile, y ahí nos articulamos en un grupo que todavía tenemos. Han pasado cosas entremedio, como la articulación feminista plurinacional. Tuvimos muchos debates sobre si había que participar o no en la nueva Constitución. Las más viejas dijimos: “la democracia es la garantía para avanzar para las mujeres, no podemos dejar que la historia nos pase por al lado”. Entonces, finalmente, toda esa articulación se comprometió en luchar por el plebiscito en el que se decidió que hubiera constitución. Hicimos muchas movilizaciones y acciones en conjunto. 

Tuvimos muchos debates sobre si había que participar o no en la nueva Constitución. Las más viejas dijimos: “la democracia es la garantía para avanzar para las mujeres, no podemos dejar que la historia nos pase por al lado”

La pandemia nos ha golpeado terriblemente, ha golpeado a todos los movimientos. Después vinieron las elecciones de diputados. Ahí estuvo bien divertido, las tensiones entre feminismo y política se recrudecen, se dificultan de nuevo. En el proceso constituyente del año pasado, el del plebiscito que se perdió, algunas de las más viejas empezamos a gestionar y decir que había que tener candidatas. Entonces iniciamos conversaciones con las organizaciones históricas más importantes, con las mujeres rurales indígenas, la Red de Mujeres contra la Violencia, los grupos más grandes. Les decíamos que había que llevar candidatas y decían “no, nosotras no queremos meternos en esto, esa es la institucionalidad del sistema político”. Finalmente, participaron, tuvimos a una de las líderes de la coordinadora 8M, que hoy aparece como el movimiento feminista más visible y articulador. Una de sus voceras fue electa y fueron electas montones de mujeres. Participaron como candidatas a diputadas, como candidatas a concejalas en los municipios. 

— Y lograron tener una Convención constituyente paritaria y que recogía demandas históricas feministas…

—Lo de la Convención fue súper complejo porque, por un lado, permitió una articulación extraordinaria al interior, entre muchas diversidades de movimientos de mujeres (las ambientalistas, las indígenas, distintos grupos). Además, articulamos y conseguimos que fuera paritario en una alianza transversal que incluía a la derecha. La convención tenía 155 miembros y la mitad eran mujeres. De derecha también, pero eran mujeres. Consiguieron articular las mujeres como mujeres, con algunos conflictos complejos, pero llegaron a la convicción de la declaración del Encuentro Feminista de Taxco, que yo siempre saco: “Del amor a la necesidad”, un texto muy lindo:no tenemos por qué queremos todas, no tenemos por qué ser todas iguales, necesitamos hacer estrategias . Lo interesante de la Convención es que fue posible articular, no sin tensiones. Se logró impregnar el texto completo de propuestas feministas. Eso es un logro. Lo que pasa es que se desapegó de otros temas. 

El movimiento feminista y de mujeres es muy diverso, es conflictivo. No hace mucho, en la universidad, alguien me dijo “¿cuáles eran los feminismos en tiempos de dictadura?”. Estábamos naciendo. Las tensiones entre feminismos no las conocíamos. Estábamos por la democracia, los derechos humanos, el lugar de las mujeres y la agenda de las mujeres en la democracia. Ahora está el feministómetro, eres o no eres feminista, eres feminista liberal o no, deconstruyes o no deconstruyes, colonizas o decolonizas. 

—¿Cómo impactó en los feminismos el rechazo a la Constitución (en septiembre de 2022)?

—Fue gravísimo. Fue de mucho dolor para las mujeres que ejercieron el liderazgo dentro de la Convención con una derecha envalentonada. La violencia política contra las mujeres durante todo el proceso fue enorme. Fueron muy maltratadas las mujeres. Muchas perdieron el trabajo. Ha sido súper duro. 

Lo más doloroso fue la percepción de que con el texto, que tenía tanto para las mujeres, no habíamos podido llegar a las mujeres. Eso marca fuertemente lo que pasa hoy día.

Lo más doloroso fue la percepción de que con el texto, que tenía tanto para las mujeres, no habíamos podido llegar a las mujeres. Eso marca fuertemente lo que pasa hoy día. Fue muy manipulado en términos de ridiculizar todo lo que se hizo. Se acusó de que poner el aborto había sido una de las razones de rechazo. No es verdad. Hubo errores de nosotras, del mundo feminista, en cómo en las agendas, en las demandas, lo que aparece como más importante o más de punta dentro de la agenda feminista, no se despegue de las condiciones de vida mayoritarias. Estuvimos haciendo talleres en una comuna popular, presentando lo que estaba avanzando la Convención Constituyente y fue súper doloroso. Lo único que teníamos para mostrar sobre lo que se había avanzado en el debate era que se había aprobado el tiempo libre, pero ¿qué pasaba con la salud, la educación, la vivienda? 

Antes que los derechos sociales, se pusieron los que aparecían como derechos feministas. Eso fue gravísimo y fue manipulado por la derecha. Hubo mucho preciosismo en la redacción de las normas, dijeron que no iban a tener derecho a la vivienda, que la vivienda no iba a ser propia, porque por preciosismo en el lenguaje no quisieron poner el derecho a la vivienda con la vivienda propia sino como codominio. Esa fue la campaña en contra: que les iban a quitar la vivienda y era mentira. Para las mujeres eso es demasiado grave. Ahí yo dije: vamos mal.

—Una cosa que nos obsesiona, no solamente con la política sino con el feminismo en general, es esto de la discusión de agenda de mayorías o de minorías. En Argentina nos dicen que la agenda feminista es una agenda de minorías, para despreciarla. ¿Aquí pasa lo mismo? ¿Qué se puede hacer para revertir eso y mostrar que no lo es? 

—Acá la acusación principal era que eran todas demandas identitarias y por lo tanto de un grupo, de una facción. Eso era difícil de discutir dentro del mismo feminismo. Obviamente, una piensa que hacerse cargo de los temas de la pobreza es fundamental, y no es que no estés en ello sino que como movimiento feminista estás poniendo énfasis en otro lugar. Ahí se produjo esta sensación de que estábamos en una burbuja. Entonces fue durísimo. 

Muchas organizaciones dijeron “nos retiramos, este nuevo proceso está definido por los partidos políticos”. Porque además la tensión entre los partidos y los movimientos sociales fue más fuerte. Todo el proceso estuvo marcado por la crisis de la política, de los partidos políticos, la tensión entre partidos y movimientos, desde el principio. Entonces apareció como una vuelta de mano, los partidos tomaron el escenario y por lo tanto las organizaciones y los movimientos nada. 

Aquí estamos de nuevo, con el nuevo texto, en el que nos pasó la aplanadora de la derecha, de forma terrible, de forma extremadamente inteligente. Están todos los titulares: la no discriminación, la igualdad, los cuidados. Después, viendo las normas, en la letra chica… Desde distintas organizaciones ya estamos trabajando en contra. ¡Ahora estamos en contra! En el mismo espacio donde trabajamos nosotras, con Corporación Humanas y otras instituciones, ONGs, que habían trabajado mucho en el proceso anterior y conocían hasta el último detalle, la última norma, ahora decían “no soy capaz de volver a ver esta cuestión”. 

Ha sido muy pesado para el movimiento feminista. Las más viejas, que somos las más porfiadas, que pasamos por la dictadura, siempre decimos “esto es nada”. Entonces nos mantenemos. No nos perdonaríamos nunca, aunque nos pasen la aplanadora por encima, las feministas, no haber intervenido. 

Hicimos de nuevo iniciativas populares y de normas, fuimos a presentarla a estos personajes consejeros de derecha. Trabajando por internet brutalmente para que las iniciativas tuvieran los apoyos suficientes, conseguimos que fueran aprobadas y que este Consejo Constitucional tuviera que abordarlas. La paridad como principio, todos los temas, derechos sexuales y reproductivos, derecho a los cuidados. Nos repartimos el listado entre distintas organizaciones e instituciones para promoverlo. Lo promovimos con hombres, con mujeres, todo el mundo firmando. No escucharon nada, pero de no haberlo hecho habría sido mucho peor. Creemos que sigue siendo la democracia el único espacio o régimen político en el cual nosotras las mujeres podemos avanzar. 

—¿Cómo definís una política feminista? ¿Con qué criterios se define que determinada propuesta, política pública, forme parte del campo del feminismo? ¿Es la población destinataria de esas políticas? ¿Es un tipo de concepción de la política? 

Hay una pluralidad de respuestas. Lo más importante es en qué medida transforma las bases del orden que produce y reproduce la discriminación y la subordinación. La historia es larga, están las tesis y las propuestas sobre mujeres en desarrollo, sobre género en desarrollo, la transversalización de género. Las políticas públicas son el conjunto de la vida de las personas. Tú tienes esta idea de transversalización de género, que es la incorporación de la noción de género en la formulación de todo el proceso de las políticas. Es una tarea descomunal. Se da en la agricultura, en deportes, en obras públicas, en transporte…

En cada una de esas cuestiones tú dices: cómo colabora o no esto. Ahí está la vieja discusión sobre la necesidad práctica y la necesidad estratégica de las mujeres. ¿Esto que estamos haciendo ayuda a la mujer, hoy día, en la situación que está viviendo, de pobreza? ¿O, además de ayudarla, contribuye a que las condiciones que producen y reproducen esa situación en que está se modifiquen? Tienes que preguntarte si estas políticas, esto que se está haciendo, este programa empodera a las mujeres, si las hace conscientes de que hay razones por las cuales pasa lo que pasa, o simplemente responde a una necesidad inmediata y ayuda, cosa que es totalmente legítima e importante. Son necesidades de las mujeres. 

Cuán feminista o no feminista, eso está muy situado. Cuánto puedes avanzar, cuánto puedes influir, decidir. 

—Tuviste tu paso por el Estado, ¿Cómo fue esa experiencia?

—Estuve en el Ministerio de Salud y fui una privilegiada. Pude participar en la coordinación de la ley de interrupción voluntaria del embarazo (en septiembre de 2017 fue promulgada la Ley Nº 21.030 que regula la despenalización de la interrupción voluntaria del embarazo en tres causales). Para mí eso es un privilegio. Desde que llegamos al Ministerio la ministra dijo “ya, esto va a ser difícil”. Nos tomó tres años, trabajando con todas las alianzas que se pueden imaginar. Transversalidad con mujeres feministas en otros ministerios, todo un engranaje subterráneo en la mayor parte, con muchas complicidades y lealtades. Era súper difícil. Teníamos tensiones con mujeres del movimiento que decían que era imposible, que se iba a caer la tercera causal, de violación, y nosotras decíamos: “la vamos a sacar”. Trabajamos, trabajamos y trabajamos. Con los malos, porque todavía había que ir a hablar con los demócratas cristianos, había que ceder en cuestiones, había que negociar. 

Un feminismo que no se plantea el uso de las herramientas de la política para transformar, en esta doble condición, de transformar el orden y, por otro lado, de resolver las necesidades de las mujeres, me cuesta entenderlo. Nunca he sido de la autonomía radical de “nada con la institucionalidad”. Tuvimos unas peleas divertidísimas cuando estábamos recién llegados al gobierno. Margarita Pisano, líder del movimiento feministas autónomo, tomó la palabra en la asamblea, y decía “entregaste la agenda de las mujeres al gobierno”. Oye, si nosotras llevamos toda la dictadura luchando y generando una agenda para las mujeres que están en el norte, en el centro, en el sur, de la cordillera al mar. Que todas tenemos mucha conciencia y que desarrollamos, influimos en la cultura, muy bien, pero no se agota ahí, no puede ser. En ese sentido, puedo ser calificada como institucional. Siempre he creído que las herramientas de la democracia son las que nos han permitido avanzar. Aún con todas las debilidades y problemas de la democracia.

La mezcla combina astucia, oportunidad, alianzas, todas esas cuestiones son feministas. Eso es feminismo también

La mezcla combina astucia, oportunidad, alianzas, todas esas cuestiones son feministas. Eso es feminismo también. Para conseguir la ley de interrupción voluntaria del embarazo había que vencer barreras. Es un trabajo en el que tienes que articular. 

—Recién decías “institucional”. Nuestra investigación se titula “Institucionalizadas”. ¿Es totalmente despectivo ese término? 

—Acá, dicho dentro del feminismo, es un insulto. Se supone que estás usando recursos para tu vida, tiene algo de corrupto. “Institucionalizadas” es más grave porque son las que están cooptadas por la institución, es distinto a las institucionales, las que promovemos la institucionalidad en el sentido de las políticas públicas, que incluye la legislación, el incidir en el poder judicial, todo eso. Hoy día, claro, soy optimista y encuentro que hemos avanzado muchísimo, no en lo que quisiéramos, pero muchísimo, precisamente porque hemos podido infiltrar las distintas instituciones. Con algo que es maravilloso, que es el impacto en la cultura. Cuando el sentido común pasa a incorporar las demandas de las mujeres, el rechazo a la desigualdad, a la discriminación, no quiere decir que eso desaparezca, pero hace posible que avancemos. Queda mucho. 

—Esa tensión con las feministas que pasan a ser parte del gobierno sigue siendo un problema…

—Es uno de los problemas más complejos, siempre, desde el principio. Nuestras compañeras políticas que vienen del movimiento feminista sufrieron la soledad, el abandono de parte del movimiento hacia las que están en el Senado, en la Cámara de Diputados.

Hay una observación que quiero hacer, que es relevante en toda nuestra historia: lo problemático de la institucionalización. ¿En qué condición intervienen o cómo se incorporan las mujeres al espacio institucionalizado? Cuando se trató de incidir, y lo conseguimos, para que en el año ‘90 el nuevo gobierno nos incluyera, la legitimidad de las mujeres estaba en su condición de expertas y no como parte de un movimiento social y político. Tenemos varios ejemplos de algunas que se decían muy del movimiento, pero su discurso era “nosotras somos expertas”. 

Ser experta te da un prestigio y un estatus que te vacía la fuerza política. Ahí el cambio principal fue la Michelle Bachelet (fue presidenta entre 2006-2010 y 2014-2018). Tener a la Michelle de presidenta de la República fue un cambio súper importante porque dejó de ser necesario que te validaras como experta. En ese momento en el Observatorio de Género y Equidad partimos con la idea de hacer seguimiento a las políticas públicas y nos dimos cuenta rápidamente de que lo que teníamos que hacer era hacer vocería y generar un espacio de comunicación. Nos dijeron “ya tienen a la presidenta, ¿para qué quieren más?”. Entonces nos cerraron canales. Esta la idea de que “la mujer” representa a todas las mujeres. Ella tuvo un primer gabinete paritario, en el que puso mujeres de otros ámbitos, de otros espacios. Eso va generando el cambio, deja de ser la mujer representando a las mujeres y pasan a ser las mujeres representando a la comunidad, al colectivo, a toda la sociedad. 

—Las herramientas como el cupo, la paridad, la cuota, ¿cómo las evaluás?

—Tiene un efecto de mostración de que es posible y de que se puede hacer de otra manera. Se nota cuando vas abriendo espacios para otras. Vas multiplicando, generando condiciones para otros modelos, otras maneras. 

Ahí está un poco la tensión con el cuento de que eres identitaria, de que estás defendiendo nada más que a las mujeres y por lo tanto no te haces cargo de las necesidades del conjunto de la población. Ese es el cuestionamiento, la crítica, la lanza con el tema identitario: ustedes hablen de las mujeres, no se metan en otro tema. Hoy día eso se desarmó. Hoy día tienes mujeres en todos lados. Es súper impactante el gabinete que tenemos. Las mujeres que están son súper poderosas, son buenísimas. 

—Como estrategia dentro del Estado, ¿qué lugar tienen los espacios propios en los que las mujeres feministas que están gobernando se pueden vincular? 

—Todavía existe el grupo de WhatsApp de las mujeres ministras del gobierno de la Michelle. Siguen conectadas todas. Las de ahora también se conectan. No siempre ha sido fácil. Yo estuve en el gobierno segundo de la Michelle, en el Ministerio de Salud, como asesora de género, después de que echaron a Helia Molina (en enero de 2015), llegó otra mujer, médica (Carmen Castillo Taucher), que confió en todo lo que habíamos hecho. Dijo “todo lo que ustedes tienen me parece estupendo”. Nunca cuestionó. Puro apoyo. 

En el Ministerio de la Mujer (Claudia Pascual Grau fue la primera ministra de la Mujer y la Equidad de Género en el período 2016-2018), teníamos una ministra comunista, la única del gabinete. Habíamos tenido encuentros previos, de política feminista, pero no en el movimiento. Ahí hubo harta tensión, con las presiones desde el movimiento, a más información, a más participación, y tuvimos que hacer muchas alianzas subterráneas a pesar de la ministra. Eso es fundamental, que tú tengas mujeres del movimiento transversalmente. 

En ese gobierno pudimos hacer muchas cosas. Es distinto a este porque este no tiene esas redes consolidadas previas, tiene más las de partido, y porque se han abierto muchos más espacio para mujeres. Entonces es más difícil. Se conocen menos. Llegan de distintos lados. Todas las alianzas y lealtades, de mi generación y de las que vienen, son el resultado de mucho tiempo trabajando juntas. Hay confianzas previas. Entonces, en este gobierno, desde luego se instaló que hubiera asesoras de género en todos los ministerios. ¿De dónde las sacas? Tú tienes, hoy día, una capa de mujeres formadas en la universidad, que han estudiado, pero que no necesariamente tienen la experiencia de movimiento, de redes, de solidaridades, de complicidades. 

—¿Cómo ves hoy a las feministas en el Estado en un gobierno progresista, con jóvenes y una estructura paritaria?

—Hay muchos jóvenes muy progresistas entre comillas pero tan machistas como cualquiera. Tengo varias conocidas que estuvieron en el ministerio y salieron porque no soportaron a los machitos progresistas, de izquierda. Es distinto. Depende del ministerio. Además, en los gobiernos de derecha han sido muy destructores. Los otros gobiernos han generado equipos expertos, llegan los gobiernos de derecha y echan a la mejor gente, instalan a su gente y destruyen el tejido interno de las instituciones. 

Llegan los gobiernos de derecha y echan a la mejor gente, instalan a su gente y destruyen el tejido interno de las instituciones. 

Yo siempre hablo de política feminista y lo que significa hacia adentro del Estado, el Estado es, como tú decías, patriarcal, ha sido patriarcal siempre. Todo lo que hacemos nosotras es subversivo, pero con la máquina en contra. Hacer política feminista pasa por lo personal, pasa por la confianza, la sororidad, todas esas cosas que son palabras bonitas pero que significan hacerlo. 

—Las políticas de género en Chile son modelo para la región. ¿Cuál es el diferencial que pudieron lograr? 

—Las políticas de transversalización empezaron hace bastante rato. Desde el gobierno de (Eduardo Nicanor) Frei, con un programa de gobierno para las mujeres, tiene una instalación como política pública la creación de distintas instancias de género. Tenemos además el primer Plan de Igualdad, en el fin del gobierno (desde 2017 es ley). Además, Chile tiene un plan de mejoramiento de la gestión pública, que es la versión de control vía entrega de zanahoria. Los distintos organismos públicos tienen que comprometerse a una serie de medidas y si cumplen con todas esas medidas tienen un decimotercer sueldo. En ese programa metieron una parte de igualdad de género. 

—Es algo progresivo. Te da un beneficio, no te quita…

—Claro, y es obligatorio. Entonces están todos preocupados por la igualdad de género. En los gobiernos de (Sebastián) Piñera hicieron trampa, lo redujeron, lo recortaron, pero no pudieron eliminarlo. Hoy día llega una mujer a un cargo y tiene herramientas. Si a eso le agregas el Plan de igualdad, que se actualizó, le agregas un programa de gobierno con algunas orientaciones estratégicas, tienes más herramientas. Ya no tienes que partir de cero. Por supuesto que si tienes más experiencia, si vienes de ciertos contextos, lo puedes hacer mejor. Si tienes una trayectoria política, lo puedes hacer mejor. 

En Chile, por ejemplo, en el tema de la información todos los ministerios tienen diagnósticos, y ahora están actualizando, de las desigualdades y la brecha de género. Siempre quedan cosas por hacer, pero es impresionante. Tú puedes desarrollar políticas e incluso con gobiernos de derecha puedes seguir adelante. Por ejemplo, la Política Nacional de Educación Sexual Integral estaba lista para presentarse cuando estaba yo. Salió recién ahora una encuesta que planeamos en ese entonces. Hay algunos indicadores culturales que son especialmente sensibles. Hay uno respecto de la homofobia, el rechazo a la homosexualidad. En el año ‘98 la homosexualidad tiene un 14% de aceptación y ahora tiene más del 80%. Entonces dices: no es en vano. Este entramado va significando avances. 

En el primer gobierno de la Michelle partieron las asesoras de género. En el gobierno del Aylwin (Patricio, presidente entre 1990 y 1994) fueron feministas a trabajar en los ministerios. Tenían programas de la mujer. Hoy día es obligatorio y están tratando de que tenga un estatus que no sea alguien que además de hacer cinco tareas sea la encargada de género. Eso te diría que es lo más nuevo. 

Hace muchos años que tenemos los llamados Compromisos Ministeriales en material de género. Los ministerios tienen que comprometerse con avances en género anualmente, tienen que cumplir metas, toda esa maquinaria funciona. 

Todo eso está sucediendo y tú tienes señales permanentemente de cuánto transforma eso las condiciones. Están las dos prioridades fundamentales, que son la Ley de la vida libre de violencia, que todavía viene el gobierno de la Michelle y no se ha logrado (claro, es una ley más exigente en materia de financiamiento y de prevención), y el otro tema es el de los cuidados, que está recién instalándose. Son claramente los dos núcleos. El tema de la educación sexual integral en este momento está un poquitito esperando que cambien las condiciones del parlamento. Ahí tenemos unos personajes horrorosos, impensados. 

—¿Esos logros se los atribuís a la transversalidad? 

—Todo junto, a la acción. En cada una de esas cuestiones hay una mujer que se convence o un hombre que se convence. A Mario Marcel —nuestro ministro de Hacienda— le tengo mucha confianza y cariño porque entiende de género. Por supuesto que tienen que pelear con él todo el presupuesto, pero es ministro de Hacienda y entiende, sabe de qué se trata, viene comprometido desde hace muchos años en avanzar en la situación de las mujeres. 

Parte del problema de la generación actual es que llega una cantidad de chicas hablando una lengua. Y eso cuesta terriblemente, decirles “no hablen idioma feminista porque no las van a entender”. Hay que aclarar que cada vez que hablan de género están hablando de igualdad entre hombres y mujeres. Yo les digo “traduzcan”, hay que traducir. Es un esfuerzo comunicacional y permanente. Ahora estamos con la interseccionalidad, eso tiene que ser trasladable, hay que traducirla, cuando una sabe lo importante que es. Son conceptos útiles pero no los puedes transferir directo, tienes que transformarlo, tienes que comunicar y te tienen que entender. Si no te entienden…

—Cuando te preguntabamos qué es una política feminista, decías que lo primero que tenés que hacer es no nombrarla de esa manera….

—Claro, es contexto. Hay contexto a los que les parece maravilloso hablar de política feminista, pero en otros se traduce inmediatamente en “ok… ¿Qué me estás trayendo?”. Además, está esta eterna cuestión de si vienen con cosas de fuera, que son extranjeras, traídas, importadas, no son de acá. Yo siempre reivindico que las políticas feministas en Chile nacen de la experiencia de las mujeres. Tanto es así que salió el primer estudio sobre violencia contra las mujeres en el movimiento de pobladoras, el MoMuPo, el movimiento popular de mujeres feministas pobladoras. Es de ahí de donde nace. 

Hoy día estamos tratando de sacar una ley mejor. No es que venga de fuera.. Viene de la vida. Siempre digo: este es un tema de vida, de humanidad. Es bueno para todos. Hay que traducir, estar todo el tiempo diciendo por qué las feministas estamos con eso. 

Puedes decir “feminista”, pero tienes que traducirlo, explicarlo. “Es feminista porque…”, “es feminista para…”.

—¿Qué ocurre en los ámbitos más pequeños, como un área de género de un municipio?

—Los municipios tienen oficinas de la mujer, de la mujer. Las ideas muy buenas y muy bellas se transforman porque pasan a ser herramientas de los alcaldes. Además, con transferencia de recursos. Entonces para los alcaldes pasa a ser muy importante tener una oficina en la mujer, tienen el programa de violencia, programa de mujeres jefas de hogar. 

Hubo una primera época en la que me tocó participar en la evaluación de un montón de primeras oficinas de la mujer. Era muy interesante porque tenías las que se instalaban en el ámbito de la planificación, en la división de planificación municipal, y otras en un programita, una oficina de atención a mujeres y ya, para mujeres con problemas, asistencialismo brutal. Tenías un abanico completo, de una punta a la otra. Hoy día los alcaldes ya saben que necesitan tener la oficina de la mujer. 

—Los espacios de la mujer o de género, ¿qué límites tienen? En Argentina se habla de “el pelotero de género”…

—Esa es una discusión respecto de la transición democrática. Hay una cosa maravillosa. La María Antonieta (Saa) fue la primera alcaldesa designada, después parlamentaria. En la transición democrática estábamos todas preocupadas de que nuestra agenda se incorporara al gobierno. Conseguimos que por el tema de pobreza estuviera lo de mujeres jefas de hogar, que estuviera violencia, que estuviera educación sexual. Varias cosas se incluyeron en ese primer programa de gobierno. 

Siempre está esa posibilidad, que te dejen tu espacio, donde efectivamente tienes mucho que hacer, tiene mucho sentido, es muy valioso, pero no estás en la discusión principal. Yo hablo del mainstreaming, siempre lo traducimos como transversalización de género, pero se nos olvida estar en la corriente principal, donde se toman las decisiones. No es solo preguntarse sobre todas las políticas, cómo afectan, en forma más clara o menos clara, sino que es estar donde se toma la decisión. Eso hizo este gobierno porque tiene a la ministra de Mujer en el comité político. Eso es muy importante. También están las asesoras de género a nivel del gabinete. En algunos ministerios, están en las subsecretarías. 

Es agotador porque sabes que tienes que estar defendiendo siempre, tienes que estar volviendo a instalar los temas. Otra observación es a la (Michel) Foucault: el poder hay que ejercerlo. Lo que hicieron todas estas mujeres que fueron ministras fue un servicio de las mujeres para el país (el Servicio Nacional de la Mujer y la Equidad de Género). Aunque tuviera a su directora con rango de ministra, la verdad es que tenía así (hace gesto de pequeño con la mano) de personal, así de presupuesto. Consiguieron ir instalando el tema en la agenda pública con la fuerza de nosotras, que estuvimos desde fuera. 

También el poder es eso, se ejerce y puedes aprovecharlo, puedes tener creatividad, puedes hacer alianzas, que es lo que hicimos con la ley de interrupción voluntaria del embarazo. Nuestras amigas decían “se va a caer”, no, lo vamos a sacar. Tuvimos que hacer dos renuncias graves que nos dolieron. Una dentro de la coalición de gobierno, tuvimos que sacar el estupro —porque el proyecto inicial lo incluía—. Lo otro en lo que tuvimos que ceder fue el caso de las adolescentes, en la violación. Quedamos en catorce semanas, nosotras queríamos más. Fueron negociaciones que hubo que hacer y aceptar. Pero conseguimos meter la causal de violación. El poder lo tienes que ejercer. No son las instancias por sí mismas. Puedes tener a alguien que no haga nada o que haga muy bonita la representación, o puedes tener a alguien que efectivamente haga de eso un lugar de poder. 

—¿Cómo está abordada la violencia política hacia las mujeres en Chile?

—Acá no es muy visible la violencia política de género. Es un reclamo de nosotras. Hemos tenido episodios que han terminado con diputadas desaforadas, diputados sancionados. Diría que la más brutal es la de las redes sociales. Es horrorosa. Para las que estaban en la Convención tuvimos que hacer una sesión en la que estaban absolutamente afectadas, incluso llorando. Porque dentro de la misma convención, incluso desde convencionales de izquierda, hubo maltrato. Generamos un convenio de apoyo psicológico. Generamos condiciones de apoyo. Lloraban las convencionales. 

Hubo maltratos entre ellas, feministómetros bajo el brazo. Algunas quedaron malheridas. 

—Cuando salió el rechazo hubo algo de culpabilización al feminismo.

—Claro que hubo. 

—Ahora en Argentina dicen que el regreso de la derecha tiene que ver con el feminismo también… 

—Pero no han podido mostrarlo. Si tú comparas los votos en las distintas elecciones, el voto de las mujeres impidió que llegara (José Antonio) Kast al gobierno. (Gabriel) Boric tuvo un voto superior de mujeres, con 64% en jóvenes. En las encuestas, ahora, el rechazo de las mujeres es mayor que el de los hombres. Hay un poder político reconocido que puede ir en un sentido o en el otro. El uso y la búsqueda de llegar a las mujeres en este minuto es tremenda. 

Muchas mujeres votaron por el rechazo (en 2022). En Arica, en el límite con Perú, me decían unas mujeres que haciendo campaña para el apruebo salían a las calles, a la feria y se encontraban con el rechazo. Rechazaban mujeres que nunca habían votado, que no querían votar y estaban muy enojadas por tener que ir a votar. Entonces un porcentaje del rechazo no es el rechazo a la Constitución, es el rechazo a que las obliguen a ir a votar. Por eso nadie sabe qué va a pasar ahora. No saben si van a volver a rechazar porque no queremos nada, que es una posibilidad, o si van a rechazar porque esta no me gusta. Ya está claro que van a tener que seguir yendo a votar y que tenemos elecciones el próximo año y el que sigue.

Es difícil examinar el estallido porque conjugó tantas cosas. Las ciencias sociales están en deuda con nuestro país. A mí me pasó con el estallido de decir: a este país no lo conozco. En general he mantenido mucha cercanía con los movimientos sociales. Mi vida profesional siempre ha sido en conexión. Del movimiento de mujeres no he salido nunca. Siempre he estado ligada a algo. Siempre tienes la sensación de que tienes termómetros para saber qué está pasando. De repente a este país no lo conozco. 

¿Qué era lo que desconocías?

—La masividad, la violencia. A la masividad la podía entender, pero la violencia, ese nivel de desesperación, de rabia, esta mezcla. En el estallido tú tenías a las barras bravas, actores que nunca habíamos visto en el escenario público. Eso se fundió al año siguiente, con la pandemia. 

—Al mismo tiempo mucha participación inorgánica, gente que no había participado nunca de una manifestación… 

—No, porque nosotros siempre hemos sido de calles. Eso no importa. Yo soy de la calle desde hace demasiados años. He ido a cuanta manifestación te puedes imaginar, en forma organizada. 

—Pienso en la gente que no estaba articulada a ningún movimiento social y que salió a la calle. ¿A esa gente qué la movía?

—Siempre ha sido así. Se juntaron muchos mundos, sin poder entender cuáles eran las frustraciones, las demandas. Era maravilloso. Todas las pancartas de la educación, de la salud, los salarios, el trabajo. Pero detrás de eso había otra cosa. Lo de la violencia era súper fuerte. 

Las ciencias sociales están en deuda con la política en este país, también respecto del plebiscito, respecto de todas estas cuestiones, porque las ciencias sociales y la producción de conocimiento está mucho más ligada a ciertas agendas. Muchas agendas tienen que ver con la publicación en revistas ISI, todo ese mundo, y eso no está en el feminismo tampoco. 

Este trabajo, Institucionalizadas, tiene que ver con lo que estás diciendo: el misterio de cómo se traducen esas demandas espontáneas, populares a respuestas políticas concretas, ese hiato… 

Lo más fuerte y lo más doloroso que tiene la historia de Chile es el abismo entre los partidos políticos y la sociedad, la crisis de la política. Uno puede explicársela por distintas razones. El legado autoritario de la misma Constitución, que no logramos terminar de cambiar; el instalar al Parlamento a la distancia (el Congreso chileno fue trasladado en 1987 a la ciudad de Valparaíso, a 120 km de la capital)  y que todos tengan que viajar, eso va generando condiciones para la distancia de los líderes y la política. En esta Constitución lo están reproduciendo, los dirigentes sociales no pueden ser candidatos en la política, tienen que dejar su organizaciones para poder ser dirigentes políticos. La separación entre lo social y lo político es de las cosas más graves que hemos tenido.

De esta última generación, con las feministas y este gobierno, en el Frente Amplio tienes, dentro de sus partidos, núcleos feministas. Pero no están eximidos de la dificultad que es la relación con la ciudadanía, además tan neoliberalizada. Todo el interés individual, el interés personal, la pérdida que significó del tejido social. Tenías un tejido social que hizo posible ganarle a la dictadura, hizo posible construir las primeras agendas. Pero después eso se va perdiendo. La Iglesia en este país fue importante. Con el Papa Juan Pablo II, se fue yendo todo. Tuvimos un tiempo en que fue posible este tejido social protegido, con espacios propios de mujeres y ahí surgió el feminismo popular.

“Institucionalizadas: cuando los feminismos se vuelven parte del Estado” es una investigación especial transnacional de LatFem sobre Argentina, Uruguay, Chile y Brasil con apoyo de FESminismos, proyecto regional de la Fundación Friedrich Ebert (FES).