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La posibilidad de fugarnos siguiendo la estrella de la libertad del cuerpo y el pensamiento es lo que nos recuerda este libro que quedará entre aquellos de la buena memoria feminista.

Un dato dicho al vuelo sobre una fuga tapada por otra fuga. Cuando Lucía Topolansky le comentó al pasar a la escritora argentina Josefina Licitra que había habido una fuga de mujeres previa a la mundialmente conocida fuga de hombres de Punta Carretas, la actitud atenta de una cronista que sabe cazar historias permitió no sólo la reconstrucción de la mayor fuga de una cárcel de mujeres en la historia sino una reflexión profunda sobre el lugar de las mujeres en las organizaciones políticas.

Licitra propone a 38 estrellas (Seix Barral, 2018) como un libro “de versiones” sobre la fuga de la cárcel de mujeres Cabildo, realizada el 30 de julio de 1971 en Montevideo. Un escape en la antesala del terrorismo de Estado uruguayo, donde la prisión extendida fue el dispositivo que caracterizaría la dictadura cívico militar entre 1973 y 1985.

El libro es, ante todo, una historia necesaria para construir y conocer a las protagonistas invisibles (e invisibilizadas) que querían la revolución. En un movimiento como el de Liberación Nacional Tupamaros (MLN-T), con dos figuras masculinas centrales que construyeron la narrativa, la mística y la mitología, como Eleuterio Fernández Huidobro y Mauricio Rosencof -autores de Memorias del Calabozo, entre otras obras-, incluyendo en las Actas Tupamaras cuál era el rol de la mujer en la organización, 38 estrellas viene a poner a las protagonistas en acción (en acciones que excedían por mucho lo indicado en las Actas) y permite escuchar sus propuestas, estrategias, críticas y autocríticas sin mediaciones.

El manejo del tiempo y de los espacios hace honor a lo mejor de la crónica periodística ya que, mientras lxs lectores siguen la planificación y ejecución de la “Operación Estrella”, como se llamó la fuga de la cárcel de Cabildo -con el ritmo de una partida de truco-, van conociendo a varias de las 38 protagonistas de la fuga, representativas de lo que fue el MLN: un movimiento que conjugó a estudiantes y profesionales (con fuerte influencia de la revolución cubana, queriendo armar una guerrilla urbana), con los cañeros y las cañeras, los “peludos”, organizadxs en el Norte bajo el grito “¡Por la tierra y con Sendic!”, luchando en las plantaciones de Bella Unión para tener derechos.

Un movimiento que abrazaba a quien estuviera indignadx y quisiera actuar para cambiar la realidad de un país que estaba en crisis económica tras la posguerra europea que restringía el ingreso de materias primas desde Sudamérica, y un gobierno que daba piedra libre a la represión bajo las “medidas prontas de seguridad” y los escuadrones de la muerte. Dirá Licitra que “había malestares suficientes para prender un fuego” y en mí resuenan aquellas injusticias e impunidades del accionar estatal tras la fuga del penal de Rawson y la masacre de lxs presxs políticxs en Trelew (Argentina) que “calentarían la sangre de la gente”, cómo dirá Tomás Eloy Martínez en La Pasión según Trelew (Aguilar, 2004).

En cada capítulo se escucha a las “estrellas” que lograron fugarse por las alcantarillas de Montevideo (“una ciudad chica, donde sólo se desaparece bien si se está bajo tierra”). Se destacan Alicia Rey, Yessie Machi, Graciela Jorge, Alba Antúnez, Chela Fontoura y las hermanas Topolansky, Lucía (actual vicepresidenta de Uruguay, compañera del Pepe Mujica) y María Elia. Recuperar especialmente la historia de militancia y la voz de esta Topolansky, a quien llamaban La Parda, es un punto alto del relato. Se agradece el reconocimiento a la hermana que entró primero al MLN, que cuestionó no tener igualdad en el poder de decisión junto a otros compañeros, aunque llegó a ejercer roles tan importantes y estratégicos como el de la formación politica militar de nuevos cuadros, y cuestionó también que el crecimiento del MLN (que llegó a tener 5000 miembros) hacía crecer las acciones espectaculares y violentas en detrimento de la seguridad de sus integrantes.

“No hay acción que no lleve en su semilla una idea”, escribe Licitra. Lo preocupante para María Elia era cuánto habían crecido las acciones a cualquier precio para llevar a cabo las ideas. Demasiado para quedar luego en la clandestinidad o muertxs.

Además de recuperar estas tensiones internas, estas críticas que explican ciertas cosas que no funcionaron luego en el MLN, también se visibiliza cómo ellas cumplieron con el objetivo que tenía cada tupamarx al caer presx: huir.

Pero al reconstruir esta huida se recupera un episodio olvidado o ninguneado ante “El Abuso” cometido por 111 presos políticos que se fugaron del penal de Punta Carretas: una fuga a lo macho, mega, grandilocuente, a priori perfecta, en detalle algo desprolija y con mucha suerte en la salida, pero eso es otra historia: que tuvo planificación sí, y también algunas coimas a los guardias carcelarios.

La fuga de las chicas fue prolija: el túnel construido de afuera hacia adentro del penal, los boquetes medidos con hilos y metros de costura (insumos que les daban las monjas a cargo de la cárcel para reformar a estas mujeres políticas). La fuga fue reinventar el mandato, disputar el relato. Transformarlo en deseo.

“Todos hemos sobrevivido a más de una cosa y todos hemos huido de más de un lugar”, dice Licitra en el Prólogo. La posibilidad de fugarnos siguiendo la estrella de la libertad del cuerpo y el pensamiento es lo que nos recuerda este libro que quedará entre aquellos de la buena memoria feminista.

La posibilidad de fugarnos siguiendo la estrella de la libertad del cuerpo y el pensamiento es lo que nos recuerda este libro que quedará entre aquellos de la buena memoria feminista.